¿Qué le vamos a regalar?
VER:
En Navidad es muy común hacer regalos. Y a la hora de elegirlos, lo lógico es que pensemos en la persona que los va a recibir: debemos pensar en sus gustos, que quizá no coincidan con nuestros propios gustos; debemos pensar en el estilo de vida que lleva, que quizá sea bastante diferente al nuestro; debemos pensar en lo que puede necesitar, que quizá nosotros no necesitamos… Pero a veces no lo hacemos así, sino que regalamos aquello que se nos ocurre, sin pensar, o que nos va a hacer quedar mejor ante la otra persona. Pero si de verdad queremos acertar con el regalo, debemos regalar lo que al otro le guste, no lo que a nosotros nos parece mejor o más adecuado.
JUZGAR:
Estamos ya en el segundo domingo de Adviento. La semana pasada dijimos que, para que esta Navidad sea “histórica”, para que Dios pueda entrar de verdad en nuestra historia personal, en nuestras circunstancias actuales, necesitamos llevar a cabo desde ahora mismo nuestra propia campaña de Navidad, viviendo intensamente el Adviento. Y del mismo modo que entre nosotros intercambiamos regalos, podemos ir pensando “qué le vamos a regalar a Dios”.
En este sentido, en el Evangelio hemos contemplado a Juan Bautista predicando: Convertíos, porque está cerca el Reino de los cielos. Y como recuerda el evangelista Mateo: Éste es el que anunció el profeta Isaías diciendo: “Una voz grita en el desierto: preparad el camino del Señor, allanad sus senderos”.
Convertirse, preparar el camino… son palabras que nos suenan, son propias de estas fechas, y nos invitan a responder a ellas. Pero para responder correctamente a esa llamada a la conversión y a preparar el camino del Señor, necesitamos tener en cuenta también otra frase, que puede pasarnos desapercibida, y que Juan Bautista dirige a fariseos y saduceos: Dad el fruto que pide la conversión.
Es muy común que, a la hora de “convertirnos y preparar el camino del Señor”, pensemos en qué podemos hacer, qué tenemos que cambiar… Pero esta última frase nos ofrece un matiz importante: no se trata de hacer o cambiar lo que a nosotros nos parece mejor o más adecuado, sino de pararnos a pensar, como cuando vamos a hacer un regalo: ¿Qué le gustaría a Dios que “le regalase”, qué me pide Él que haga o cambie, para que sea un verdadero fruto de conversión?
Y para descubrir qué me pide Dios que haga o cambie, una herramienta es el Proyecto Personal de Vida Cristiana, que no es una lista de cosas que “debo hacer”, sino una ayuda para vivir la propia experiencia de fe, porque me permite descubrir que “esto es lo que Dios me pide” en mi situación actual y en las diferentes dimensiones que componen mi vida: maduración humana, relaciones y afectividad, trabajo o estudio, formación, economía, vida espiritual, dimensión eclesial y social…
El Proyecto Personal de Vida Cristiana nace de una historia de amor. Es mi respuesta, “mi regalo” ante la llamada de Jesús; una respuesta, un “regalo” que realizo con mi vida entera, porque quiero que mi vida sea respuesta de amor a la llamada que Jesús, por amor, me hace. Y el Proyecto Personal de Vida Cristiana nos ayuda a responder no como yo quiero, sino como quiere el Señor. De este modo tendremos la certeza de “acertar con el regalo”, de que este “regalo” que es mi vida sea lo que Él espera y desea de mí, porque estaré dando el fruto que pide la conversión.
ACTUAR:
A la hora de hacer un regalo, ¿pienso en los gustos y necesidades de quien lo va a recibir, o regalo lo que a mí se me ocurre o me parece mejor? ¿Cómo estoy llevando a cabo mi propia “campaña de Navidad” durante este Adviento? ¿He pensado qué “voy a regalar” al Señor? ¿Sé lo que el Señor espera de mí? ¿Tengo un Proyecto Personal de Vida Cristiana? Si no es así, ¿me gustaría tenerlo?
Disponemos del tiempo de Adviento para detenernos a pensar qué “regalo” vamos a entregar al Señor como fruto de nuestra conversión, y para elaborar o revisar nuestro Proyecto Personal de Vida Cristiana. Aprovechemos el Adviento, no dejemos que lo impidan los afanes de este mundo, como hemos pedido en la oración colecta. Dios nos regala a su propio Hijo para que podamos participar de su vida. Procuremos dar el fruto que pide la conversión para que también nuestra vida sea la respuesta de amor a ese regalo que es el Dios que nace por puro amor a nosotros.