Parròquia Sant Vicent Màrtir de Benimàmet

Homilía de Santa María, Madre de Dios

Simplemente María

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Los que tenemos ya más de 50 años recordaremos un famoso serial radiofónico titulado “Simplemente María”, que a lo largo de 500 capítulos narraba las alegrías y desventuras de una joven humilde que dejaba Santander para trabajar como sirvienta en Madrid. La popularidad de este serial era muy grande: se calcula que unos dos millones de oyentes diarios, una gran cifra para la época. Y esto hacía que muchas personas quisieran conocer en persona y ver el rostro de la actriz (María Salerno) que daba vida a la protagonista y cuya voz escuchaban todas las tardes.

JUZGAR:

En este primer día del año, y como culminación de la octava de Navidad, la Iglesia celebra la solemnidad de Santa María, Madre de Dios, la celebración más importante de la Virgen María. Celebramos que una mujer sencilla, “simplemente María”, mereció ser la Madre de Dios, como hemos escuchado en la 2ª lectura: Cuando se cumplió el tiempo, envió Dios a su Hijo, nacido de una mujer, nacido bajo la ley, para rescatar a los que estaban bajo la ley, para que recibiéramos el ser hijos por adopción.

Como indica el Catecismo “Esta es nuestra fe”: La Iglesia ha mantenido siempre con tenacidad que María fue real y verdaderamente Madre de Jesucristo, nuestro Señor y nuestro Dios. Ella dio al Hijo de Dios una nueva manera de ser, la de ser hombre, de modo parecido a como las madres dan a las personas de sus hijos el cuerpo con el que han de vivir.

Así pues, aunque el Hijo de Dios sea eterno, María es la Madre de Dios, ya que Jesús, nacido en el tiempo, de la Virgen María, es el Hijo de Dios, de la misma naturaleza que el Padre.

Este título de Madre de Dios no le acarreó privilegios ni honores mundanos, sino que, como la protagonista de la radionovela, tuvo que vivir muchas alegrías y desventuras desde que concibió a Jesús por obra del Espíritu Santo: el encuentro con Isabel, el nacimiento de Jesús en Belén, la huida a Egipto, la profecía del anciano Simeón al presentar a Jesús en el templo, el episodio de la pérdida de Jesús cuando éste era adolescente, su presencia discreta durante la vida pública de Jesús, su permanencia al pie de la Cruz, su acompañamiento a los discípulos en la espera del Espíritu Santo…

Y todo esto lo vive siendo “simplemente María”, una mujer de fe. Como señala el Catecismo Católico para Adultos de la Conferencia Episcopal Alemana: María es el gran modelo y ejemplo de la fe cristiana. Es modelo de esperanza, de entrega total por espíritu de fe, y de servicio por la fuerza del amor. Es ejemplo para el que oye la Palabra de Dios y levanta a Él su alma en la oración.

Como hemos escuchado en el Evangelio, María guarda y conserva en su corazón lo que ha visto y oído de Dios. Arraigada en la fe, sin embargo, María sigue siendo una persona que pregunta y busca… Es por encima de todo, la sierva pobre y humilde del Señor.

En este primer día del año, como Iglesia contemplamos a María como Madre de Dios, y como a la protagonista del serial, debemos querer conocerla mejor, porque como señala el Prefacio III de Santa María Virgen: Ella, al recibir junto a la cruz el testamento de tu amor divino, tomó como hijos a todos los hombres. Como sigue diciendo el Catecismo Alemán: María, como Madre de Dios, es también Madre nuestra. Pero como Madre nuestra no tiene otra misión que llevarnos a Jesucristo, su Hijo. En efecto, como Madre de Jesucristo es la puerta de la salvación para todos los que pertenecen a Él. Es Madre de los miembros del Cuerpo de Cristo, cuya cabeza es Jesucristo.

Y por tanto, desde su asunción a los cielos acompaña con amor materno a la Iglesia peregrina, y protege sus pasos hacia la patria celeste (Prefacio III) y brilla en nuestro camino como signo de consuelo y de firme esperanza (Prefacio IV).

ACTUAR:

Contemplemos hoy a la Virgen María, Madre de Dios y Madre nuestra. Ella vivió toda su vida desde su fe, siendo “simplemente María”. También nosotros estamos llamados a vivir por la fe nuestras alegrías y desventuras, siendo simplemente lo que cada uno somos. Como María, conservemos todas estas cosas meditándolas en nuestro corazón y, ante las dificultades, dirijámonos a ella con la oración más antigua en la que se le da el nombre de Madre de Dios: Bajo tu protección nos acogemos, Santa Madre de Dios; no deseches las súplicas que te dirigimos en nuestras necesidades; antes bien líbranos siempre de todo peligro, ¡oh Virgen gloriosa y bendita!

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