No se ha pasado todo
VER:
Una persona, después de terminar alguna tarea o compromiso que le cuesta realizar, tiene la costumbre de exclamar con evidente alivio: “¡Ya se ha pasado todo!”. Acabamos de estrenar el tiempo pascual y, aunque nos propongamos lo contrario, en la mayoría de las parroquias este tiempo litúrgico no tiene la misma intensidad que la Cuaresma. En Cuaresma se insiste en las llamadas a la conversión, y se multiplican las oraciones, celebraciones, charlas, retiros, Ejercicios Espirituales… Mientras que en el tiempo pascual, una vez ha pasado el Domingo de Resurrección, los siguientes domingos quedan más o menos como el tiempo ordinario, como si, tras el esfuerzo de la Cuaresma, la tarea ya estuviera hecha y exclamáramos con alivio: “¡Ya se ha pasado todo!”
JUZGAR:
Sin embargo, ni la tarea está hecha ni se ha pasado todo, y la Palabra de Dios en este domingo nos lo recuerda de varias formas. En el Evangelio, los discípulos también pensarían, para mal, que ya se había pasado todo lo de Jesús, que no había nada que hacer, y por eso estaban en una casa con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Pero tras el encuentro con Jesús Resucitado, son enviados a la misión: Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo. Tomás también pensaría que ya se había pasado todo y no había nada que hacer, y de hecho, ni siquiera estaba con ellos. Por eso, ante su anuncio (Hemos visto al Señor), él contestó: Si no veo… no lo creo. Pero tras el encuentro con Jesús Resucitado, éste le dice que tiene una tarea que hacer: no seas incrédulo, sino creyente. Y en la 2ª lectura, san Pedro también nos señala que la tarea no está hecha, que no se ha pasado todo, que lo ocurrido tiene una finalidad: la resurrección de Jesucristo de entre los muertos nos ha hecho nacer para una esperanza viva, para una herencia incorruptible…
Tenemos que vivir desde esa esperanza para alcanzar la herencia que nos está reservada en el cielo, y por eso en la oración colecta hemos pedido: para que todos comprendan mejor qué bautismo nos ha purificado, qué espíritu nos ha hecho renacer y qué sangre que nos ha redimido. Necesitamos comprender mejor lo que hemos celebrado estos días pasados para no ser incrédulos sino creyentes, para vivir con esperanza.
La fe es nuestra respuesta al Dios que se ha revelado en Jesucristo, es vivir fiándonos de Él. Y esta fe conlleva la conversión. Y la conversión no es algo que se produce de una vez para siempre; tampoco las llamadas a la conversión se reducen a una época del año. Como señala el Itinerario de Formación Cristiana para Adultos “Ser cristianos en el corazón del mundo” (Tema 6), la conversión a Jesús Resucitado y a su Evangelio es una tarea continua que dura toda la vida. Los cristianos hemos de estar constantemente convirtiéndonos al Evangelio.
El encuentro con Cristo Resucitado inicia un itinerario espiritual. Esto implica ir muriendo al hombre viejo, a los criterios de este mundo, e ir pasando al hombre nuevo, a los criterios evangélicos que el Señor nos propone para ser sus seguidores.
Nunca podemos decir como cristianos que la tarea ya está hecha, que ya se ha pasado todo, porque la conversión lleva consigo un cambio progresivo de nuestros pensamientos y criterios, de nuestros sentimientos y vivencias, de nuestros comportamientos y costumbres. En suma, de nuestro modo de pensar, de sentir, de actuar y de vivir.
Como a los primeros discípulos, el Señor nos envía también a nosotros, porque la conversión no consiste sólo en las repercusiones personales e interiores, sino en las consecuencias sociales de nuestro modo de estar en el mundo: en la familia, en el trabajo, en la convivencia social y política. Es lo que vivieron los primeros cristianos, como hemos escuchado en la 1ª lectura, que eran constantes en escuchar la enseñanza de los apóstoles, en la vida común, en la fracción del pan y en las oraciones, vivían todos unidos… y por eso eran bien vistos de todo el pueblo y el Señor iba agregando al grupo los que se iban salvando.
ACTUAR:
¿Cómo estoy viviendo el tiempo de Pascua? ¿Le doy la misma relevancia que a la Cuaresma, o pienso que “ya se ha pasado todo”? ¿Y en mi comunidad parroquial? ¿En qué aspectos necesito seguir convirtiéndome? ¿Mi estilo de vida como cristiano resulta significativo para otros?
La Pascua es el verdadero “tiempo fuerte” para un cristiano. La nueva evangelización a la que la Iglesia nos convoca requiere de cristianos convertidos, convencidos y transformados por la fe en Cristo Resucitado. No se ha pasado todo, al contrario, ahora empieza todo de verdad. Como los primeros cristianos, ojalá vivamos de tal modo personal y comunitario que seamos testigos creíbles de que Cristo ha Resucitado.