Del remordimiento al arrepentimiento
VER:
Durante los Ejercicios Espirituales, el director nos hizo caer en la cuenta de la diferencia entre “remordimiento” y “arrepentimiento”. Aparentemente tienen un significado similar, pero hay diferencias importantes entre ambos: el remordimiento me encierra en mí mismo, pensando y repensando en lo que he hecho o dejado de hacer, y además eso queda ahí “para siempre”, nunca desaparece y cada vez que lo recuerdo vuelvo a sentir remordimiento. Por el contrario, el arrepentimiento no me encierra en mí mismo, sino que me sitúa frente a un “tú”, frente a alguien, y lo que me duele no es tanto el acto en sí mismo, cuanto haber fallado a esa persona, a su confianza, a su amor; y por eso, el arrepentimiento no me “condena” al pasado, a seguir dando vueltas a lo que hice, sino que me impulsa a un futuro en el que me propongo no volver a fallar a esa persona.
JUZGAR:
La Palabra de Dios en este domingo nos invita a pasar del remordimiento al arrepentimiento, y para eso Jesús nos ha ofrecido la parábola de los dos hijos, que reaccionan de forma diferente ante la misma petición de su padre: Hijo, ve hoy a trabajar en la viña.
El segundo respondió: “Voy, señor”. Pero no fue. Este hijo se sitúa a sí mismo en el centro, con sus gustos, sus apetencias… y no piensa en el padre. Quizá más tarde pudo sentir remordimiento por haber dicho una cosa y no haberla cumplido, o quizá no. Pero ahí quedó todo.
El primer hijo, por el contrario, respondió a la petición del Padre: “No quiero”. Pero después se arrepintió y fue. Este hijo no piensa sólo en sí mismo y en lo que le apetece, sino que piensa también en su padre, y por eso no siente remordimiento, sino arrepentimiento: le duele la mala respuesta que ha dado, pero sobre todo haber fallado al amor y confianza de su padre y por eso después se arrepintió y fue. El arrepentimiento lo impulsa a la acción, a hacer lo que debe, y sobre todo para no volver a fallar a su padre en un futuro. El mal cometido sirve como estímulo para el bien.
Al contrario que el remordimiento, el arrepentimiento nos saca de nosotros mismos y de permanecer encadenados a nuestras faltas y pecados y posibilita que aprendamos de nuestros errores y podamos dar una nueva orientación a nuestra vida, como hemos escuchado en la 1ª lectura: cuando el malvado se convierte de la maldad que hizo, y practica el derecho y la justicia… si recapacita y se convierte de los delitos cometidos, ciertamente vivirá y no morirá.
Y esa conversión del remordimiento al arrepentimiento vendrá motivada por descubrir que estamos ante un “Tú”, ante Dios mismo y su amor infinito por nosotros, y nos dolerá fallarle a Él y a su amor. Y ese “Tú” que es Dios mismo se hace presente en los diferentes “tú” que forman parte de nuestra vida cotidiana, como nos recordó el mismo Jesús: cada vez que lo hicisteis con uno de éstos… conmigo lo hicisteis (…) cada vez que no lo hicisteis con uno de éstos… tampoco lo hicisteis conmigo (Mt 25, 40.45).
Por eso San Pablo nos hacía en la 2ª lectura unas recomendaciones para no vivir encerrados en nuestro “yo” sino pensar en esos “tú” que tenemos delante todos los días: no obréis por envidia ni por ostentación, dejaos guiar por la humildad y considerad siempre superiores a los demás. No os encerréis en vuestros intereses, sino buscad todos el interés de los demás.
ACTUAR:
¿Suelo sentir remordimiento o arrepentimiento? ¿Entiendo la diferencia entre ambos? ¿Con cuál de los dos hijos de la parábola me identifico más? ¿Creo que, por grande que sea mi pecado, el arrepentimiento me puede abrir a un futuro nuevo? ¿Vivo las recomendaciones de San Pablo?
El paso del remordimiento al arrepentimiento lo tenemos que dar cada uno, pero no se va a producir sólo por nuestro empeño y esfuerzo; la principal motivación será descubrir y vivir la presencia de Dios en nuestra vida, y esa presencia se ha hecho carne en Jesús. Por eso San Pablo resumía sus recomendaciones diciendo: Tened entre vosotros los sentimientos propios de una vida en Cristo Jesús. Necesitamos vivir unidos a ese “Tú” que es Cristo Resucitado por la oración, la Eucaristía y demás sacramentos, por la formación… para ir adquiriendo sus mismos sentimientos y concretarlos en nuestra vida cotidiana. Y cuando pequemos, sentiremos arrepentimiento y nos sentiremos animados a seguir adelante con el propósito de no volver a fallarle a Él y su amor.