Paciencia
VER:
Un tema recurrente al hacer examen de conciencia es la falta de paciencia: con el cónyuge, con los hijos, con los padres, amigos, compañeros de trabajo… incluso con nosotros mismos. La paciencia es la capacidad de padecer o soportar algo sin alterarse, y esto nos cuesta mucho. Al hablar de ello casi siempre se dice lo mismo: “Yo me propongo tener paciencia, pero es que no puedo, a las primeras de cambio…” Suelo responder que la paciencia con la que nos proveemos al empezar cada día se agota rápidamente y, como no la venden, hay que pedirla humildemente, porque además la paciencia no es algo que dependa de nuestra fuerza de voluntad: es uno de los doce frutos del Espíritu Santo, que Él hace brotar en nosotros (cfr. Gal 5, 22-23).
JUZGAR:
Puesto que la paciencia no depende de nuestra voluntad, por mucho que nos empeñemos, para que el Espíritu Santo la haga brotar en nosotros necesitamos previamente contemplar y ser conscientes de la paciencia que Dios ha tenido y tiene con nosotros.
Y las lecturas de este domingo nos hablan de ello. En la 1ª lectura, ante la infidelidad del pueblo, Dios atiende la petición de Moisés y muestra su paciencia dándoles una nueva oportunidad. Como indica el Papa Francisco en la bula de convocación del Jubileo de la Misericordia (6): “Paciente y misericordioso” es el binomio que a menudo aparece en el Antiguo Testamento para describir la naturaleza de Dios. Su ser misericordioso se constata concretamente en tantas acciones de la historia de la salvación donde su bondad prevalece por encima del castigo y la destrucción.
En el salmo, el autor no niega su culpa ni su pecado, pero implora la paciencia de Dios: no me arrojes lejos de tu rostro, no me quites tu santo espíritu.
En la 2ª lectura, san Pablo, consciente de su pasado (yo antes era un blasfemo, un perseguidor y un violento), afirma con rotundidad: se compadeció de mí: para que en mí… mostrara Cristo toda su paciencia.
Y en el Evangelio, Jesús nos ha ofrecido las tres parábolas conocidas como “de la misericordia”, que reflejan la paciencia de Dios, como también indica el Papa (9): En las parábolas dedicadas a la misericordia, Jesús revela la naturaleza de Dios como la de un Padre que jamás se da por vencido hasta tanto no haya disuelto el pecado y superado el rechazo con la compasión y la misericordia. Conocemos estas parábolas; tres en particular: la de la oveja perdida y de la moneda extraviada, y la del padre y los dos hijos (cfr Lc 15,1-32). En estas parábolas, Dios es presentado siempre lleno de alegría, sobre todo cuando perdona. En ellas encontramos el núcleo del Evangelio y de nuestra fe, porque la misericordia se muestra como la fuerza que todo vence, que llena de amor el corazón y que consuela con el perdón.
Dios es paciente y misericordioso, y sólo desde la conciencia de su paciencia y misericordia el Espíritu podrá hacer que brote en nosotros la paciencia, como respuesta a la paciencia de Dios.
ACTUAR:
Podemos tomar cualquiera de estas lecturas y en oración contemplar nuestra vida y cómo Dios ha actuado con paciencia y misericordia ante nuestras infidelidades, nuestros pecados, nuestros actos pasados, nuestras rebeldías… y darle gracias por ello.
También sería bueno recordar hoy a las personas que son pacientes con nosotros, verdaderos reflejos de la paciencia de Dios, y dar gracias a Dios por ellos.
Y también hoy debemos recordar a quienes han sufrido nuestra falta de paciencia, y pedir perdón a Dios por ello, y que nos haga tener siempre presente su paciencia con nosotros.
En la segunda carta del apóstol san Pedro (2 Pe 3, 9.15) leemos: [El Señor] tiene mucha paciencia con vosotros, porque no quiere que nadie perezca, sino que todos se conviertan. Considerad que la paciencia de Dios es nuestra salvación. Como se ha dicho repetidas veces, vivimos en el tiempo de la paciencia de Dios: aprovechémoslo. Por la participación en la Eucaristía, el Espíritu Santo penetra en nosotros para que broten sus frutos. Pidamos al Señor que se cumpla en nosotros lo que pediremos en la oración después de la Comunión: que la acción de este sacramento penetre en nuestro cuerpo y en nuestro espíritu, para que sea su fuerza, no nuestro sentimiento, quien mueva nuestra vida, y entonces podamos ser pacientes y misericordiosos como lo es nuestro Padre del cielo.