Parròquia Sant Vicent Màrtir de Benimàmet

Homilía 33 TO-C

El fin del mundo

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VER:

Desde hace años proliferan películas en las que se escenifica el fin del mundo, por diversas causas: por la acción del hombre, por las guerras, por terremotos, erupciones volcánicas o catástrofes naturales varias, por el choque con un gran meteorito, por una invasión extraterrestre… Son películas que presentan grandes cataclismos con abundantes efectos especiales, que provocan imágenes impactantes. Aunque sabemos que es una película, cuando ocurren en la vida real algunos de estos hechos nos vienen a la memoria esas imágenes, y nos entra cierta inquietud, como si esas películas fueran una premonición y fuera a ocurrir de verdad lo mismo que hemos visto en el cine.

JUZGAR:

Estamos llegando al final del año litúrgico, y la Palabra de Dios nos ha presentado también unas imágenes impactantes. La 1ª lectura nos decía: Mirad que llega el día, ardiente como un horno… Y en el Evangelio, Jesús ha dicho: Esto que contempláis, llegará un día en que no quedará piedra sobre piedra: todo será destruido… Se alzará pueblo contra pueblo y reino contra reino, habrá grandes terremotos y en diversos países epidemias y hambre. Habrá también espantos y grandes signos en el cielo. Parece el argumento de una de esas películas catastrofistas, y por desgracia en el pasado se han utilizado estas imágenes para meter el miedo en el cuerpo anunciando “el fin del mundo”, pero no es ésa la intención de Jesús.

Jesús está utilizando un lenguaje y unos modos de expresión propios de su época para, en primer lugar, hacernos caer en la cuenta de algo que a menudo se nos olvida: que efectivamente un día nosotros, el curso de la historia, todo lo que existe… llegará a su fin, pero el verdadero fin no será la destrucción y la extinción, sino lo que anunciaba el profeta Malaquías: a los que honran mi nombre los iluminará un sol de justicia que lleva la salud en las alas.

En segundo lugar, Jesús también nos indica que no nos dejemos amedrentar por esas imágenes: Cuidado con que nadie os engañe… Cuando oigáis noticias de guerras y de revoluciones, no tengáis pánico. Como señala el Catecismo Católico para Adultos de la Conferencia Episcopal Alemana: una mirada a la historia nos muestra con toda claridad que tales signos, bajo múltiples formas, se han dado siempre en este mundo que camina inexorablemente hacia su final. En todas las épocas ha habido calamidades, guerras y catástrofes de la naturaleza. Las señales del fin del mundo que se citan en la Escritura tiene la función de exhortarnos a una vigilancia constante.

De ahí que Jesús nos indicaba al final del Evangelio: con vuestra perseverancia salvaréis vuestras almas. Mientras llega ese momento del fin, del que no sabemos ni el día ni la hora (cfr. Mc 13, 32), Jesús hoy nos invita a su seguimiento, viviendo y anunciando el Evangelio, perseverando a pesar de las dificultades reales que sí vamos a encontrar en el día a día y que Él nos señalaba: Antes de todo eso os echarán mano, os perseguirán… por causa de mi nombre… Y hasta vuestros padres, y parientes, y hermanos, y amigos os traicionarán, y matarán a algunos de vosotros, y todos os odiarán por causa de mi nombre. Y esto no es un modo de hablar: cualquier cristiano que se tome en serio el seguimiento de Jesús experimentará en propia carne, en mayor o menor grado, ese rechazo. Pero de nuevo Jesús nos recuerda que en esos momentos debemos mantener la esperanza: así tendréis ocasión de dar testimonio… Yo os daré palabras y sabiduría a las que no podrá hacer frente ni contradecir ningún adversario vuestro.

ACTUAR:

¿Pienso en el fin del mundo, o en mi propio fin? ¿Me dejo llevar por imágenes catastrofistas, siento pánico? ¿Qué dificultades o rechazos experimento por seguir a Jesús? ¿Mantengo la esperanza?

No hay que vivir con miedo por el fin del mundo o por nuestro propio fin, sino perseverar con esperanza en el seguimiento de Cristo. Recordemos lo que el Concilio Vaticano II indicó en la Constitución Gaudium et spes sobre la Iglesia en el mundo actual: Ignoramos el tiempo en que se hará la consumación de la tierra y de la humanidad. Tampoco conocemos de qué manera se transformará el universo. La figura de este mundo, afeada por el pecado, pasa, pero Dios nos enseña que nos prepara una nueva morada y una nueva tierra donde habita la justicia (…) No obstante, la espera de una tierra nueva no debe amortiguar, sino más bien avivar, la preocupación de perfeccionar esta tierra, porque el reino está ya misteriosamente presente en nuestra tierra; cuando venga el Señor, se consumará su perfección (39).

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