Parròquia Sant Vicent Màrtir de Benimàmet

Homilía 23 TO-C

Renunciar para ganar

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Con motivo de los Juegos Olímpicos, se ha hablado mucho de los tipos de sacrificios que tienen que hacer los atletas: entrenamientos muy duros, horarios intensos sin fines de semana ni festivos, renunciar a estar con familiares o amigos, seguir una dieta estricta sin concederse caprichos… pero ellos lo hacen porque quieren participar en las Olimpiadas y, si es posible, ganar alguna medalla. En la vida hay que estar dispuestos a renunciar a algo para ganar algo mejor, y esto no se aplica sólo al mundo del deporte, o al trabajo o estudios, sino a lo verdaderamente importante: el cuidado de la amistad, de la familia y de la pareja, de los hijos… requieren una serie de renuncias necesarias.

JUZGAR:

Por eso no deberían “asustarnos” las palabras de Jesús en el Evangelio: Si alguno se viene conmigo y no pospone a su padre y a su madre, y a su mujer y a sus hijos, y a sus hermanos y a sus hermanas, e incluso a sí mismo, no puede ser discípulo mío. Si en el plano puramente humano vemos lógico renunciar a algunas dimensiones y aspectos de nuestra vida para ganar algo mejor, no debería sorprendernos que Jesús nos pida que, si queremos ser de verdad discípulos suyos, le demos a Él prioridad.

Jesús no nos está pidiendo que no hagamos caso o rechacemos a nuestra familia y amigos, sino que las pospongamos, que le pongamos a Él en el centro de nuestra vida porque es lo mejor y, desde Él, vivamos todo lo demás: familia, amigos, trabajo, aficiones, intereses…

Ser cristianos, no consiste sólo en creer unas verdades, en seguir unas normas morales o en participar en determinadas celebraciones religiosas. Ser cristianos es ser discípulos, tener a Jesús como Maestro y, en consecuencia, estar dispuestos a creer en Él, seguirle. La fe cristiana es dinámica y se debe expresar y concretar en la vida y en el modo de afrontarla: tal como Cristo lo hace, tal como lo indica en el Evangelio. Por eso es necesario que Cristo ocupe el lugar central.

Y así se entiende que vivir el seguimiento como discípulos, apóstoles y santos conlleva esa necesidad de posponer, de renunciar, de cargar con la cruz… pero no como un mero deseo de mortificación sino para ganar algo mejor: una vida integrada, unificada, en la que Cristo ocupa el lugar central. El seguidor de Jesús va percibiendo cómo crece en coherencia porque, desde Jesús, todo lo demás (relaciones, bienes materiales…) cobra su pleno sentido y podemos vivirlo con mayor profundidad.

Más aún: cuando ponemos a Cristo en el centro de nuestra vida, empezamos a encontrar respuestas a las preguntas que hemos escuchado en la 1ª lectura: ¿Qué hombre conoce el designio de Dios, quién comprende lo que Dios quiere? Cuando no ponemos a Cristo en el centro de nuestra vida, los pensamientos de los mortales son mezquines y nuestro razonamientos son falibles. Cuando ponemos a Cristo en el centro de nuestra vida, toda ella pasa a ser vida de fe, un continuo encuentro con Dios, porque vamos a aprender a encontrarle y a conocer su voluntad en la oración, los sacramentos, la Palabra, y también en los demás, en los acontecimientos… todo lo viviremos con y desde la fe.

ACTUAR

¿Qué experiencias tengo de renunciar a algo para ganar algo mejor? ¿Mereció la pena? ¿Vivo mi fe como discípulo, o como simple “cumplidor”? ¿Entiendo la necesidad de posponer y renunciar para ser verdadero discípulo de Cristo? ¿Qué me cuesta posponer, a qué no estoy dispuesto a renunciar? ¿Descubro la presencia y voluntad de Dios en los hechos y personas que forman mi vida?

Seguir al Señor no significa despreciar el mundo ni olvidar a las personas queridas, pero no nos dejamos retener por ellos; seguir al Señor no significa buscar la cruz, sino estar dispuestos a aceptarla y cargar con ella cuando sea necesario. Seguir al Señor no significa despreciar la vida, sino todo lo contrario: porque queremos vivir de verdad esta vida, y un día alcanzar la vida eterna, le seguimos como discípulos, apóstoles, en santidad, posponiendo y renunciando a lo que haga falta.

Como escribió san Pablo: un atleta se impone toda clase de privaciones. Ellos para ganar una corona que se marchita; nosotros, en cambio, una que no se marchita (1Cor 9, 25). Si en el plano humano vemos lógico que hay que estar dispuestos a renunciar a algo para ganar algo mejor, que no nos asuste la petición de Jesús a posponer y renunciar para ganarle a Él, porque es lo mejor que podemos desear.

 

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