Parròquia Sant Vicent Màrtir de Benimàmet

Homilía Jesucristo, Rey del Universo-C

Ciudadanos de su Reino

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VER:

Durante un trayecto en el autobús, una persona iba comentando con otra: “Si yo pudiera elegir, viviría en uno de los países nórdicos, Suecia o Noruega, por el alto nivel de vida y las coberturas sociales que tienen”. La otra persona le dijo que, además del clima y costumbres tan diferentes a lo de aquí, también allí pagan muchos impuestos, pero la primera respondió: “Da igual, merecería la pena el cambio, soportar el clima y pagar más con tal de poder disfrutar de todo lo demás”.

JUZGAR:

Hoy estamos celebrando la solemnidad de Jesucristo, Rey del Universo, que pone fin al año litúrgico. Hoy debemos evaluar si a lo largo de estos meses Jesucristo ha sido nuestro Rey, o no.

En la 1ª lectura hemos escuchado que los ancianos de Israel fueron a Hebrón a ver al rey, y el rey David hizo con ellos un pacto… Pero nosotros no hemos tenido que hacer ningún pacto para que Jesucristo sea nuestro Rey: es un regalo que hemos recibido del mismo Dios.

Y para ser ciudadanos de su Reino tampoco debemos realizar complicados trámites burocráticos ni superar un examen, porque como hemos escuchado en la 2ª lectura: Dios Padre nos ha hecho capaces de compartir la herencia del pueblo santo… nos ha trasladado al Reino de su Hijo querido. Somos ciudadanos del Reino no por nuestros méritos y capacidades, sino por puro amor de Dios.

Y el Reino de Jesucristo tiene unas características especiales, que escucharemos en el Prefacio: es un reino eterno y universal; el reino de la verdad y la vida, el reino de la santidad y la gracia, el reino de la justicia, el amor y la paz. Estas características indican el “nivel de vida”, las “coberturas y prestaciones” que Jesucristo ofrece a quienes quieran ser ciudadanos de su Reino: ¿quién no desearía vivir una vida con estas características? Cuando en los “reinos” de este mundo encontramos tanta incertidumbre, injusticia, fraude, mentiras, corrupción… ¿quién se negaría a ser ciudadano de ese Reino, quién no querría que Jesucristo fuera su Rey?

Pero aunque tener a Jesucristo por Rey y formar parte de su Reino es un regalo, si lo aceptamos tenemos que estar dispuestos a “pagar un precio”: no se trata de un impuesto en metálico, sino un “pago” que debemos realizar con nuestra propia vida, con nuestras actitudes; un precio que el propio Jesús, nuestro Rey, “pagó” en primer lugar para darnos ejemplo: el amor, el servicio, el perdón, la entrega hasta el extremo… hasta la cruz, como hemos escuchado en el Evangelio.

El Reino de Dios, tener a Jesucristo por Rey, choca con los poderes e intereses de los “reinos” de este mundo, como leemos en el Catecismo (671): El Reino de Cristo, presente ya en su Iglesia, sin embargo no está todavía acabado… Este Reino aún es objeto de los ataques de los poderes del mal, y por eso a menudo conlleva enfrentamientos, burlas, desprecios, y también la cruz, como le ocurrió a Jesús. ¿Estamos nosotros dispuestos a “pagar” ese precio para tener a Jesucristo por Rey, para seguir disfrutando de la ciudadanía de su Reino?

ACTUAR:

Como ciudadano del reino de España: ¿Cumplo con las obligaciones que conlleva esta ciudadanía? ¿Qué carencias en cuanto a prestaciones, calidad de vida… descubro en nuestra sociedad? ¿Me gustaría poder vivir en otros lugares, aunque tuviera que renunciar a algunas cosas?

Como cristiano: ¿soy consciente de ser ya ciudadano del Reino de Dios? ¿Soy buen ciudadano de ese Reino, cumplo lo que conlleva tener a Jesucristo por Rey, en cuanto al amor, el servicio, el perdón, la entrega…? ¿Me merece la pena soportar enfrentamientos, dificultades, burlas, o incluso la cruz, con tal de mantener esta ciudadanía?

Contemplemos hoy a nuestro Rey, y pidámosle que su ejemplo de amor y entrega hasta la cruz nos mueva a ser buenos súbditos suyos, buenos ciudadanos de su Reino. Y aunque en algunas ocasiones no demos buen testimonio de ser ciudadanos de su Reino, como el buen ladrón del Evangelio confiemos en el amor de Jesucristo, nuestro Rey, que muestra su poder con el perdón y la misericordia, y que ha muerto por nosotros porque sólo desea que un día podamos vivir eternamente con Él en el Reino del cielo (oración después de la comunión).

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