Parròquia Sant Vicent Màrtir de Benimàmet

Homilía 28 TO-A

No la desperdiciemos

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Hace unas semanas tuve que tirar una bolsa de verdura que tenía en la nevera: me despisté, se pasó la fecha de caducidad y se había podrido. Recordé lo que nos decía la última campaña de Manos Unidas: “Un tercio de nuestros alimentos acaba en la basura. Mientras, 800 millones de personas siguen pasando hambre en el mundo”, y me dolió y me dio vergüenza haber desperdiciado comida. Siempre, pero más desde la Campaña de Manos Unidas, en la cantidad de comida que hay en las tiendas y supermercados: por razones de mercado, hay mucha oferta, de todo tipo, pero todo no se vende; quizá algo se done, pero muchos alimentos no serán consumidos y se desperdiciarán.

JUZGAR:

Esta reflexión sobre el uso que hacemos de los alimentos nos puede servir para reflexionar, a la luz de la Palabra de Dios, sobre el uso que hacemos de nuestro Alimento: la Eucaristía.

En el Evangelio hemos escuchado la parábola de un rey que celebraba la boda de su hijo y mandó criados para que avisaran a los convidados. El Señor nos prepara cada semana su banquete eucarístico: ¿Realmente lo vivimos así, como si fuera una de nuestras comidas familiares? ¿Me siento un “convidado”, personalmente invitado por Dios a que participe en su mesa? ¿Tengo presente esta invitación al programar mi fin de semana? ¿Soy puntual, como signo de respeto hacia Dios?

Pero [los convidados] no quisieron ir… no hicieron caso; uno se marchó a sus tierras, otro a sus negocios. Esos convidados despreciaron el banquete que el rey les ofrecía. ¿Estoy deseando ir a la celebración de la Eucaristía, o es una obligación que estoy deseando que termine pronto, incluso no tener que ir? ¿Antepongo mis propios planes, intereses o “negocios” a la participación en la Eucaristía? Si en alguna ocasión no he participado, ¿lo he echado en falta?

Ante esa actitud, el rey acabó diciendo: La boda está preparada, pero los convidados no se la merecían. La celebración de la Eucaristía no es algo improvisado, cuesta prepararla para que sea digna, pero no caemos en la cuenta de ello. En grandes poblaciones estamos tan acostumbrados a una “abundancia” de celebraciones de la Eucaristía que terminamos no dándole el valor que tiene y “pasamos” de ir si no nos apetece, se “desperdicia” la preparación, sin que ello nos duela.

Siguiendo la parábola, podríamos pensar que esa comida se iba a desperdiciar y acabaría en la basura, pero ese rey no está dispuesto a ello y dijo a sus criados: Id ahora a los cruces de los caminos y a todos los que encontréis, convidadlos a la boda. Si los primeros convidados no han querido aprovechar el banquete, otros lo aprovecharán. Si quienes tenemos la suerte de poder celebrar habitualmente la Eucaristía no la aprovechamos, no hay porqué mantener esa abundancia de celebraciones para nuestra comodidad, mientras otras comunidades parroquiales no pueden celebrar la Eucaristía.

Por último, hay un detalle que no debemos pasar por alto: Cuando el rey entró a saludar a los comensales reparó en uno que no llevaba traje de fiesta y le dijo: “Amigo, ¿cómo has entrado aquí sin vestirte de fiesta?” ¿La Eucaristía dominical es para mí una celebración festiva? ¿Cómo me preparo? Exteriormente, ¿procuro ir limpio y llevar ropa adecuada, o me da igual ir desaliñado? Interiormente, ¿he leído previamente las lecturas para interiorizar mejor la Palabra de Dios? ¿Llego con antelación para preparar mi corazón, para “vestirme de fiesta” desde la oración ante el Sagrario?

ACTUAR:

Tenemos el honor inmerecido de ser convidados de Dios. Él prepara para nosotros su banquete, más aún, Él mismo es el Alimento con que quiere alimentarnos. Si nos debería doler mucho que, como nos recuerda Manos Unidas, “Un tercio de nuestros alimentos acaba en la basura, mientras 800 millones de personas siguen pasando hambre en el mundo”, más aún debería dolernos que se “desperdicie” el Alimento que es Dios mismo. Debería avergonzarnos que, mientras nosotros tenemos tanta “abundancia” de celebraciones y no la valoramos, son muchos los millones de personas (algunas no tan lejos) que pasan de verdad “hambre de la Eucaristía” y no pueden celebrarla habitualmente. Pidamos hoy al Señor que agradezcamos de verdad ser sus convidados, que cada domingo nos “vistamos de fiesta” y aprovechemos este Alimento que es Él mismo. Y pidámosle que quienes tienen “hambre de Eucaristía” puedan participar también de este banquete.

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