Parròquia Sant Vicent Màrtir de Benimàmet

Homilía 17 TO-C

El “sí” siempre lo tenemos

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VER:

Cuando hemos querido solicitar algo, a una persona o administración, y tenemos dudas acerca de si nos lo concederán y no nos decidimos a realizar la petición, a menudo personas de nuestro entorno nos han dicho: “Tú pídelo: el «no» siempre lo tienes”. Con esto nos están queriendo decir que no nos demos por vencidos antes de tiempo, que con realizar la petición no perdemos nada, porque si no se nos concede estaremos igual que ahora, pero que si lo pedimos, aunque haya dudas, es posible que sí se nos conceda. Y lo que es seguro es que, si no hacemos la petición nunca conseguiremos lo que solicitamos.

JUZGAR:

Hoy la Palabra de Dios nos invita a presentarle nuestras peticiones. Muchas veces pedimos, pero no lo hacemos bien, y nos desanimamos cuando no lo recibimos, pero aun así, Él nos invita a seguir haciéndolo. Pero no pensando que no vamos a perder nada con hacerlo ya que “el «no» siempre lo tenemos”, sino todo lo contrario: porque por parte de Dios, el «sí» siempre lo tenemos, aunque lo dudemos.

Lo que necesitamos es aprender a realizar nuestras peticiones, y lo primero es que nuestras peticiones han de hacerse siempre desde la oración, no como si nos dirigiéramos a una administración pública o, menos aún, como una exigencia. Por eso hacemos nuestras las palabras de los discípulos: Señor, enséñanos a orar.

Y Jesús nos dice que, lo primero, es recordar que Dios es Padre: no es un Ser indeterminado, tampoco es un alto funcionario al que dirigimos una instancia…sino que es nuestro Padre.

Y en esa oración, si nos fijamos, de todas las peticiones sólo una se refiere a algo material (danos cada día nuestro pan del mañana), el resto se refieren a la relación con Dios (santificado sea tu nombre, venga tu reino, no nos dejes caer en la tentación) y a los demás (también nosotros perdonamos a todo el que nos debe algo). ¿Qué lugar ocupa lo material en mi oración, respecto a la relación con Dios y los demás?

También nos enseña a no darnos por vencidos en la oración, por nosotros o por los demás, como Abrahán en la 1ª lectura, con humildad pero con audacia: Me he atrevido a hablar a mi Señor, ¿y si…? ¿Pido con humildad? ¿Soy audaz en la oración, “me atrevo a pedir”? ¿Intercedo por los demás?

Y además, orar con confianza, como el amigo de la parábola del Evangelio, que acude a pedir durante la media noche, insistiendo aun a sabiendas de que está siendo importuno, pero confía en que el otro le dará cuanto necesite. ¿Oro con confianza o en el fondo desconfío de alcanzar lo solicitado?

Desde estas características el Señor nos invita a orar: Pedid… buscad… llamad, porque quien pide recibe, quien busca halla, y al que llama se le abre. Pero como de nuevo inevitablemente alegamos tener la experiencia de pedir y no haber recibido, de buscar y no haber hallado… el Señor nos vuelve a recordar lo primero que nos ha dicho: Si vosotros, pues, que sois malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¿cuánto más vuestro Padre celestial dará el Espíritu Santo a los que se lo piden? Aunque hayamos tenido esa experiencia de “pedir y no recibir”, no debemos olvidar que a quien dirigimos nuestra petición, es a nuestro Padre, y por eso el “sí” siempre lo tenemos, porque Él nos va a dar el Espíritu Santo, que será quien nos hará descubrir la respuesta que Dios, nuestro Padre, da a nuestra oración; una respuesta que, aunque no sea la que esperamos o queremos, siempre será lo mejor para nosotros.

ACTUAR:

Hagamos una revisión de nuestra oración: ¿Qué características tiene? ¿Es insistente, o sólo cuando necesito algo? ¿Es humilde, audaz, confiada…? ¿Está centrada en aspectos materiales? ¿Es una oración abierta, intercesora, por las necesidades de los demás? ¿Me “conformo” con el Espíritu Santo, o me quedo decepcionado si no recibo lo que he pedido y como lo he pedido?

Por parte de Dios, el “sí” siempre lo tenemos. Y ese “sí” es su Espíritu Santo. En la oración sobre las ofrendas pediremos que estos santos misterios, donde tu Espíritu actúa eficazmente, santifiquen los días de nuestra vida. Necesitamos participar en la Eucaristía y demás Sacramentos porque así el Espíritu actúa en nosotros para que nuestra oración tenga las características adecuadas y podamos pedir, buscar y llamar con la confianza de que el “sí”, por parte de Dios, siempre lo tenemos.

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