Agente de pastoral
VER:
En el Encuentro “Evangelizar en Familia”, organizado por Acción Católica General en agosto de 2015, en el que participaron más trescientas personas entre laicos y presbíteros, uno de los ponentes preguntó al iniciar su exposición: “¿Cuántos de vosotros os dedicáis a la pastoral familiar?”. Levantaron la mano sólo dos o tres personas. El ponente preguntó entonces: “¿Y cuántos de vosotros tenéis padres, hijos, hermanos, sobrinos…?”. Todos levantaron la mano, a lo que el ponente replicó: “Pues todos os dedicáis a la pastoral familiar”.
JUZGAR:
Este cuarto Domingo de Pascua es conocido como el Domingo del Buen Pastor, título que Jesús se da a sí mismo según nos transmitió el evangelista san Juan, al que leemos en los tres ciclos litúrgicos. El domingo pasado, el Señor pedía a Pedro: Apacienta mis ovejas, y veíamos que por amor y sólo por amor a Aquél que tanto nos ama, debíamos responder afirmativamente a su invitación a seguirle y a apacentar sus ovejas, es decir, a colaborar en “dar pasto” espiritual, acompañar, enseñar a otros… teniendo siempre por modelo a Cristo, el Buen Pastor.
Ese “apacentar” es lo que llamamos “pastoral”, la actividad desarrollada por la Iglesia en diferentes áreas. Y así encontramos la pastoral familiar, de la salud, penitenciaria, social, obrera, de infancia y juventud, de los mayores… Pero caemos en el error de creer que esa pastoral sólo es desarrollada por los “pastores”, es decir, por los obispos, presbíteros, religiosos y religiosas, o como mucho por algunos laicos especialmente designados para ello, a quienes se les llama “agentes de pastoral”.
Pero como indicó el Papa Juan Pablo II en su exhortación apostólica “Christifideles laici” (2): La llamada no se dirige sólo a los Pastores, a los sacerdotes, a los religiosos y religiosas, sino que se extiende a todos: también los fieles laicos son llamados personalmente por el Señor, de quien reciben una misión en favor de la Iglesia y del mundo. Todos los que somos y formamos la Iglesia, por nuestro bautismo, podemos y debemos ejercer la tarea pastoral corresponsablemente, todos somos “agentes de pastoral” en nuestros ambientes.
Esa tarea pastoral fue asumida desde el principio por la Iglesia naciente, que llevó a cabo la evangelización siguiendo las mismas actitudes con las que Jesús evangelizó. Y, tal como le ocurrió a Jesús, esto les proporcionó experiencias alegres y gratificantes, pero también les llevó a padecer cárceles, persecuciones, destierros y hasta el martirio. En la 1ª lectura hemos escuchado cómo Pablo y Bernabé vivieron esa mezcla de experiencias: Muchos judíos y prosélitos practicantes se fueron con ellos; sin embargo, a los judíos les dio mucha envidia y respondían con insultos, mientras que los gentiles se alegraron mucho y alababan la Palabra del Señor. Pero los judíos incitaron a las señoras distinguidas y devotas y a los principales de la ciudad, provocaron una persecución contra Pablo y Bernabé y los expulsaron… Y finalmente los discípulos quedaron llenos de alegría y de Espíritu Santo.
Si queremos no sólo llamarnos, sino “ser” cristianos, debemos tener claro que seguir a Cristo conlleva ser “agente de pastoral”, “apacentar sus ovejas”, y esto acarrea tanto alegrías y momentos gratificantes, como también trabajo, sufrimientos, enfrentamientos e incluso martirio.
ACTUAR:
¿Conozco las diferentes áreas pastorales en las que la Iglesia desarrolla su misión evangelizadora? ¿Sabía que por ser cristiano soy “agente de pastoral”? Si pienso en mi ambiente habitual, ¿qué “áreas pastorales” descubro? ¿Qué compromiso pastoral estoy llevando a cabo en la Iglesia?
Como decíamos el domingo pasado, amor con amor se paga. Por eso, por amor y sólo por amor a Cristo, el Buen Pastor que tanto nos ama, respondamos afirmativamente a su invitación a seguirle, a apacentar sus ovejas. Pensemos dónde podemos ejercer como “agentes de pastoral” y asumamos un compromiso. Y cuando eso nos acarree sufrimientos, decepciones, incluso martirio, tengamos presente que nuestro Buen Pastor camina siempre delante de nosotros y nos dice: Yo les doy la vida eterna; no perecerán para siempre y nadie las arrebatará de mi mano.