Identificar a los apaleados
VER:
Llevamos ya varios meses oyendo hablar de “la misericordia”. Aunque oficialmente el jubileo comenzó el 8 de diciembre de 2015, prácticamente desde septiembre de ese año la misericordia fue el tema central de charlas, encuentros, cursos, reflexiones… También, desde la apertura de la Puerta Santa en Roma, se organizaron peregrinaciones en distintos lugares de la diócesis, nosotros como Arciprestazgo participamos el 30 de enero. Pero podemos correr el riesgo de quedarnos en el medio, que es la peregrinación, y sentirnos satisfechos con haber “ganado el jubileo” sin llegar al objetivo de las charlas, encuentros, retiros, peregrinaciones: un estímulo para la conversión, para ser testigos creíbles de la misericordia.
JUZGAR:
Quizá lo que ocurre es que hemos “oído” hablar mucho de la misericordia, pero nos falta el paso siguiente y necesario: descender a lo concreto, a nuestra vida, para aplicar ahí todo eso que llevamos tantos meses escuchando y celebrando, y practicar la misericordia.
En la Palabra de Dios hemos escuchado dos imperativos muy claros para pasar de la teoría a la práctica. La 1ª lectura terminaba así: El mandamiento está muy cerca de ti: en tu corazón y en tu boca. Cúmplelo. Y en el Evangelio, cuando el letrado contesta a Jesús que el que se portó como prójimo del que cayó en manos de los bandidos fue el que practicó la misericordia con él, Jesús le dice: Anda, haz tú lo mismo.
La misericordia es consecuencia de una historia de amor. Dios nos creó por amor, y para que pudiéramos participar de la felicidad no sólo de recibir amor, sino sobre todo, como Él, de amar. Dios no cesa de amarnos, y nos llama una vez más a que hagamos nosotros lo mismo.
Como indica el Papa Francisco en la convocatoria del Jubileo de la Misericordia (9): El amor nunca podrá ser una palabra abstracta. Por su misma naturaleza es vida concreta: intenciones, actitudes, comportamientos que se verifican en el vivir cotidiano.
¿Cómo podemos concretar la misericordia en nuestra vida cotidiana? El Papa nos invita a vivir las obras de misericordia: siete corporales y siete espirituales, porque son todo un programa de vida. Pero no nos quedemos en la literalidad de lo que indican esas obras; como indicó Mons. Raúl Berzosa, obispo de Ciudad Rodrigo, en un artículo: es verdad que la Iglesia ha sintetizado en “catorce” las obras de misericordia, pero no es un número cerrado. Hay otras miserias que podemos encontrar en los caminos de la vida y en la humanidad de hoy.
La parábola del buen samaritano es una llamada a identificar no sólo las miserias, sino sobre todo a los “apaleados” de diferentes modos que encontramos en nuestro camino, y ante las que quizá damos un rodeo y pasamos de largo, como el sacerdote y el levita de la parábola.
Como pide el Papa Francisco (15): ¡Cuántas situaciones de precariedad y sufrimiento existen en el mundo hoy! En este Jubileo la Iglesia será llamada a curar aún más estas heridas, a aliviarlas con el óleo de la consolación, a vendarlas con la misericordia y a curarlas con la solidaridad y la debida atención. No caigamos en la indiferencia que humilla, en la habitualidad que anestesia el ánimo. Abramos nuestros ojos para mirar las miserias del mundo, las heridas de tantos hermanos y hermanas privados de la dignidad, y sintámonos provocados a escuchar su grito de auxilio. Que sientan el calor de nuestra presencia, de nuestra amistad y de la fraternidad. Que podamos romper la barrera de la indiferencia que suele reinar campante para esconder la hipocresía y el egoísmo.
ACTUAR:
¿Qué está significando para mí el Jubileo de la Misericordia? ¿He participado en charlas, retiros, peregrinaciones? ¿He llevado a la práctica alguna de las obras de misericordia? ¿Me he parado a pensar qué miserias y qué “apaleados” encuentro en el camino de mi vida, los sé identificar? ¿Cuál es mi reacción: doy un rodeo y paso de largo, o pienso al menos en cómo aliviar su situación?
Frente a los imperativos que Dios nos ha hecho (Cúmplelo… Anda, haz tú lo mismo) y las dificultades que se nos plantean, la 1ª lectura nos recordaba: el precepto que yo te mando no es cosa que te exceda ni inalcanzable. Podemos concretar en nuestra vida cotidiana la misericordia, porque como también indica Mons. Berzosa: no basta hacer obras de misericordia; hay que ser misericordiosos. A veces, podemos hacer poco, pero nada nos impide tener un corazón misericordioso.