Saborear, sin prisas
VER:
Dos personas estaban hablando sobre cocina. Una de ellas decía que le gusta cocinar, y que incluso en las comidas cotidianas procura cuidar no sólo que la comida esté buena, sino también la presentación, tanto lo que es una mesa sencilla pero bien puesta, como los mismos platos, utilizando diferentes recipientes para el ingrediente principal, para el acompañamiento… porque todo eso contribuía a disfrutar la comida. La otra persona le respondió que tenía razón, pero que ella “comía para alimentarse”; no se alimentaba de comida basura pero sí de platos muy simples y procurando terminar lo más pronto posible, por lo que reconoció que no solía saborear la comida.
JUZGAR:
Hoy estamos celebrando la solemnidad de Corpus Christi, el Cuerpo y la Sangre de Cristo. Como dice Benedicto XVI en Sacramentum caritatis: la Santísima Eucaristía es el don que Jesucristo hace de sí mismo, revelándonos el amor infinito de Dios por cada hombre (1). En este Sacramento el Señor se hace comida para el hombre hambriento de verdad y libertad (2).
Precisamente por esto, esta Comida no debe ser ingerida “sólo para alimentarse”. Demasiadas veces vamos con prisa a la Eucaristía, parece como si quisiéramos engullirla para terminar cuanto antes y seguir con nuestras cosas. Sin embargo, esta Comida debemos saborearla, sin prisas, percibiendo con detalle y deleite lo que estamos recibiendo.
En el Evangelio hemos escuchado que Jesús, ante la multitud hambrienta, no se pone rápidamente a bendecir los cinco panes y los dos peces para que la gente coma cuanto antes. Por el contrario, lo primero que hace es decir a sus discípulos: Decidles que se echen en grupos de unos cincuenta. Para saborear el alimento que va a darles, deben “hacer un alto” y reunirse en pequeños grupos, de modo que puedan centrarse y percibir lo que van a recibir, de lo contrario es imposible.
Una vez todos se echaron, Jesús, sin prisas, tomando los cinco panes y los dos peces, alzó la mirada al cielo, pronunció la bendición sobre ellos, los partió y se los dio a los discípulos para que se los sirvieran a la gente. La Eucaristía es un Alimento que no “se presenta” de cualquier manera: hay una preparación previa (lectores, moniciones, homilía…); se sigue una liturgia, un orden, hay un “acompañamiento” de otros “ingredientes”: la Palabra de Dios, oraciones, cantos… todo orientado para que quienes participamos en esta Comida podamos saborearla.
Y sobre todo, debemos saborearla porque como también dice Benedicto XVI: En la Eucaristía, Jesús no da «algo», sino a sí mismo; ofrece su cuerpo y derrama su sangre. Entrega así toda su vida. Jesús se manifiesta así como el Pan de vida (7). La solemnidad de hoy nos hace ser más conscientes de que en la Eucaristía estamos comiendo al mismo Cristo y, por tanto, debemos saborearle a Él, sin prisas, sin pensar sólo en “engullirle”, en cumplir y terminar cuanto antes”.
Así es como este Alimento producirá su efecto en nosotros, como nos indican los diferentes Prefacios de la Eucaristía: Su carne es alimento que nos fortalece; su sangre es bebida que nos purifica (I), para que una misma fe ilumine y un mismo amor congregue a todos los hombres que habitan un mismo mundo (II), para alimentarnos en nuestro viaje hacia la Pascua eterna (III).
Por tanto, se nos tiene que notar que hemos recibido este Alimento, que hemos saboreado al Señor, como también indica Benedicto XVI: imprime en nuestra vida un dinamismo nuevo, comprometiéndonos a ser testigos de su amor, y se manifiesta en el testimonio alegre y convencido ante el mundo de una vida cristiana coherente allí donde el Señor nos llama a anunciarlo (85).
ACTUAR:
¿Como “para alimentarme”, o suelo degustar los alimentos? ¿Con qué actitud voy a la Eucaristía: con prisa para terminar cuanto antes, o consciente de que voy a encontrarme y a recibir al mismo Cristo? ¿Sé “saborear” la Eucaristía, no sólo la Comunión en sí, sino la preparación previa, la liturgia, la Palabra de Dios, las oraciones y cantos? ¿Qué efecto produce en mí este Alimento?
Necesitamos saborear la Eucaristía para vivir de ella y ofrecer su vida. Como dice Benedicto XVI: la Eucaristía impulsa a todo el que cree en Él a hacerse «pan partido» para los demás y, por tanto, a trabajar por un mundo más justo y fraterno. Cristo sigue exhortando también hoy a sus discípulos a comprometerse en primera persona: «dadles vosotros de comer». En verdad, la vocación de cada uno de nosotros consiste en ser, junto con Jesús, pan partido para la vida del mundo (88).