Parròquia Sant Vicent Màrtir de Benimàmet

Homilía III de Cuaresma-A

Diálogo sincero

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VER:

Hace unos días vi como un niño de unos tres años, que acababa de salir de una escuela infantil, pidió agua a su madre. Se veía que el niño estaba acalorado, probablemente por haber estado jugando. Su madre le respondió: “Ahora no llevo agua, beberás en casa de la abuela”. El niño se echó a llorar porque no quería esperar tanto, ya que como dijo a su madre, tenía mucha sed. Todos sabemos lo que es tener sed de agua, y los adultos también sabemos lo que es tener otro tipo de “sed”, un deseo intenso de amor, de justicia, de plenitud. A medida que avanzamos día a día en el recorrido de nuestra vida, esta otra “sed” va aumentando, y a menudo sentimos, como ese niño, que no recibimos el “agua” que necesitamos, y nos enfadamos y de buena gana nos echaríamos a llorar porque no queremos esperar más para poder saciar ese deseo de amor, plenitud y felicidad.

JUZGAR:

Esa otra “sed”, esa falta de esperanza, de justicia, de sentido… lleva también a muchos, creyentes y no creyentes, a dudar de Dios, como hemos escuchado que hizo el pueblo de Israel torturado por la sed, y nos hace también preguntarnos como ellos: ¿Está o no está el Señor en medio de nosotros?

Pero esto no nos ocurre sólo cuando nos enfrentamos a los grandes problemas e interrogantes de la humanidad. En el día a día, en nuestro ámbito más personal, cuando esa otra “sed” no se consigue apagar va poco a poco desgastando nuestra vida, convirtiéndola en algo estéril, rutinario, monótono, triste. Nos va dando todo igual, caemos en el relativismo, no sentimos que haya una “verdad plena” que guíe nuestros actos, como le ocurrió a la mujer samaritana del Evangelio, que ha tenido ya cinco maridos y el de ahora no es su marido, porque pensamos: “¿Qué más da? Mientras no haga mal a nadie…”

Sin embargo, esa otra “sed” sigue sin apagarse, y en este tercer Domingo de Cuaresma el Señor nos invita a seguir buscando, a seguir “acercándonos al pozo” cada día, como hacía la samaritana, sin perder la esperanza. El Señor nos recuerda que hay un “agua viva” para saciar nuestra “sed”.

La samaritana es para todos nosotros un modelo de búsqueda y encuentro con el Señor, un encuentro que se produce porque ella está dispuesta a dialogar con Él, a pesar de sus dudas y prejuicios iniciales (¿Cómo tú me pides de beber a mí…? Porque los judíos no se tratan con los samaritanos).

En ese diálogo, ella es respetuosa pero sincera, no tiene reparo en exponer sus dudas e incredulidad ante lo que Jesús le está diciendo: si no tienes cubo y el pozo es hondo, ¿de dónde sacas el agua viva?; ¿eres tú más que nuestro padre Jacob…? En ese diálogo sincero, ella no oculta su pasado, su pecado: No tengo marido… Tampoco oculta sus interrogantes en temas de religión: Nuestros padres dieron culto en este monte, y vosotros decís que el sitio donde se debe dar culto está en Jerusalén.

Pero precisamente por ser sincera y dejarse cuestionar su vida por Jesús, en ese diálogo sincero ella va descubriendo quién es Él realmente. Primero para ella Jesús era un simple judío, y además, enemigo; luego afirma: Señor, veo que tú eres un profeta; y finalmente descubre su verdadera identidad y dice a la gente de su pueblo: ¿Será éste el Mesías?

El diálogo sincero con Jesús ha provocado que se haga realidad en ella lo que Jesús le había dicho antes: el que beba del agua que yo le daré nunca más tenderá sed; el agua que yo le daré se convertirá dentro de él en un surtidor que salta hasta la vida eterna. Por eso dejó su cántaro, ya no lo necesita, lleva en ella la fuente, y se convierte en apóstol, en testigo capaz de mostrar el “agua viva” a los demás.

ACTUAR:

¿De qué tengo “sed”? Como ese niño, ¿me pondría a llorar de buena gana, porque no quiero esperar para saciarla? ¿Me pregunto, como el pueblo de Israel, si Dios está o no está entre nosotros, caigo en el relativismo? ¿Me acerco cada día al Señor para encontrar el “agua viva”? ¿Dialogo sinceramente con Él, le expongo mis dudas, inquietudes, prejuicios…? ¿Me dejo cuestionar por Él, reconozco mis pecados?

Además del ejemplo de la mujer samaritana, hoy tenemos el ejemplo de San José: ante el misterio de la encarnación del Hijo de Dios, él lógicamente tiene unas dudas y saca unas conclusiones desde el punto de vista humano, pero permanece abierto a Dios y así puede conocer y acoger su proyecto, y a partir de ese momento cambia su vida y se convierte en el padre terrenal, en el protector de Jesús y de María.

No perdamos la esperanza, busquemos el agua viva. En nosotros también se ha cumplido ya lo que el Señor aseguró a la samaritana, como recordaba san Pablo en la 2ª lectura: La esperanza no defrauda porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones con el Espíritu Santo que se nos ha dado. No necesitamos buscar más: desde el Bautismo hemos recibido el Espíritu Santo, tenemos en nosotros la fuente de agua viva. Nos falta hacer que brote mediante el diálogo sincero como el Señor, para no volver a tener más sed.

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