¿Qué responderíamos?
VER:
En una de las cuñas publicitarias para el sorteo de La Primitiva, se preguntaba: ¿Qué harías si te tocara la Primitiva? Y respondían con un sonido onomatopéyico: ¡PFFFFF!, para expresar que sería algo tan grande y bueno que no nos podemos hacer una idea ni concretarlo bien con palabras. Son muchas las personas que gastan dinero en loterías, apuestas y juegos de azar porque tienen la esperanza de poder ganar un premio en loterías o apuestas varias, y ser millonarios para poder hacer realidad sus sueños, aquello que más desean y anhelan. Pero la gran mayoría de estas personas nunca ve cumplida esa esperanza de ser millonarios, por lo que sus sueños y deseos quedan incumplidos.
JUZGAR:
En el Evangelio parece que Jesús está proponiendo las riquezas como el medio para que la gente pueda ver realizados sus sueños y deseos, ya que habla de un tesoro escondido en el campo: el que lo encuentra, lo vuelve a esconder y, lleno de alegría, va a vender todo lo que tiene y compra el campo; y también habla de un comerciante en perlas finas, que al encontrar una de gran valor se va a vender todo lo que tiene y la compra.
Pero no debemos olvidar, como dijimos el domingo pasado, que Jesús, para que la gente pueda comprender qué es el Reino de los cielos, les propone una serie de parábolas; y que una parábola es una comparación de la que por semejanza se deduce una verdad o una enseñanza.
Y también dijimos que, para facilitar la comprensión, Jesús utiliza parábolas que tienen que ver con el mundo y con la realidad cotidiana de sus oyentes; y estas dos parábolas de hoy conectan con nuestra realidad cotidiana, porque al fin y al cabo todos hemos deseado alguna vez que nos tocara un premio importante y ser millonarios.
Jesús utiliza ese deseo humano para hacernos caer en la cuenta de que nuestra felicidad no está en función de las riquezas, porque aunque uno ande sobrado, su vida no depende de sus bienes (Lc 12, 15). Por eso la 1ª lectura nos ha ofrecido el ejemplo de Salomón, que ante las palabras de Dios: Pídeme lo que quieras, responde: Da a tu siervo un corazón dócil… para discernir el mal del bien. Y esta actitud merece la alabanza del Señor: Por haber pedido esto y no haber pedido para ti vida larga ni riquezas… te cumplo tu petición: te doy un corazón sabio e inteligente.
La Palabra de Dios hoy nos cuestiona: ¿Qué responderíamos a Dios, si nos dijera, como a Salomón: Pídeme lo que quieras? Sinceramente, ¿daríamos una respuesta como la de Salomón? ¿Nos “conformaríamos” con un corazón sabio e inteligente? ¿Con eso se cumplirían nuestros sueños?
Y Jesús aún nos cuestiona más: Él nos está ofreciendo el Reino de los cielos: ¿Estamos dispuestos a “vender todo lo que tenemos”, a cambiar o a renunciar a algo, como los personajes de las parábolas, para disfrutar de ese Reino? Más aún: ¿Creemos, estamos convencidos de que el Reino de los cielos es nuestra felicidad, la meta y el cumplimiento de todos nuestros sueños y deseos?
ACTUAR:
¿Suelo jugar a loterías, apuestas, etc.? ¿Lo hago pensando que, si me tocara el premio, vería cumplidos mis sueños y deseos? ¿Siento frustración al ver que el premio grande no llega? ¿Qué respondería si Dios me dijera: Pídeme lo que quieras? ¿Me conformaría con un corazón sabio? ¿Qué estoy dispuesto a “vender”, y qué no estoy dispuesto a “vender”, cambiar, renunciar… para alcanzar el Reino de los cielos?
No tenemos que esperar que nos toque la Primitiva, ni ningún otro juego de azar; tampoco necesitamos riquezas para ver realizados nuestros sueños. Jesús nos regala el Reino de los cielos, el mayor premio que podamos imaginar, porque allí se cumplirá lo que anhela nuestro corazón.
Los bienes materiales no son malos, pero no debemos absolutizarlos, sino ver en ellos las herramientas que nos ayudan a vivir como ciudadanos del Reino de los cielos. Por eso, hagamos nuestra la petición que hemos hecho en la oración colecta: que de tal modo nos sirvamos de los bienes pasajeros, que podamos adherirnos a los eternos, porque como también nos avisó Jesús, nuestra verdadera y única felicidad está en buscar el Reino de Dios y su justicia: lo demás se nos dará por añadidura (cf. Mt 6, 33).