¡Qué pronto empieza!
VER:
Tras la Navidad, en reuniones tanto parroquiales como diocesanas, a menudo se hacía un comentario: ¡Qué pronto empieza la Cuaresma este año! Apenas hemos podido celebrar unas semanas del Tiempo Ordinario, cuando ya nos vemos abocados a otra etapa en nuestro caminar cristiano. Porque la Cuaresma es un tiempo litúrgico “fuerte”, caracterizado por la conversión y la penitencia, y seguramente en este momento de nuestra historia personal, y de la historia general, nos vendrá bien que la Cuaresma empiece tan pronto, para poder vivir con mayor plenitud el verdadero “tiempo fuerte” para un cristiano, que es el tiempo de Pascua.
JUZGAR:
Y en el Miércoles de Ceniza, que marca el comienzo de la Cuaresma, hemos vuelto a escuchar, como todos los años, la invitación a la conversión y a la penitencia que Dios nos hace a través de su Palabra: Convertíos a mí de todo corazón… rasgad los corazones y no las vestiduras (1ª lectura); En nombre de Cristo os pedimos que os reconciliéis con Dios (2ª lectura); y en el Evangelio de nuevo hemos escuchado esos tres pilares sobre los que apoyar la Cuaresma: limosna, oración y ayuno.
Podría sonarnos a lo de todos los años, pero esta Cuaresma tiene un tono peculiar, puesto que vamos a vivirla inmersos en el Jubileo Extraordinario de la Misericordia. El Papa Francisco, al convocar este Jubileo, pedía que la Cuaresma de este Año Jubilar sea vivida con mayor intensidad, como momento fuerte para celebrar y experimentar la misericordia de Dios (17). Así pues, para vivir con mayor intensidad esta Cuaresma, necesitamos fijarnos también en la misericordia de Dios, que también hemos escuchado en las lecturas propias de hoy: convertíos al Señor, Dios vuestro, porque es compasivo y misericordioso (1ª lectura); Misericordia, Señor: hemos pecado (Salmo responsorial); ahora es tiempo favorable, ahora es día de salvación (2ª lectura).
De ahí la llamada que el Papa hace en su Mensaje para la Cuaresma de este año, que lleva por título “Misericordia quiero y no sacrificio”: La misericordia de Dios es un anuncio al mundo: pero cada cristiano está llamado a experimentar en primera persona ese anuncio. El misterio de la misericordia divina se revela a lo largo de la historia de la alianza entre Dios y su pueblo Israel. Dios se muestra siempre rico en misericordia, dispuesto a derramar en su pueblo, en cada circunstancia, una ternura y una compasión visceral, especialmente en los momentos más dramáticos. Aquí estamos frente a un auténtico drama de amor, en el cual Dios desempeña el papel de padre y de marido traicionado, mientras que Israel el de hijo/hija y el de esposa infiel.
Este drama de amor alcanza su culmen en el Hijo hecho hombre. En Él Dios derrama su ilimitada misericordia hasta tal punto que hace de Él la «Misericordia encarnada». En Jesús crucificado, Dios quiere alcanzar al pecador incluso en su lejanía más extrema, justamente allí donde se perdió y se alejó de Él. Y esto lo hace con la esperanza de poder así, finalmente, enternecer el corazón endurecido. Por eso, manteniendo el carácter de conversión y penitencia propio de este tiempo, debemos tener presente que la misericordia siempre será más grande que cualquier pecado y nadie podrá poner un límite al amor de Dios que perdona (3).
ACTUAR:
Puesto que este año la Cuaresma ha empezado pronto, aprovechemos esta circunstancia, como nos pide el Papa: No perdamos este tiempo de Cuaresma favorable para la conversión, porque la misericordia de Dios transforma el corazón del hombre haciéndole experimentar un amor fiel, y lo hace a su vez capaz de misericordia, impulsándonos a amar al prójimo y animándonos a vivir las obras de misericordia corporales y espirituales. Mediante las corporales tocamos la carne de Cristo en los hermanos que necesitan ser nutridos, vestidos, alojados, visitados, mientras que las espirituales tocan más directamente nuestra condición de pecadores: aconsejar, enseñar, perdonar, amonestar, rezar. Por tanto, nunca hay que separar las obras corporales de las espirituales. Ellas nos recuerdan que nuestra fe se traduce en gestos concretos y cotidianos, destinados a ayudar a nuestro prójimo en el cuerpo y en el espíritu.
Vivamos la Cuaresma con intensidad: Como pedía san Pablo, no echemos en saco roto la gracia de Dios, porque la Cuaresma de este Año Jubilar es para todos un tiempo favorable para salir por fin de nuestra alienación existencial gracias a la escucha de la Palabra y a las obras de misericordia.