¿Qué quiero ser?
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Durante la adolescencia es muy común que nos pregunten: “¿Qué quieres ser de mayor?” Porque según la opción que elijas deberás orientarte en un sentido u otro. Y esta pregunta no se hace sólo en ese tiempo de la vida: también en la edad adulta se repite en varios momentos. No podemos limitarnos a atender las tareas y problemas que a diario nos van surgiendo, porque las personas estamos llamadas a seguir construyendo nuestra existencia, seguir avanzando y creciendo. Para ello, necesitamos clarificar el objetivo que queremos alcanzar y los medios que vamos a utilizar para ello; y también prever las consecuencias, en uno u otro sentido, de nuestras decisiones.
JUZGAR:
La Cuaresma es un tiempo durante el cual también podemos detenernos a reflexionar acerca del rumbo de nuestra vida y a evaluar el objetivo hacia el que nos dirigimos en esta etapa de nuestra vida y los medios que estamos utilizando. Y en este cuarto domingo de Cuaresma la Palabra de Dios nos ha ofrecido la parábola que conocemos como “el hijo pródigo”, en la que cada personaje tiene un objetivo en su vida y utiliza unos medios para alcanzarlo, con diferentes consecuencias.
El objetivo del hijo menor es pasarlo bien y darse buena vida. El medio es el enriquecimiento rápido y sin esfuerzo y sin pensar en los otros (Padre dame la parte que me toca de la fortuna). Las consecuencias son que derrochó su fortuna viviendo perdidamente… y empezó él a pasar necesidad.
El objetivo del hijo mayor es tener poder y privilegios que cree que le corresponden por ser el primogénito. El medio que utiliza es el trabajo duro (sin desobedecer nunca una orden), aparentar ser bueno y cumplidor, pero para obtener un beneficio egoísta (un cabrito para tener un banquete con mis amigos). Las consecuencias son que se deshumaniza hasta el punto de no reconocer al hermano (ha venido ese hijo tuyo) y de tener con su padre una actitud de orgullo y altanería (se indignó y se negaba a entrar); y ceguera porque por su ambición no se da cuenta de que lo que deseaba ya lo tenía (tú estás siempre conmigo y todo lo mío es tuyo).
El objetivo del padre es que sus hijos sean felices y descubran cuánto les ama. El medio que utiliza es el respeto y la comprensión hacia sus decisiones, aunque le duelan, y también el perdón y la misericordia tanto hacia el pródigo como hacia el aparentemente cumplidor. (Cuando aún estaba lejos, su padre lo vio y, conmovido, fue corriendo, se echó al cuello de su hijo y lo cubrió de besos. [El hijo mayor] se enfadó y no quiso entrar. Su padre salió y se puso a convencerlo). Y las consecuencias son que el hijo menor, y podemos pensar que también el hijo mayor, descubren la grandeza de su padre y cuánto les ama, y renuncian a sus objetivos egoístas y dan una nueva orientación a su vida.
Jesús nos ha revelado que también nosotros tenemos un Padre misericordioso que nos ama infinitamente y que desea que seamos felices; un Padre que respeta nuestras decisiones. Ahora contrastémonos con los dos hijos de la parábola: ¿Con cuál de ellos nos identificamos más, o la mayor parte del tiempo?
Si contemplamos al hijo menor, ¿vivo de forma despreocupada e inconsciente, pienso sólo en mi disfrute, voy a la mía sin pensar en los demás?
Si contemplamos al hijo mayor, ¿soy ambicioso, quiero poder salirme con la mía aun a costa de pasar por encima de los demás, incluso familiares y amigos?
Y si contemplamos al padre, ¿qué sentimientos se despiertan en nosotros? Si prestamos atención a lo que dice (este hijo mío estaba muerto y ha revivido, estaba perdido y lo hemos encontrado. Tú estás siempre conmigo, y todo lo mío es tuyo. Deberías alegrarte…), ¿cuál de estas palabras resuena de un modo especial en nuestro corazón? ¿Por qué?
ACTUAR:
La Cuaresma es tiempo de conversión, y esta parábola es una clara llamada a ello. Partiendo de ella preguntémonos: ¿Qué quiero ser el resto de mi vida? ¿Tengo ahora un objetivo, o me he quedado estancado? Si lo tengo, ¿cuál es ese objetivo, y qué medios estoy utilizando para alcanzarlo? Si no lo tengo, ¿hacia dónde quiero crecer, y qué medios voy a utilizar para que me ayuden?
Ojalá, como los dos hermanos de la parábola, nos demos cuenta de cuánto nos ama Dios Padre, y sepamos renunciar a lo que haga falta para dar una nueva orientación a nuestra vida y así vivir ya desde ahora sabiéndonos y sintiéndonos de verdad sus hijos amados.