Para dar fruto
VER:
Cerca de mi domicilio, en un pequeño tramo de acera, hay una tienda de flores y plantas ornamentales, y prácticamente al lado, una frutería y verdulería. Cada una de ellas responde a una necesidad humana: la frutería y verdulería responde a la necesidad de alimentarse; y la floristería responde a la necesidad de belleza que, como vimos el domingo pasado, es uno de los caminos (via pulchritudinis) que tenemos para acceder a Dios. Ambas son necesarias: si sólo hubiera fruterías y verdulerías, nos veríamos privados de la belleza que nos ofrecen las flores y plantas ornamentales; pero si sólo hubiera flores y plantas ornamentales, no podríamos alimentarnos. Pero siendo necesarias las dos, lo prioritario es poder alimentarse. Y no debemos olvidar que hay árboles y plantas alimentarias que ofrecen también una gran belleza.
JUZGAR:
El Evangelio de este tercer domingo de Cuaresma nos ha ofrecido la parábola de la higuera estéril: Uno tenía una higuera plantada en su viña. La higuera es un árbol frutal, no una planta ornamental. A nadie se le ocurriría plantar una higuera simplemente como adorno. Es un árbol bastante grande, de olor penetrante, da buena sombra… pero su razón de ser es dar brevas e higos, y se espera de ella que dé fruto. Si sólo buscáramos el aspecto y la sombra, podríamos plantar otro tipo de árbol. Por eso, cuando el dueño de la viña fue a buscar fruto en ella y no lo encontró, no es de extrañar su reacción: Córtala. ¿Para qué va a ocupar terreno en balde? Si no se obtiene de ella lo que se espera, no hay razón para seguir manteniéndola.
Esta parábola supone para nosotros una fuerte llamada. Porque nosotros, individualmente y como Iglesia, no somos “plantas ornamentales”. Tenemos una misión, como recordó el Papa Pablo VI en su exhortación apostólica Evangelii nuntiandi (14): «Evangelizar constituye la dicha y vocación propia de la Iglesia, su identidad más profunda. Ella existe para evangelizar». Toda la Iglesia es, pues, evangelizadora; todos los que la formamos somos evangelizadores. Nuestra razón de ser es evangelizar. Y se espera de nosotros que demos fruto, porque así nos lo indicó el mismo Jesús: os he elegido y os he destinado par que vayáis y deis fruto, y vuestro fruto permanezca (Jn 15, 16)
Esta Palabra de Dios, dentro del tiempo de Cuaresma, nos debe cuestionar para preguntarnos si, individualmente y como Iglesia, estamos realizando nuestra razón de ser, lo que se espera de nosotros, que es evangelizar. Evangelizar es mostrar a Cristo, anunciarlo como Salvador y revelador del amor del Padre. Debemos revisar y revisarnos para ver si nuestras acciones pastorales, celebraciones, compromisos personales… están en función de la misión evangelizadora, si muestran a Jesucristo y por tanto en condiciones de dar algún fruto que “alimente” a la gente.
O bien nos hemos convertido en “plantas ornamentales”, que ofrecemos actividades variadas agradables a la gente, que “llenan” espacios y tiempos, que “embellecemos” algunas fiestas y celebraciones de tipo social, popular, familiar… pero que en realidad no muestran con claridad a Jesucristo, no sirven para evangelizar, y por eso no estamos dando fruto, no “alimentamos”.
Si no somos fieles a nuestro ser y misión, que es la evangelización, no es de extrañar que muchos no sientan interés por la Iglesia, y cuestionen nuestra existencia, porque sienten que estamos “ocupando terreno en balde”, y no hay razón para seguir manteniéndola presente en la sociedad.
ACTUAR:
¿Ser cristiano, ser Iglesia, es para mí algo “ornamental” o “me alimenta”? ¿Qué hago para cumplir la misión evangelizadora? ¿Anuncio con claridad a Jesucristo? ¿Estoy en condiciones de dar fruto?
Nuestra razón de ser es la evangelización, y el Señor nos ha destinado a dar fruto. El viñador respondió al dueño del terreno: Yo cavaré alrededor y le echaré estiércol, a ver si da fruto. Ojalá el tiempo de Cuaresma nos ayude a “cavar” para extraer lo que estorba nuestra misión, y a echar el “abono” necesario para ser buenos evangelizadores, ser buenas plantas alimentarias que ofrecen el mejor fruto: la belleza del amor salvífico de Dios manifestado en Jesucristo muerto y resucitado (EG 36).