Parròquia Sant Vicent Màrtir de Benimàmet

Homilía 30 TO-C

No piadosos, sino sinceros

Descargar homilía

VER:

Muchas veces, refiriéndome a la oración, digo que “con Dios no hay que ser piadosos, hay que ser sinceros”. Y utilizo el ejemplo de una visita al médico: si no soy sincero con él, si le oculto mis síntomas, no podrá hacer un diagnóstico correcto ni darme el tratamiento adecuado. Del mismo modo, si en la oración no somos sinceros con Dios, externamente cumpliremos, pero estamos obstaculizando la acción del Espíritu Santo en nosotros.

JUZGAR:

En el evangelio hemos escuchado la parábola del fariseo y el publicano, un claro ejemplo de que con Dios no hay que ser piadosos, como el fariseo, sino sinceros, como el publicano, aunque eso suponga “humillarnos”. Como dijimos hace unos domingos, solemos entender esta palabra en sentido negativo, como tener baja autoestima, o despreciarnos, pero no es así. Humillar significa abatir el orgullo y la altivez, que son las dos características que manifiesta el fariseo: erguido, oraba así… no soy como los demás… ayuno dos veces por semana y pago el diezmo de todo lo que tengo. Por eso decía Jesús: el que se humilla será enaltecido, el que, por lo menos ante Dios, sabe abatir su orgullo y altivez.

El grupo de música cristiana “Kairoi” compuso una canción, la “Oración del pobre”, cuya letra refleja la actitud y los sentimientos que deberíamos tener cuando nos disponemos a orar: Vengo ante ti, mi Señor, reconociendo mi culpa, con la fe puesta en tu amor, que Tú me das como a un hijo. Te abro mi corazón, y te ofrezco mi miseria; despojado de mis cosas, quiero llenarme de ti. Que tu Espíritu, Señor, abrase todo mi ser. Hazme dócil a tu voz, transforma mi vida entera.

Aunque ante los demás disimulemos, ante Dios no debemos hacerlo, debemos ser sinceros y “humillarnos”, abatir nuestro orgullo y altivez: no somos “impecables”, tenemos nuestra parte de culpa en diferentes asuntos, somos conscientes de nuestras miserias, la mayoría de las veces ocultas para los demás pero visibles para Dios… En definitiva, ante Dios no tenemos más remedio que reconocernos “pobres”. Pero es precisamente esta oración desde la conciencia y el reconocimiento de la propia pobreza la que nos abre a Dios “con la fe puesta en su amor”, con el deseo de llenarnos de Él y que su Espíritu transforme nuestra vida, como dice la letra de la canción. Y nuestra pobreza y sinceridad permiten a Dios actuar en nosotros, como hemos escuchado en la 1ª lectura: Los gritos del pobre atraviesan las nubes

Y así, la sinceridad ante Dios, la certeza de que Él acoge nuestra oración, nos hace crecer, madurar y progresar en nuestro caminar cristiano, como decía san Pablo en la 2ª lectura: He combatido bien mi combate, he corrido hasta la meta, he mantenido la fe, pero no por mis méritos personales, sino porque con sinceridad me he reconocido pobre ante Él y así su Espíritu ha podido actuar en mí.

ACTUAR:

¿Cómo calificaría mi oración: piadosa, o sincera? ¿Qué haría falta para mejorarla? ¿A quién me asemejo más, al fariseo o al publicano? ¿Estoy dispuesto a “humillarme”, a abatir mi orgullo y altivez, por lo menos ante Dios? ¿Podría hacer mías las palabras de san Pablo: he combatido bien mi combate, he corrido hasta la meta, he mantenido la fe? ¿Doy gracias a Dios por la acción que su Espíritu lleva a cabo en mí, o creo que mis progresos se deben a mis propios méritos?

Con Dios no hay que ser piadosos, hay que ser sinceros. No tengamos miedo de “humillarnos” ante el Señor, de acercarnos al Él reconociéndonos pobres, como el publicano de la parábola. Como nos recuerda el Papa Francisco en la convocatoria del Jubileo de la Misericordia: Su persona no es otra cosa sino amor. Un amor que se dona y ofrece gratuitamente. Los signos que realiza, sobre todo hacia los pecadores, hacia las personas pobres, excluidas, enfermas y sufrientes llevan consigo el distintivo de la misericordia (8).

Dejémonos sorprender por Dios. Él nunca se cansa de destrabar la puerta de su corazón para repetir que nos ama y quiere compartir con nosotros su vida. Desde el corazón de la Trinidad, desde la intimidad más profunda del misterio de Dios, brota y corre sin parar el gran río de la misericordia. Esta fuente nunca podrá agotarse, sin importar cuántos sean los que a ella se acerquen. Cada vez que alguien tendrá necesidad podrá venir a ella, porque la misericordia de Dios no tiene fin (25).

Los comentarios están cerrados.