No seamos «turistas»
VER:
En el centro de las grandes ciudades es muy común ver grupos de turistas. Son personas que están de paso, sólo disponen de unas pocas horas y como quieren ver muchas cosas, no se detienen: van de un monumento o sitio de interés a otro, sacan fotografías, y se llevan un recuerdo, pero superficial, porque no les da tiempo a disfrutar, a “paladear” eso que han visto: no han podido contemplarlo. Esta actitud de “turista” no la viven sólo los que viajan; en nuestra vida ordinaria a veces también llevamos una actitud similar: vamos de una cosa a otra, realizamos muchas actividades, tenemos un conocimiento superficial de personas y acontecimientos… pero no nos detenemos a contemplar esas realidades para interiorizarlas, para disfrutarlas de verdad.
JUZGAR:
En este segundo Domingo de Cuaresma el Señor nos ha hecho una llamada muy clara, que hemos escuchado en la 1ª lectura: Sal de tu tierra… Nos llama a dejar una fe cómoda y acomodada y a que salgamos, que nos pongamos en camino… pero no como turistas, “pasando” por la vida, sino aprendiendo a detenernos y a contemplar la realidad. La Cuaresma es un camino, pero no hay que recorrerlo como turistas, queriendo hacer muchas actividades, participando en muchos actos piadosos, en charlas, via crucis y retiros, aunque sea con la excusa de “vivir a fondo la Cuaresma”.
La Cuaresma es un camino que hay que recorrer sin prisa. Es verdad que es un tiempo fuerte, marcado por la oración, el ayuno, la abstinencia, la penitencia, la limosna… pero también es un tiempo que hay que disfrutarlo, deteniéndonos cuando sea necesario, como hicieron Pedro, Santiago y Juan.
Jesús se los llevó aparte, a una montaña alta. Les hace detenerse en su ritmo de vida, sin otro objetivo que simplemente estar juntos, para que disfruten de un momento de amistad con Él. Y por haberse detenido en ese momento de tranquilidad, contemplan la manifestación de la gloria de Jesús: Se transfiguró delante de ellos, y su rostro resplandecía como el sol, y sus vestidos se volvieron blancos como la luz. Y Pedro no puede menos que exclamar: Señor, ¡qué bien se está aquí! Es una experiencia que, si no se hubieran detenido, nunca habrían sentido.
En nuestra vida cristiana nos hacen falta “momentos de transfiguración”. Ejercicios Espirituales, un fin de semana de retiro, experiencias profundas de silencio contemplativo… También nos hace falta “saborear, paladear” de verdad de las ocasiones de encuentro con el Señor: vivir las celebraciones, disfrutar de un tiempo de oración, de una lectura… Nos hace falta aprender a detenernos y contemplar la vida, nuestra vida, pero con la mirada de la fe, la mirada de Jesús.
En la 2ª lectura San Pablo pedía a Timoteo: Toma parte en los duros trabajos del Evangelio, según la fuerza de Dios. Este imperativo sigue vigente para todos nosotros, pero no debemos cumplirlo pretendiendo realizar muchas actividades evangelizadoras. Es cierto que debemos “salir”, como Abrán, y dejar de lado una fe acomodada; pero precisamente porque necesitamos que Dios nos dé la fuerza necesaria, debemos aprender a detenernos y a disfrutar de momentos de transfiguración, de encuentro con el Señor, como Pedro, Santiago y Juan.
ACTUAR:
¿Alguna vez he hecho turismo, he tenido la experiencia de ver muchas cosas pero sin poder detenerme y disfrutarlas? ¿Tengo esa actitud de “turista” en mi vida cotidiana, o sé detenerme para saborear las cosas? ¿Estoy disfrutando la Cuaresma? ¿Alguna vez, en algún acto religioso, he exclamado, como Pedro: “Señor, ¡qué bien se está aquí!”? ¿Sé contemplar mi vida con mirada de fe?
La Eucaristía, siempre pero especialmente en este tiempo de Cuaresma, deberíamos vivirla como el gran momento de transfiguración. Salimos de nuestra casa pero para detenernos, disfrutándola porque estamos con el Señor, porque Él nos muestra su gloria, porque nos enseña a contemplar la vida, nuestra vida, con realismo pero con la mirada en la meta final a la que estamos llamados.
Ojalá, cada vez que participamos en la Eucaristía, salieran de nuestro corazón las mismas palabras de Pedro: Señor, ¡qué bien se está aquí!, para después volver a la vida pero no simplemente “pasando por ella” como turistas, sino como “contemplativos en la acción”, para poder tomar parte en los duros trabajos del Evangelio, fuertes con la fuerza que Dios nos ha dado.