Parròquia Sant Vicent Màrtir de Benimàmet

Homilía Vigilia Pascual-C

Mascletá

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Este año la fiesta de San José se celebró la víspera del Domingo de Ramos, comienzo de la Semana Santa. En Valencia, en honor a San José, tuvo lugar la fiesta de las Fallas, y uno de los actos típicos de esta fiesta es la “mascletá”, un espectáculo pirotécnico en el cual el protagonista es el sonido. Se compone básicamente de carcasas y grandes petardos llamados “masclets” (de donde toma su nombre el espectáculo). Aunque desde el día 1 de marzo se dispara cada día una mascletá, la más esperada es la del día de San José, el día grande de las fiestas. La mascletá tiene su ritmo, empieza poco a poco, casi tímidamente, combinando elementos unas veces terrestres, otras veces aéreos, pero progresivamente va aumentando la velocidad y la potencia sonora hasta llegar al gran terremoto final, consistente en una gran andanada de fuego aéreo y terrestre combinado que hace vibrar a todos los presentes, que quedan entusiasmados y comentan, incluso días después, lo buena que ha sido la mascletá.

JUZGAR:

Esta noche/hoy llegamos al final de la Semana Santa. Durante estos días hemos participado en diferentes celebraciones y actos litúrgicos, cada uno con un estilo peculiar, que han desembocado en la gran fiesta de hoy: la Vigilia Pascual y el Domingo de Resurrección.

Y como si de una mascletá se tratase, la Palabra de Dios en la Vigilia Pascual nos ha ido llevando poco a poco pero progresivamente hacia el gran anuncio que nos hace vibrar: Cristo ha resucitado. Aunque celebramos cada semana el domingo, hoy es “el Domingo”, la Fiesta por antonomasia.

Si repasamos las lecturas, se nos recuerda que todo comenzó lentamente, con la creación del cielo, la tierra y el ser humano (1ª lectura); continúa con la alianza de Dios con Abrahán (2ª lectura), y en él con todos sus descendientes; un momento importante es la liberación del pueblo de Israel de la esclavitud egipcia (3ª lectura); y en toda esta historia, Dios manifiesta que con misericordia eterna ama a su pueblo (4ª lectura); más aún, a pesar de nuestras infidelidades, está dispuesto a sellar con nosotros una alianza perpetua (5ª lectura), mostrándose como la verdadera luz en nuestro caminar (6ª lectura), y a prometernos que Él mismo nos dará un corazón nuevo y un espíritu nuevo (7ª lectura) para que andemos en una vida nueva (epístola).

Toda esta combinación de diferentes hechos, palabras, personas… que configuran la historia de la salvación alcanza su punto culminante en el anuncio que hemos escuchado en el Evangelio: ¿Por qué buscáis entre los muertos al que vive? No está aquí. Ha resucitado. Éste es el gran “terremoto final” que conmueve y hace vibrar a los discípulos, que van pasando de la incredulidad (Tomás, los discípulos de Emaús…) a tener que rendirse a la evidencia: Era verdad, ha resucitado el Señor (Lc 24, 34).

Y es tal su entusiasmo que no pueden dejar de anunciarlo, como hemos escuchado en la 1ª lectura del Domingo de Resurrección: Nosotros somos testigos… Dios lo resucitó al tercer día y nos lo hizo ver. Los discípulos no eran personas crédulas ni fantasiosas, no esperaban la resurrección, permanecían encerrados por miedo a los judíos. Si ahora anuncian a Cristo resucitado con una valentía de la que antes carecían, esto sólo se explica porque verdaderamente se han encontrado con Él.

ACTUAR:

La fiesta de hoy es la gran explosión de la luz y la esperanza: todo lo anterior nos ha ido trayendo progresivamente hasta este momento, para participar del gran anuncio: Cristo ha resucitado.

Como a los primeros discípulos, este anuncio nos debe hacer vibrar, nos debe conmover, ha de suponer un verdadero terremoto para nuestra vida, en el mejor sentido de la expresión.

Hoy es “el Domingo”, el día más grande, el más esperado, porque da sentido al resto del año. La fe en la resurrección de Cristo cambia por completo nuestra manera de entendernos y de entender nuestro mundo, iluminando el drama de la vida y el misterio de la muerte. Creer en Jesús Resucitado es creer que Dios ha pronunciado su palabra de vida para siempre. Creer en Jesús Resucitado es creer en la vida eterna, y, por eso, como los primeros discípulos, no podemos menos que manifestar con nuestro testimonio de vida la gran esperanza: el Señor ha resucitado.

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