Madre y modelo
VER:
En la mitad del mes de vacaciones por excelencia, en la Iglesia celebramos la fiesta de la Asunción de la Virgen María. Como dice el dogma de la Asunción, proclamado por el Papa Pío XII: La Inmaculada Madre de Dios y siempre Virgen María, terminado el curso de su vida terrenal, fue asunta en cuerpo y alma a la gloria del cielo. Como indica el Prefacio de esta fiesta: Con razón no quisiste, Señor, que conociera la corrupción del sepulcro la mujer que, por obra del Espíritu Santo, concibió en su seno al autor de la vida, Jesucristo, Hijo tuyo y Señor nuestro. Y, además: ella es figura y primicia de la Iglesia que un día será glorificada. María asunta al cielo es como un anticipo de la promesa de la gloria que nos espera si, como ella, seguimos con fidelidad al Señor.
JUZGAR:
Por eso, necesitamos fijar hoy nuestra mirada en María, para aprender de ella y un día ser también recibidos en la Casa del Padre. Las diferentes lecturas de la Palabra de Dios de esta fiesta nos ayudan a comprender mejor el lugar que María ocupa en la Historia de Salvación, y que el Magisterio de la Iglesia nos ha ido mostrando.
Así, el Papa Benedicto XVI, en su encíclica Spe Salvi (Salvados en esperanza), señala que ella vivió en contacto íntimo con las Sagradas Escrituras, que hablaban de esperanza, de la promesa hecha a Abrahán y su descendencia, como la propia María recuerda en su “Magnificat”. Cuando María se puso en camino y fue aprisa a la montaña para visitar a Isabel, su pariente, se convirtió en la imagen de la Iglesia que lleva la esperanza por los montes de la historia del mundo. Y desde la cruz recibió una nueva misión: convertirse en madre de todos los que quieren creer en su Hijo Jesús y seguirlo.
El Papa Francisco, en Evangelii Gaudium indica también al respecto: En la cruz, Jesús nos dejaba a su madre porque no quiere que caminemos sin una madre. Ella es la misionera que se acerca a nosotros para acompañarnos por la vida. Como una verdadera madre, ella camina con nosotros, lucha con nosotros y derrama incesantemente la cercanía del amor de Dios (285-286).
María sabe reconocer las huellas del Espíritu de Dios en los grandes acontecimientos y también en aquellos que parecen imperceptibles. Es contemplativa del misterio de Dios en el mundo, en la historia y en la vida cotidiana de cada uno y de todos. (288).
Y el Papa Benedicto, en Spe Salvi, destaca la función de María para nuestra vida: La vida es como un viaje por el mar de la historia, a menudo oscuro y borrascoso, un viaje en el que escudriñamos los astros que nos indican la ruta. Las verdaderas estrellas de nuestra vida son las personas que han sabido vivir rectamente. Ellas son luces de esperanza. Jesucristo es ciertamente la luz por antonomasia, el sol que brilla sobre todas las tinieblas de la historia. Pero para llegar hasta Él necesitamos también luces cercanas, personas que dan luz reflejando la luz de Cristo, ofreciendo así orientación para nuestra travesía. Y ¿quién mejor que María podría ser para nosotros estrella de esperanza? Ella, con su «sí», abrió la puerta de nuestro mundo a Dios mismo; Ella se convirtió en el Arca viviente de la Alianza, en la que Dios se hizo carne, se hizo uno de nosotros (49).
Y en la encíclica Deus caritas est (Dios es amor), añade que, al proclamar la grandeza del Señor, María expresa todo el programa de su vida: no ponerse a sí misma en el centro, sino dejar espacio a Dios, a quien encuentra tanto en la oración como en el servicio al prójimo. María es grande precisamente porque quiere enaltecer a Dios en lugar de a sí misma (41).
ACTUAR:
¿Qué significa para mí celebrar la Asunción de la Virgen María? ¿Qué lugar ocupa María en mi espiritualidad? ¿Me siento acompañado por Ella? ¿Qué rasgos suyos debo incorporar a mi fe?
Contemplemos hoy a María asunta al cielo. Como dice Benedicto XVI, María se ha convertido efectivamente en Madre de todos los creyentes. A su bondad materna se dirigen los hombres de todos los tiempos y de todas las partes del mundo en sus necesidades y esperanzas, en sus alegrías y contratiempos, en su soledad y en su convivencia. Y siempre experimentan el don de su bondad; experimentan el amor inagotable que derrama desde lo más profundo de su corazón (DCE 42).
Por eso hacemos nuestras las palabras del Papa Francisco: Hay un estilo mariano en la actividad evangelizadora de la Iglesia. Porque cada vez que miramos a María volvemos a creer en lo revolucionario de la ternura y del cariño. Nosotros hoy fijamos en ella la mirada, para que nos ayude a anunciar a todos el mensaje de salvación (EG 287-288), y alcanzar la gloria, como Ella.