Parròquia Sant Vicent Màrtir de Benimàmet

Homilía de la Epifanía-A

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La fiesta de hoy está marcada por los regalos, y los protagonistas principales son los niños. Toda la atención está centrada en eso, aunque también el protagonismo lo tienen los Reyes Magos. Es de desear que este año no ocurra, lo que  en años anteriores, la polémica en torno a las tradicionales cabalgatas de los Reyes Magos, sus vestiduras, quiénes representaban ese papel… Todo se centra en estos temas, que parecen ser lo fundamental de la fiesta. Pero como ya dijimos el día de Navidad, todo esto nos debe mover a hacer una reflexión, en dos líneas: primero, en qué se ha convertido la fiesta de hoy; y segundo, si yo estoy celebrándola verdaderamente como una fiesta religiosa, sin caer en el consumismo, en el sentimentalismo, o en polémicas absurdas.

JUZGAR:

En esta fiesta, los protagonistas no son ni los regalos, ni los niños, ni siquiera los Reyes Magos. En esta fiesta el Protagonista es el Niño Jesús, Dios hecho hombre y nacido para nuestra salvación. El nombre de la fiesta de hoy, que popularmente llamamos “Día de Reyes”, es “Epifanía del Señor”, es decir, manifestación, revelación del Señor. Y los textos de la Eucaristía de esta fiesta nos ofrecen varias indicaciones para que pensemos qué estamos celebrando, y podamos vivir este día como lo que verdaderamente es, y no en lo que lo hemos convertido o algunos quieren convertirlo.

En la 1ª lectura el profeta Isaías decía: ¡Levántate… que llega tu luz! Levanta la vista en torno, mira… Nos está invitando a mirar bien, a no quedarnos en las apariencias, a descubrir la luz de Dios que está en nuestro entorno, muy cerca de nosotros, que eso es lo que significa celebrar la Navidad.

Y en el Evangelio, hemos escuchado a los Magos de Oriente: ¿Dónde está el Rey de los judíos que ha nacido? Porque hemos visto salir su estrella y venimos a adorarlo… Y más tarde entraron en la casa vieron al Niño con María, su madre, y, cayendo de rodillas, lo adoraron. Ante el Dios hecho hombre, nuestra actitud primera debe ser ésa: ponernos de rodillas, adorar este Misterio de Amor tan grande, y así lo pediremos en la oración después de la comunión: que contemplemos con fe pura y vivamos con amor sincero el misterio del que hemos participado. Para celebrar la fiesta de hoy como lo que verdaderamente es, debemos detenernos unos momentos y contemplar, como los Magos. Todo lo demás es secundario: hoy, ahora, nuestra prioridad ha de ser contemplar al Niño.

Y para nosotros, contemplar es mucho más que simplemente mirar algo o a alguien con atención: contemplar es desear unirnos con Dios con nuestro corazón y nuestra alma, disfrutar de un encuentro afectivo con Él como lo disfrutaríamos con nuestro mejor amigo; quizá nos salga alguna palabra, o quizá no, y nos limitemos a “estar”, callados pero “diciendo” mucho ante el Misterio.

La contemplación es algo muy personal, pero no individualista. Por eso la liturgia que celebramos comunitariamente como Iglesia, nos ayuda a la contemplación. La liturgia no son simples ritos y ceremonias: a través de gestos, posturas, signos, palabras, silencios… nos introduce en el Misterio que estamos celebrando, si de verdad participamos en la liturgia bien dispuestos con todo nuestro cuerpo-mente-alma, con todos nuestros sentidos. Así, como los Magos, por la contemplación también reconoceremos a Dios en lo cotidiano y podremos caer de rodillas y adorarle.

ACTUAR:

¿Qué es para mí lo principal en esta fiesta? ¿Cómo estoy celebrándola? ¿Me centro en los regalos, en la ilusión de los niños…? ¿Me dejo arrastrar por polémicas sobre cabalgatas y temas secundarios? ¿Practico la contemplación? ¿Participo en la liturgia, o tengo una actitud pasiva?

Son muchos los que sólo ven la fiesta de hoy en sus signos exteriores, y por tanto no necesitan a Dios. Nosotros debemos vivirla de forma religiosa. Hoy el Protagonista es el Niño Jesús. Contemplémosle para vivir la Epifanía como lo que verdaderamente es: la manifestación, la revelación del Dios hecho hombre para salvarnos. Y al terminar la celebración, cuando ofrezcamos la imagen del Niño para que podamos besarla como un gesto de adoración, vivamos este momento con intensidad, poniendo nuestro corazón en ese beso, y haciendo nuestra la petición que hemos hecho en la oración colecta: concede a los que ya te conocemos por la fe poder contemplar un día, cara a cara, la hermosura infinita de tu gloria.

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