Parròquia Sant Vicent Màrtir de Benimàmet

Homilía 12 del TO-C

Revestidos no disfrazados

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Explicando a los niños de Comunión los diferentes elementos litúrgicos, al ver la casulla uno exclamó: “Eso es con lo que te disfrazas para la Misa”. Les expliqué que el cura no “se disfraza”, sino que “se reviste”. Porque disfrazarse es ponerse algo para ocultarse o no ser reconocido, mientras que revestirse es ponerse algo, normalmente una ropa, pero sobre la que ya llevas puesta, no con intención de ocultarte sino que sigues siendo tú mismo pero así se da mayor realce o importancia a lo que vas a hacer. En este sentido, el presbítero se reviste con los ornamentos para celebrar la Eucaristía no por destacar él, sino porque en ese momento va a actuar “in persona Christi”, como Cristo mismo, nuestro Señor y Sumo Sacerdote ante Dios Padre.

JUZGAR:

Pero aunque el presbítero es el que “materialmente” se reviste en ese momento, eso no significa que sólo él se tiene que revestir. Como nos ha indicado san Pablo en la 2ª lectura: Los que os habéis incorporado a Cristo por el Bautismo, os habéis revestido de Cristo. Por eso, aunque el término “in Persona Christi” se aplica al presbítero cuando va a celebrar la Eucaristía y otro Sacramentos, también todos los que somos y formamos la Iglesia, por el hecho de estar bautizados, debemos estar “revestidos” para actuar “como Cristo” actuaría, en las diferentes situaciones de la vida cotidiana.

Para muchas personas, ser cristianos supone sólo afirmar, como Pedro en el Evangelio, que Jesús es el Mesías de Dios; tampoco consiste en cumplir unas prácticas religiosas de vez en cuando, pero sin apenas relación o incidencia en su vida cotidiana, porque entonces ser cristianos sí que sería como un “disfraz” que nos ponemos en unos momentos determinados y luego nos quitamos, sin que nos afecte en profundidad, para seguir con “nuestra vida”.

Al contrario, ser cristianos, como indicó el Papa Benedicto XVI en Dios es amor (1), es algo que surge por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva. A partir del encuentro con Cristo, nosotros seguimos siendo los mismos pero ya nada es igual, nos hemos “revestido” de Él. Ser cristiano es “seguir” a Cristo, pero el seguidor de Jesús no es un imitador que copia: es, desde su propia personalidad, y con plena libertad y conciencia, un nuevo creador que compromete toda su vida.

Y en ese compromiso entra también asumir el destino de Jesús, que Él mismo nos ha recordado en el Evangelio: El Hijo del hombre tiene que padecer mucho, ser desechado… ser ejecutado y resucitar… Por eso, no nos oculta las condiciones del seguimiento: El que quiera seguirme, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz cada día y se venga conmigo. Estar revestidos de Cristo conlleva todo esto, pero no por un deseo de mortificación o una exaltación del sufrimiento por sí mismo, sino porque como también nos ha dicho Jesús: el que pierda su vida por mi causa la salvará, porque compartir su destino no es sólo compartir su pasión, sino también su resurrección, porque somos herederos de la promesa (2ª lectura).

ACTUAR:

¿Soy consciente de que por mi Bautismo ya estoy revestido de Cristo? ¿Actúo “como Cristo” actuaría en todas las dimensiones de mi vida, o hago distinciones en alguna de ellas? ¿Entiendo la necesidad de asumir las condiciones del seguimiento de Cristo: negarse a sí mismo, cargar con la cruz…? ¿Tengo presente la meta final a la que me lleva el seguimiento de Cristo?

Ser cristianos no es un disfraz que nos ponemos en algunos momentos. Ser cristianos es ser conscientes de estar ya revestidos de Cristo y actuar como Cristo lo haría en cada momento y circunstancia, también negándonos a nosotros mismos y cargando con la cruz cada día.

“Seamos cristianos” para llevar adelante la nueva evangelización, porque como indica un conocido texto: Cristo, no tienes manos: tienes sólo nuestras manos para realizar hoy tu tarea. Cristo, no tienes pies: tienes sólo nuestros pies para guiar a los hombres en su camino. Cristo, no tienes labios: tienes sólo nuestros labios para anunciar la buena nueva a los hombres de hoy.

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