Culpa y pecado
VER:
En una historieta de Mafalda, el personaje creado por el humorista argentino Quino, ésta se encuentra en la playa contemplando a la gente a su alrededor, y en la última viñeta dice: “Es curioso: cuando uno ve a la gente de vacaciones, parece como si nadie tuviera la culpa de nada”. Estamos acostumbrados a que, cuando se produce algún hecho que conlleva daños y perjuicios materiales o personales, se busca al “culpable”, es decir a la persona que por acción u omisión se le pueda imputar, de acuerdo con las leyes, la responsabilidad de lo sucedido; y por eso, si nosotros directamente no estamos o nos sentimos involucrados, no nos sentimos culpables, porque nos situamos sólo en el plano de la legalidad.
JUZGAR:
Por eso, si ya es difícil sentirnos culpables, mucho más lo es sentirnos “pecadores”. Porque “pecado” es la transgresión consciente de un precepto religioso, y en nuestra sociedad lo religioso se quiere relegar al ámbito de la intimidad personal, de lo privado, y no estaría afectado por la ley.
Sin embargo, nosotros no debemos movernos solamente en el marco de lo legal, pensando si somos o no culpables de algo, porque ser cristianos es algo que afecta a todas las dimensiones de nuestra vida, tanto a lo más íntimo de nuestra conciencia, como a nuestras relaciones personales, laborales… y por eso culpa y pecado no son dos conceptos aislados o separados.
En este sentido el Papa Francisco, en la convocatoria del Jubileo de la Misericordia (20), recuerda la relación existente entre justicia y misericordia. No son dos momentos contrastantes entre sí, sino un solo momento que se desarrolla progresivamente hasta alcanzar su ápice en la plenitud del amor. La justicia es un concepto fundamental para la sociedad civil (…) hace referencia a un orden jurídico a través del cual se aplica la ley. La misericordia no es contraria a la justicia sino que expresa el comportamiento de Dios (…) Si Dios se detuviera en la justicia dejaría de ser Dios, sería como todos los hombres que invocan respeto por la ley. La justicia por sí misma no basta (…) Dios va más allá de la justicia con la misericordia y el perdón.
Y así lo hemos comprobado en la Palabra de Dios de este domingo. En la 1ª lectura, el rey David había cometido un crimen (Mataste a espada a Urías el hitita y te quedaste con su mujer) del que legalmente había quedado impune, pero el profeta Natán le hace ver que ante Dios es culpable y pecador, porque ha despreciado la palabra del Señor, haciendo lo que a Él le parece mal. Pero ante el reconocimiento de David (He pecado contra el Señor), el profeta le dijo: El Señor perdona tu pecado.
Y en el Evangelio hemos contemplado a Jesús ante una mujer de la ciudad, una pecadora, legal y religiosamente hablando. Pero al ver la actitud de esta mujer, que no niega su culpa y pecado pero se pone con humildad ante Jesús, éste le responde: Tus pecados están perdonados.
Como indica el Papa (20), ante la visión de una justicia como mera observancia de la ley que juzga, Jesús se inclina a mostrar el gran de don de la misericordia que busca a los pecadores para ofrecerles el perdón y la salvación. (8) Lo que movía a Jesús en todas las circunstancias no era sino la misericordia, con la cual leía el corazón de los interlocutores, y por eso Jesús, sin negar la “culpabilidad legal” de la mujer, señala: sus muchos pecados están perdonados, porque tiene mucho amor.
Ante la culpa y el pecado, el perdón es la clave para superarlos, por eso Jesús añade: al que poco se le perdona, poco ama. Y el Papa Francisco nos dice (10): es triste constatar cómo la experiencia del perdón en nuestra cultura se desvanece cada vez más (…) Sin el testimonio del perdón, sin embargo, queda sólo una vida infecunda y estéril, como si se viviese en un desierto desolado.
ACTUAR:
¿Había pensado en la relación entre culpa y pecado? ¿Me cuesta reconocerme pecador? ¿Con qué periodicidad recibo el sacramento de la Reconciliación? ¿Qué experiencia tengo del perdón recibido de Dios? ¿Qué efectos tiene en mí su perdón? ¿Perdono, como he sido perdonado?
No tengamos miedo en reconocernos culpables y pecadores ante Dios. Es cierto que, si somos legalmente culpables, tendremos que asumir las consecuencias, porque la misericordia no hace superflua la justicia, como indica el Papa (20): Quien se equivoca deberá expiar la pena. Solo que este no es el fin, sino el inicio de la conversión, porque se experimenta la ternura del perdón. Dios no rechaza la justicia. Él la engloba y la supera en un evento superior donde se experimenta el amor que está a la base de una verdadera justicia. Como la mujer del Evangelio, desde la conciencia de nuestra culpa y pecado acerquémonos al Señor para recibir su perdón, pidiéndole como hemos repetido en el salmo: “Perdona, Señor, mi culpa y mi pecado”. Es la salida que Dios, por su amor, nos ofrece, porque como indica el Papa (10): El perdón es una fuerza que resucita a una vida nueva e infunde el valor para mirar el futuro con esperanza.