Sentenciados a la vida
VER:
Cuando paso por la puerta del ambulatorio o de un hospital, veo a las personas entrando, esperando para pedir cita en alguna consulta… Y en los rostros de muchas personas se refleja la preocupación y la angustia, y no puedo evitar preguntarme si habrán recibido la mala noticia de padecer una enfermedad grave. Siempre pienso en que esa misma escena se repite en todos los hospitales: diariamente miles de personas reciben “sentencias de muerte”, comunicándoles que a corto o medio plazo, su vida se acabará. Aunque sepamos que todos moriremos algún día, el hecho de recibir esta “sentencia” supone un auténtico mazazo, que lleva a las personas a plantearse el sentido de la vida, y si tras la muerte física puede esperar algo, o no.
JUZGAR:
En el Evangelio de este domingo, Jesús, tras recibir la noticia de la enfermedad de Lázaro, dice a sus discípulos: Esta enfermedad no acabará en la muerte, sino que servirá para la gloria de Dios. Pero ante la realidad de la enfermedad y la muerte, nos resulta difícil aceptarlas y creerlas. De hecho, son muchas las personas que asumen las palabras del filósofo Heidegger: “el hombre es un ser para la muerte”. Y la constatación de la propia fragilidad y finitud les lleva a compartir la sensación que expuso el filósofo Sartre: “Cuando uno llega a comprenderlo, se le revuelve el estómago… eso es la Náusea”. Y lleva también a creer otra de sus frases: “El hombre es una pasión inútil”. Estamos “sentenciados a muerte”, y la enfermedad y el sufrimiento parecen corroborar esta afirmación.
Pero debemos distinguir entre la muerte física y la extinción total de la persona. La Palabra de Dios no niega la muerte física, sino que a través de ella pasamos a la vida de Dios. Así lo expresaba la 1ª lectura: Yo mismo abriré vuestros sepulcros, y os haré salir de vuestros sepulcros… os infundiré mi espíritu y viviréis. También en el Evangelio, Jesús afirma claramente: Lázaro ha muerto. Y no permanece indiferente: viéndola llorar a ella… sollozó y muy conmovido preguntó: ¿Dónde lo habéis enterrado? Jesús se echó a llorar… Como diremos en el Prefacio, Jesús fue hombre mortal como nosotros, que lloró a su amigo Lázaro. No hubiera sido verdadero hombre si no le conmoviese la enfermedad y la muerte.
Pero también diremos que Jesús es Dios y Señor de la vida, que lo levantó del sepulcro. Jesús es verdadero Dios y por eso afirma: Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá, y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre. Frente a la creencia de muchas personas de estar “sentenciados a muerte”, Jesús nos ofrece a todos una “sentencia de vida”.
Y aquí encontramos el punto clave, lo que Jesús preguntó a Marta: ¿Crees esto? Cada uno necesitamos sabernos en presencia del Señor y responder a esta pregunta. Tenemos por una parte la realidad de la muerte física, de la enfermedad… de todo aquello que podemos decir que son “sentencias de muerte” para nosotros. Y por otra parte, sin negar lo anterior, tenemos a Jesús, sus palabras y sus obras que transmiten una oferta de vida eterna. Pero Jesús no sólo dijo esas palabras: Él mismo pasó por la muerte, por la cruz, para vencerlas con su resurrección, porque sólo así podía resultar creíble para nosotros: ¿Creemos esto? ¿Creemos que estamos “sentenciados a la vida”?
ACTUAR:
¿Cómo reacciono cuando me entero de la enfermedad grave de alguien? ¿Cómo reaccionaría en mi propio caso? ¿Pienso como esos filósofos? ¿Creo que Jesús es la resurrección y la vida?
No estamos “sentenciados a muerte”. La fe en Cristo no es algo irracional, no es el “opio del pueblo” para no afrontar la realidad de la muerte física y la extinción final. Como Marta, y como tantos otros a lo largo de la historia, necesitamos descubrir nuestras razones para creer a Jesucristo y su Evangelio también cuando la muerte se cruza en nuestro camino.
Es lógico que, ante tantas “sentencias de muerte” que nos rodean, surjan dudas en nuestro interior. Por eso Jesús también pregunta a Marta: ¿No te he dicho que, si crees, verás la gloria de Dios? Ojalá que esta Cuaresma dé como fruto el que podamos hacer nuestras las mismas palabras con las que Marta respondió a Jesús: Sí, Señor, yo creo que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo.
Y apoyados en la esperanza, vivamos sabiendo que estamos “sentenciados a la vida” y un día podremos compartir su misma gloria.