Parròquia Sant Vicent Màrtir de Benimàmet

Homilía de Pentecostés-A

Salir, caminar y sembrar

siempre de nuevo

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VER:

La semana pasada, al celebrar la Solemnidad de la Ascensión del Señor, dijimos que Jesús había hecho a los Apóstoles una promesa: sabed que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo. Y decíamos que esta promesa es también para nosotros, porque nosotros hoy somos los nuevos apóstoles y también somos corresponsables en el anuncio del Reino. Y el modo en que Jesús va a estar a nuestro lado es a través de su Espíritu, como prometió: Cuando el Espíritu Santo descienda sobre vosotros, recibiréis fuerza para ser mis testigos

JUZGAR:

Hoy celebramos la Solemnidad de Pentecostés, la fiesta del Espíritu Santo. En el material de reflexión que la Comisión Episcopal de Apostolado Seglar ha preparado para esta Jornada, se nos ofrecen diversas indicaciones para que todos los que somos y formamos la Iglesia, y particularmente los laicos, puedan cumplir el mandato misionero que escuchábamos el domingo pasado: Id y haced discípulos de todos los pueblos… Desde el Génesis el Espíritu Santo está presente y activo en la creación, podemos rastrear sus actos a lo largo de todo el Antiguo Testamento; hay un momento de inflexión cuando el Libro de los Hechos relata como el Espíritu descendió y comenzó a morar en los discípulos. Aquellos son los mismos discípulos que se dispersaron en cuanto Jesús fue arrestado, pero en ellos se produjo un cambio radical. Desde ese momento asumieron un papel activo para «salir, caminar y sembrar siempre de nuevo».

Si en Pentecostés nace la Iglesia, el mismo nacimiento se da en cada uno de nosotros por el bautismo y la confirmación. Todo creyente está llamado a vivir su vida como vocación. Ser creyente es una vocación y una respuesta a esa llamada, a esa iniciativa amorosa de parte de Dios. La vocación cristiana impulsa a seguir las huellas de Cristo y hacer realidad en nosotros las palabras del apóstol Pablo: «No soy yo quien vive, es Cristo quien vive en mí» (Gál 2, 20).

Por eso mismo hoy es también el Día de la Acción Católica y del Apostolado Seglar, este año con el lema: “Salir, caminar y sembrar siempre de nuevo”. Porque una de las cuestiones que más puede iluminar nuestro horizonte evangelizador es el de valorar el papel de los laicos para una Iglesia en salida. Hablar de laicado es significar una Iglesia que se encarna en la sociedad de hoy. Tenemos que recuperar la fe en el ámbito de lo público. En un contexto que tiende a relegar la fe a la esfera de lo privado, necesitamos cristianos que hagan visible la acción del Espíritu en el día a día de la vida familiar, laboral, cultural y social. Tanto en los pequeños gestos o vicisitudes de nuestra vida ordinaria, como en las estructuras o entramados sociales que repercuten en la vida pública.

Por tanto, es tiempo de salir. Salgamos de nosotros mismos. Nuestra fe es expansiva. Abramos nuestro corazón a su acción. No es tiempo de recluirse, ni personal ni comunitariamente. Abramos nuestros ojos a la realidad que nos rodea para transmitir la misericordia de Dios, la fuerza sanadora que nos restaura y nos encamina a la plenitud.

Es tiempo de caminar. Los cristianos no deambulamos por el mundo, tenemos un fin, una orientación última que da sentido a nuestra vida. Jesús es el Camino, la Verdad y la Vida (Jn 14, 6). Él nos acompaña siempre. Y juntos, como Iglesia, caminamos siguiendo sus pasos. La fe no es estática, la fe genera un dinamismo vital que nos impide quedarnos quietos.

Es tiempo de sembrar. Sembrar la Palabra de Dios en el corazón de todos los hombres. Esto implica transmitir valores y actitudes que contribuyan a la edificación de un mundo más justo y fraterno.

Siempre de nuevo. No se trata tanto de hacer cosas nuevas, que también, sino hacer nuevas las cosas que hacemos. Esto pasa por apostar por la autenticidad. Todos somos llamados a ser evangelizadores con Espíritu, personas que arraiguen su vida en Cristo para ser sus testigos.

ACTUAR:

Pentecostés es un tiempo de gracia para abrir las puertas del corazón, de la vida, de las comunidades. Ningún cristiano puede permanecer impasible ante esta llamada; necesitamos salir de nuestras seguridades, necesitamos cristianos en movimiento capaces de agrandar sus horizontes, sin la estrechez del cálculo humano, sin temor a cometer errores, sino con la gran medida del corazón misericordioso de Dios.

Pidamos la intercesión materna de la Virgen María, que, como hizo con los Apóstoles en el Cenáculo en espera de Pentecostés, nos acompañe también a nosotros y nos impulse a mirar con confianza al futuro. Le pedimos al Espíritu Santo que infunda en nosotros la fuerza para anunciar la novedad y la alegría del Evangelio con audacia, en voz alta y en todo tiempo y lugar.

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