Parròquia Sant Vicent Màrtir de Benimàmet

Homilía VII del TO-A

El camino de la santidad

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VER:

Hay una frase, muy utilizada pero que nunca me convence. Para hablar bien de alguien, se dice: “Es muy amigo de sus amigos”. Y yo siempre he pensado al escucharla: “Pues eso faltaba, que no fuera amigo de sus amigos”, porque ese comportamiento no es una virtud, no es nada especial, es algo lógico que cabe esperar de cualquier persona normal. Muchas veces tendemos a resaltar en otros, o en nosotros mismos, cualidades que nos creemos que son muy especiales pero que en realidad no tienen nada de particular, forma parte de la vida común y de la convivencia cotidiana.

JUZGAR:

Pero nosotros, como cristianos, no debemos conformarnos sólo con esas cualidades “comunes”. Estamos llamados a desarrollar virtudes y comportamientos que se salgan de lo común, un plus, porque de lo contrario, como Jesús nos ha recordado en el Evangelio: Si amáis a los que os aman, ¿qué premio tendréis? ¿No hacen también lo mismo también los publicamos? Y si saludáis sólo a vuestros hermanos, ¿qué hacéis de extraordinario? ¿No hacen también lo mismo los gentiles?

Se nos tiene que notar que somos cristianos. Y hay una cualidad, una virtud, que de algún modo aglutina todas las demás que debemos tener: la santidad, es decir, vivir nuestra fe de un modo especialmente virtuoso y ejemplar desde la adoración a Dios y el servicio a los demás.

Lo hemos escuchado en la 1ª lectura: Seréis santos, porque yo, el Señor, vuestro Dios, soy santo. Pero al oír hablar de “santidad”, a la mayoría de nosotros nos parece que es una meta deseable pero inalcanzable. Sin embargo, el Señor no nos va a pedir nada que no podamos llevar a cabo, y por eso San Pablo nos ha recordado en la 2ª lectura: ¿No sabéis que sois templos de Dios y que el Espíritu de Dios habita en vosotros?… El templo de Dios es santo: ese templo sois vosotros. Podemos ser santos no por nuestros méritos, sino porque el Espíritu Santo habita en nosotros desde nuestro Bautismo.

¿Y cuál es el camino de la santidad? También la Palabra de Dios nos lo ha indicado, y supone un proceso de crecimiento y maduración, un plus, que empieza por “no hacer mal”. La 1ª lectura nos indicaba: No odiarás de corazón a tu hermano… No te vengarás ni guardarás rencor a tus parientes. Y Jesús en el Evangelio nos pedía: No hagáis frente al que os agravia… al que te pide prestado no lo rehúyas.

Pero hay que seguir avanzando y empezar a “hacer el bien”, como también nos indicaba la 1ª lectura: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. Pero como hemos dicho, corremos el riesgo de contentarnos con “amar a los que nos aman”, y creernos que con esto ya estamos haciendo algo extraordinario, cuando en realidad es lo esperable en cualquier persona corriente.

Por eso, el camino de la santidad, el camino del cristiano, continúa más allá, y Jesús nos ha mostrado la diferencia entre lo corriente y lo extraordinario, que es lo propio de un cristiano. Y así, lo corriente sería: Ojo por ojo, diente por diente; pero extraordinario es: No hagáis frente al que os agravia. Lo corriente sería: Amarás a tu prójimo y aborrecerás a tu enemigo; pero lo extraordinario es: Amad a vuestros enemigos, haced el bien a los que os aborrecen y rezad por los que os persiguen y calumnian. Ése es el camino de la santidad, el plus, esto es lo que marca la diferencia entre ser cristiano y no serlo.

ACTUAR:

¿Me conformo con ser “amigo de mis amigos”? ¿Me siento llamado a ser santo? ¿Lo veo posible o inalcanzable? ¿Tengo presente que el Espíritu Santo habita en mí? ¿Me contento con “no hacer mal”, o me esfuerzo por “hacer bien”? ¿Pongo el plus que Jesus me pide en mi vida cotidiana? ¿Rezo por mis “enemigos”, o busco el “ojo por ojo…”?

Seguro que podemos encontrar muchos rostros, nombres, situaciones… en las que avanzar por el camino de la santidad. Y podemos recorrer este camino: tenemos el modelo de Jesús, que nos acompaña y nos ha dado su Espíritu para que habite en nosotros como en un templo; tenemos la oración, la Eucaristía, la Reconciliación y el resto de Sacramentos, la formación cristiana, la comunidad parroquial, el acompañamiento de otros cristianos… Todo ello nos ayudará a ser santos, para que, como hemos pedido en la oración colecta, podamos cumplir, de palabra y de obra, lo que a Dios le complace y espera de nosotros.

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