“Vocación a la santidad”
VER:
La palabra “santo”, en su primera acepción, significa perfecto y libre de toda culpa. Esta manera de entender lo que es ser santo ha llevado a identificar el ser santo con ser impecable, es decir, incapaz de pecar y exento de tacha. Esto lo hemos entendido, en términos deportivos, como batir el record del mundo. Y desde esta perspectiva, la santidad se ve como algo inalcanzable para la gran mayoría, sólo para algunos pocos escogidos a los que la Iglesia declara como tales y se les da culto. Pero ese modo de entender la santidad es incompleto, no es ése el tipo de santo que hoy celebramos.
JUZGAR:
La santidad cristiana no es la perfección total en la vida, la santidad cristiana consiste en seguir a Cristo Resucitado con la mayor fidelidad. Los Santos y Santas no son los impecables, de hecho algunos en su historia personal pecaron, y aun así fueron declarados santos posteriormente, porque lo importante es que en su vida, con sus luces y sus sombras, supieron vivir con la mayor plenitud posible la fe en Jesús Resucitado y dieron testimonio de Él incluso a través de su propia fragilidad humana.
Pero hoy estamos celebrando principalmente a todos los “Santos anónimos”, los que en la cotidianidad, incluso en la irrelevancia social de sus vidas, han seguido con fidelidad los caminos del Señor. Y a esta muchedumbre inmensa, que nadie podría contar, de toda nación, raza, pueblo y lengua, estamos llamados a sumarnos también nosotros, como indicó el Concilio Vaticano II en la constitución dogmática Lumen Gentium (39.41): todos en la Iglesia… son llamados a la santidad. Una misma es la santidad que cultivan en cualquier clase de vida y de profesión los que son guiados por el Espíritu de Dios y, obedeciendo a la voz del Padre… siguen a Cristo pobre, humilde y cargado de la cruz, para merecer la participación de su gloria. Cada uno según los propios dones y las gracias recibidas, debe caminar sin vacilación por el camino de la fe viva, que excita la esperanza y obra por la caridad.
La santidad es la vocación que el Padre confía a todos los cristianos, y tenemos lo necesario para desarrollarla, porque si hemos sido constituidos miembros del Cuerpo de Cristo por el Bautismo, participamos de la misma vida de santidad que la Cabeza de este Cuerpo. Una santidad que es alcanzable porque es obra del Espíritu de Dios que vive y actúa en la Iglesia y en cada uno de los bautizados.
Teniendo esto presente, como afirma Juan Pablo II en la Carta Apostólica Novo millennio ineunte, los cristianos no podemos contentarnos con una vida mediocre, vivida desde una religiosidad superficial. Como decía san Juan en la 2ª lectura: Mirad qué amor nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios, pues ¡lo somos! Si ya somos hijos e hijas de Dios, estamos capacitados para manifestar la santidad en nuestra vida y debemos asumir el compromiso, mostrar la santidad de los que somos en la santidad de lo que hacemos. Por tanto, podemos y debemos crecer en santidad en lo cotidiano, en el mundo, cada uno desde su propio estado en la vida.
Ese camino de santidad es todo un estilo de vida, que debe concretarse en una serie de opciones, como hemos escuchado en las Bienaventuranzas; unas opciones que son un camino de dicha, pero que paradójicamente pasa en ocasiones por la cruz: dichosos vosotros cuando os insulten y os persigan y os calumnien de cualquier modo por mi causa. Estad alegres y contentos… La alegría surge porque este camino de dicha y santidad creciente nos llevará a la meta deseada: porque vuestra recompensa será grande en el cielo.
ACTUAR:
Todos los Santos y Santas que hoy recordamos son para nosotros un ejemplo y un estímulo a desarrollar también nuestra propia santidad, sabiendo que es posible porque ellos lo hicieron primero. Ellos batieron su propio record personal, al cual todos estamos llamados. Por eso, preguntémonos: ¿Me siento llamado a la santidad, creo que es posible para mí batir mi propio record, o me conformo con una vida mediocre? ¿Estoy dispuesto a asumir el camino de las Bienaventuranzas?
Que, por intercesión de Todos los Santos y Santas, podamos llegar a unirnos a ellos por nuestro estilo de vida, siguiendo con fidelidad al Señor Resucitado recorriendo el camino de las Bienaventuranzas, para que se cumpla lo que se indica en Lumen Gentium 41: todos los fieles cristianos, en cualquier condición de vida, de oficio o de circunstancias, y precisamente por medio de todas esas cosas se podrán santificar más cada día, con tal de recibirlo todo con fe de la mano del Padre Celestial, y con tal de cooperar con la voluntad divina, manifestando a todos, en el mismo servicio temporal, el amor con que Dios amó al mundo.