Parròquia Sant Vicent Màrtir de Benimàmet

Homilía 18 del TO-C

Y todo esto ¿para qué?

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VER:

Hay una experiencia propia de la edad adulta, en la que uno se detiene y contempla su propia vida. A veces lo hacemos debido a una circunstancia grave (una enfermedad, accidente, catástrofe, muerte…), pero otras veces “ocurre”, sin más. Un día te paras a pensar en tu vida, en lo que la conforma, en aquello a lo que dedicas tu tiempo y atención… y uno se pregunta: “Y todo esto, ¿para qué?”, con un sentimiento indeterminado de vacío, de insatisfacción, incluso de sinsentido.

JUZGAR:

Es la experiencia del autor del Eclesiastés, que hemos escuchado en la 1ª lectura: Vanidad de vanidades… todo es vanidad… ¿Qué saca el hombre de todos los trabajos y preocupaciones que lo fatigan bajo el sol? Una pregunta que, por si no nos la hemos hecho antes nosotros, hoy es el Señor quien nos la plantea para que busquemos la respuesta.

Una respuesta que tiene dos caminos: uno es el de concluir que todo es vanidad, ya que para la gran mayoría de la gente, la mayor parte del tiempo, de día su tarea es sufrir y penar, de noche no descansa su mente; pero éste es un camino que desemboca en el vacío, el absurdo y el sinsentido de la existencia.

Y el otro camino es el que se abre a Dios, como hemos escuchado en el Salmo: Enséñanos a calcular nuestros años, para que adquiramos un corazón sensato. Calcular no es simplemente hacer operaciones matemáticas, es considerar, reflexionar algo con atención y cuidado; por tanto, como el salmista, debemos pedir a Dios que nos enseñe a reflexionar sobre los años de nuestra vida, para adquirir un corazón sensato. ¿Y en qué consiste tener un corazón sensato? Ante todo, en lo que Jesús nos ha dicho en el Evangelio: en recordar que aunque uno ande sobrado, su vida no depende de sus bienes.

Como decía Jesús en la parábola, nosotros solemos hacer nuestros planes, nuestros proyectos, nuestros cálculos… normalmente centrándonos en lo material, pero se nos olvida que en cualquier momento, como al hombre rico de la parábola, te van a exigir la vida. Lo que has acumulado, ¿de quién será? Y entonces, todo eso por lo que tanto nos afanamos, ¿para qué? ¿Merecía realmente la pena?

Si para responder a esta pregunta queremos optar por el camino que se abre a Dios, deberemos tener en cuenta las palabras de Jesús: Así será el que amasa riquezas para sí y no es rico ante Dios.

De ahí la llamada de san Pablo en la 2ª lectura: buscad los bienes de allá arriba, donde está Cristo… aspirad a los bienes de arriba, no a los de la tierra. No se trata de despreciar los bienes materiales, sino de servirnos de ellos para ser ricos ante Dios, puesto que Él es el término de nuestra existencia.

Cuando en un momento dado nos planteamos: “Y todo esto, ¿para qué?”, si nos abrimos a Dios, es la oportunidad para llevar a la práctica lo que también decía san Pablo: Despojaos de la vieja condición humana, con sus obras, y revestíos de la nueva condición, que se va renovando como imagen de su creador, hasta llegar a conocerlo. Éste “despojarnos de la vieja condición” y “revestirnos de la nueva” es un proceso que dura toda la vida, alimentado por la oración, la Eucaristía, la Reconciliación, la formación en un Equipo de Vida, el compromiso cristiano… todo esto nos va renovando a imagen de Dios, y nos hace conocerle cada vez mejor, y responde a nuestro “Y todo esto, ¿para qué?”

ACTUAR:

¿Alguna vez, contemplando el curso de mi propia vida, me he planteado: “Y todo esto, ¿para qué?”? ¿A qué conclusión llegué? ¿Qué aspectos de mi vida calificaría de “vanidad”? ¿Qué lugar ocupa la preocupación por los bienes materiales? ¿Sé “calcular” mis años, reflexionar qué estoy haciendo y qué voy a hacer? ¿Estoy en proceso de “despojarme de la vieja condición” para “revestirme de la nueva? ¿Me sirvo de la oración, Eucaristía, formación, compromiso… para ello?

Decía también san Pablo: No sigáis engañándoos unos a otros. No es agradable pensar en el rumbo de nuestra vida y encontrarnos con ese sentimiento de vacío, insatisfacción y sinsentido, pero no querer pensar en ello sería autoengañarnos. El Señor hoy nos invita a que, con Él, lo pensemos y optemos por el camino que Él nos ha abierto, y que utilicemos los medios que tenemos para renovarnos a imagen suya. Entonces, cuando nos preguntemos: “Y todo esto, ¿para qué?”, la respuesta no será el sinsentido, vanidad de vanidades, sino: “Para conocerle, para ser ricos ante Dios, y así un día poder gozar de la vida eterna en su Reino”.

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