Parròquia Sant Vicent Màrtir de Benimàmet

Homilía 23 TO-A

Una sana despreocupación

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VER:

Muchas personas expresan su preocupación, sobre todo respecto a sus hijos mayores, porque no hacen caso a lo que les intentan transmitir, principalmente en temas de fe. Algunos, desde esa preocupación, piensan constantemente cómo podrían conseguirlo. Pero otros han renunciado a seguir intentándolo porque “¿para qué, si no me van a hacer caso?”; aun así, les queda siempre dentro esa preocupación. Y a veces se sorprenden cuando les digo que intenten dejar de preocuparse: que como padres tienen derecho a decir lo que creen que deben decir, pero que no son responsables de la respuesta que sus hijos den a lo que ellos les transmiten, porque ya son mayores y han de tomar sus propias decisiones.

JUZGAR:

Esa preocupación afecta no sólo a padres respecto a sus hijos, sino también a curas, religiosos y laicos respecto a quienes son receptores de su acción pastoral. Con la mejor voluntad, porque queremos para otros lo que para nosotros es “un tesoro”, la fe cristiana, no sólo intentamos transmitirles lo que supone creer en Cristo Resucitado, sino que deseamos también convencerles. Y cuando ese convencimiento no se produce, nos preocupamos y pensamos que “algo estamos haciendo mal” porque no nos hacen caso.

Sin embargo, la Palabra de Dios en este domingo nos ayuda a ver que lo único que tiene que preocuparnos es tener la certeza de que lo que decimos a otros no lo decimos por nuestro propio interés o capricho, sino de parte de Dios, como el profeta Ezequiel: Te he puesto de atalaya en la casa de Israel; cuando escuches palabra de mi boca, les darás la alarma de mi parte.

Para ayudarnos a tener esa certeza, el Señor en el Evangelio nos ha propuesto también que esas palabras que decimos de su parte no sean simplemente “nuestras” ideas y creencias, sino que sean las palabras “de la Iglesia”: Si tu hermano peca, repréndelo a solas entre los dos… Si no te hace caso, llama a otro o a otros dos… Si no les hace caso, díselo a la comunidad… El cristiano no debe hablar de fe con otros a título individual, sino que siempre ha de transmitir la fe de la Iglesia.

Y una vez tenemos esta certeza, la Palabra de Dios nos invita a desarrollar una “sana despreocupación” respecto a la reacción que los demás puedan tener cuando les transmitimos algo referente a Dios, algo de la fe de la Iglesia. Así, en la 1ª lectura, el Señor dice a Ezequiel: Si tú pones en guardia al malvado, para que cambie de conducta, si no cambia de conducta, él morirá por su culpa, pero tú has salvado la vida. Y en el Evangelio Jesús ha dicho: Si no hace caso ni siquiera a la comunidad, considéralo como un pagano o un publicano. No se trata de despreciar y no querer saber nada, o de ser indiferentes respecto a la suerte de los otros, sino de respetar su libertad y sus procesos y, además, liberarnos de una carga de angustia e inquietud que no nos corresponde asumir.

Como hemos dicho al principio, lo que decimos lo hacemos con la mejor voluntad, porque quisiéramos que otros compartieran el tesoro que es la fe en Cristo Resucitado. Pero tenemos que tener presente lo que san Pablo ha indicado en la 2ª lectura: A nadie le debáis nada, más que amor… Uno que ama a su prójimo no le hace daño. El verdadero amor a los otros es lo que ha de movernos; por amor, tenemos que respetar la reacción de los otros; y, por amor, debemos asumir una “sana despreocupación”, porque como también dijo San Pablo (1Cor 13, 4-7): el amor es comprensivo… no lleva cuentas… Una “sana despreocupación” que, como hemos dicho, no es indiferencia, porque el amor que nos mueve espera sin límites, aguanta sin límites, y nunca da a nadie por perdido para Dios.

ACTUAR:

¿He sufrido o sufro esa experiencia de que no me hagan caso cuando hablo de Dios? ¿Cómo reacciono? ¿Tengo la certeza de hablar desde la fe de la Iglesia, o intento transmitir mis creencias personales? ¿Soy capaz de asumir una “sana despreocupación”? ¿Hablo por y con amor?

Es lógico que queramos que otros compartan el tesoro que da sentido a nuestra vida: la fe en Cristo Resucitado, pero debemos hacer las cosas como Él: proponiendo, nunca imponiendo ni queriendo convencer. Y sobre todo, recordando lo que dijo el Papa Benedicto XVI en Dios es amor (31.c): El cristiano sabe cuándo es tiempo de hablar de Dios y cuando es oportuno callar sobre Él, dejando que hable sólo el amor.

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