Parròquia Sant Vicent Màrtir de Benimàmet

Homilía 10 TO-C

Enterrar a los muertos

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En una reunión de Equipo de Vida surgió el tema del apuro que se pasa cuando se asiste a una Eucaristía de funeral, ya sea en un tanatorio o en una parroquia, y la gran mayoría de los asistentes no responde durante la celebración, ni se levantan cuando corresponde… Los creyentes pasan un mal rato, incluso cierta vergüenza, porque sienten que son los únicos (a veces uno o dos) que saben cómo responder, sólo se escucha su voz y sólo ellos se levantan o arrodillan. Yo les comentaba que quienes deberían sentir vergüenza son los otros, que no saben cómo actuar; y además, aunque lógicamente dé cierto apuro, actuar así, casi en solitario, es un testimonio de fe ante los demás.

JUZGAR:

Dentro del Jubileo de la Misericordia, estamos prestando especial atención a las obras de misericordia corporales y espirituales. Y una de las obras de misericordia corporales es “enterrar a los muertos”. Evidentemente, no se está refiriendo simplemente al hecho material de dar sepultura. Como indica Mons. Raúl Berzosa, obispo de Ciudad Rodrigo: Gracias a Dios, la sociedad dispone de funerarias. Más bien se trata de hacer posible un acompañamiento digno y cristiano en los duelos, es decir, una adecuada pastoral, que abra a la esperanza de la resurrección, dé genuino sentido a las oraciones y a los sufragios, y preste la necesaria atención a los familiares. Que no sea un acto meramente social o puntual, sino de verdadero acompañamiento y sincero sentimiento de dolor y empatía creyentes.

Y hoy la Palabra de Dios nos ha mostrado dos situaciones de muerte, muy similares. En la 1ª lectura cayó enfermo el hijo de la señora de la casa, que era viuda. La enfermedad era tan grave que se quedó sin respiración. Y en el Evangelio, cuando Jesús estaba cerca de la ciudad, resultó que sacaban a enterrar a un muerto, hijo único de su madre, que era viuda. Dos situaciones difíciles, en las que cualquiera de nosotros se sentiría superado por las circunstancias, sin saber humanamente qué hacer ni qué decir.

Mucha gente sólo llora en los funerales: porque no saben hacer otra cosa, porque no esperan nada más allá de esta vida, porque no creen en la resurrección de Cristo ni, por tanto, en nuestra propia resurrección. También son muchos los que ni siquiera entran en el templo o tanatorio.

Por eso nosotros debemos ir más allá del mero plano humano: debemos acompañar el duelo, por supuesto, pero como creyentes. Y también la Palabra de Dios nos muestra cómo: en la 1ª lectura Elías invocó al Señor. Lo primero que debemos hacer ante una situación de muerte, para acompañar desde la fe el duelo, es elevar con humildad nuestra oración a Dios, sobre todo cuando la muerte se presenta en circunstancias muy duras e incluso terribles.

Y en el Evangelio, Jesús, al ver a esa madre, le dio lástima y le dijo: “No llores”. La obra de misericordia se extiende también a los familiares del difunto. Aunque nos resulte difícil, debemos no sólo estar presentes, sino sentir lástima; no se trata de ser unas plañideras, pero sí sentirnos afectados como Jesús, y dirigir una sencilla palabra de cariño más allá del tópico “te acompaño en el sentimiento”.

La celebración de un funeral es la ocasión de llevar a la práctica la obra de misericordia de “enterrar a los muertos”. Si se trata de una ceremonia civil, nuestra actitud durante la misma servirá también como testimonio de fe, aunque explícitamente no haya ningún signo o palabra religiosa.

Y si se trata de una celebración cristiana, ahí todavía más puede ser una ocasión de no sólo manifestar nuestra fe en Cristo Resucitado, sino de cuestionamiento para quienes simplemente “están presentes” y, al vernos, quizá reflexionen acerca de su propia fe, o falta de ella. Nosotros debemos envolver a los difuntos en la oración esperanzada, en el amor, en la intercesión… y lo haremos simplemente participando activamente en la celebración, con nuestras respuestas, con nuestros gestos, con nuestro silencio… porque nos sabemos en presencia del Dios de la Vida.

ACTUAR:

Cuando he asistido a algún funeral, ¿he tenido esa experiencia de sentirme “solo”, casi “avergonzado”? ¿Supe comportarme como creyente, u opté por callarme? Cuando recibo la noticia de un fallecimiento, ¿lo primero que hago es orar a Dios por el difunto y su familia? Si lo estimo oportuno, ¿digo alguna palabra de fe a los familiares, o repito las frases tópicas? ¿Me ofrezco para leer las lecturas, las preces…? ¿Me acuerdo de la familia después del funeral, les llamo para interesarme por ellos?

Como dice la liturgia en el Prefacio I de Difuntos: La vida de los que en Ti creemos, Señor, no termina, se transforma. Que nuestra participación en los funerales, civiles o religiosos, no sea un acto meramente social, sólo para “enterrar a los muertos”, sino un verdadero acompañamiento y sincero sentimiento de dolor y cercanía, pero siempre como creyentes en la victoria de Cristo sobre la muerte.

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