Un aíre de familia
VER:
Solemos utilizar la expresión “tienen un aire de familia” para indicar que, aun siendo diferentes entre sí, hay unos rasgos comunes a los miembros de una familia que ayudan a identificarles como miembros de esa esa familia. Pero también utilizamos esa expresión referida a miembros de algunos grupos (laborales, deportivos, lúdicos, religiosos, etc.) que no están unidos por lazos de sangre o parentesco, pero que no sólo comparten sino viven de tal modo unos valores y actitudes que les hacen estar fuertemente unidos; y esa vivencia les da “un aire de familia”, un estilo peculiar que se nota y les diferencia de otros grupos dentro de un mismo colectivo, que no los viven igual.
JUZGAR:
Desde hace tiempo se viene hablando (y discutiendo) acerca de la familia. En muchas ocasiones se habla de “familia tradicional” como contrapuesta a “nuevos modelos de familia”. Y dentro del tiempo de Navidad, hoy estamos celebrando la fiesta de la Sagrada Familia. En esta fiesta lo primero que debemos tener claro es que nosotros no hablamos ni de “familia tradicional” ni de “otros modelos de familia”, sino de la “familia cristiana”, para profundizar en lo que es propio de ella, para descubrir lo que le da ese “aire de Familia” que la distingue de otras realidades familiares. Y la Palabra de Dios en este domingo nos da varias pistas para ello.
En la 1ª lectura hemos escuchado que Ana concibió, dio a luz un hijo le puso de nombre Samuel, diciendo: “¡Al Señor se lo pedí!”. El nombre “Samuel” significa “Su nombre es Dios”, pero además, aquí se asocia a un verbo hebreo que significa “pedir” y que tiene un sonido parecido. Por tanto, una característica propia de la familia cristiana es reconocer que todo lo que forma parte de ella, incluso la descendencia, es un don de Dios, y todo se pone en sus manos con confianza.
En la 2ª lectura encontramos otro rasgo distintivo de la familia cristiana. Además de reconocer que todo lo que forma parte de la familia cristiana es don de Dios, está la conciencia de ser “familia de Dios”, la conciencia de ser hijos de un mismo Padre: Mirad qué amor nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios, pues ¡lo somos! Todos los miembros de la familia cristiana, además de estar unidos entre sí por lazos de sangre y parentesco, se saben y sienten unidos por un parentesco mayor, el de ser verdaderos hijos de Dios y, por ello, se saben Iglesia, la gran Familia de Dios.
Y por saberse y sentirse hijos de Dios, surge otro rasgo distintivo: que nos amemos unos a otros, tal como nos lo mandó. La familia cristiana tiene presente en su día a día la voluntad de Dios, que se concreta en amarse unos a otros al estilo y con las características del amor de Dios.
Y esto es así porque, como hemos escuchado en el Evangelio, la relación con Dios forma parte de la vida de la familia cristiana: Los padres de Jesús solían ir cada año a Jerusalén por las fiestas de Pascua. Cuando Jesús cumplió doce años, subieron a la fiesta según la costumbre. Para la familia cristiana la celebración y vivencia de la fe no es algo impuesto, sino necesario que forma parte fundamental de la vida cotidiana y habitual de todos sus miembros.
Esto les da un mayor criterio y madurez ante los problemas que lógicamente afectan a la familia cristiana como a cualquier otra familia. El niño Jesús no se “escapa” por hacer una jugarreta de adolescente, sino “para estar en las cosas de su Padre”. Y María y José, ante esta escapada, no reaccionan de manera impulsiva sino cuestionando (¿Por qué nos has tratado así? Mira que tu padre y yo te buscábamos angustiados) y conservando todo esto en su corazón, para ponerlo en manos de Dios.
ACTUAR:
¿Qué rasgos distintivos de la familia cristiana descubro en mi propia familia? ¿Cuáles debería reforzar más para que tenga ese “aire de familia”? ¿Qué posibilidades y dificultades veo para ello?
Jesús iba creciendo en sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y los hombres, y la familia cristiana debe crecer también en sus características propias. Pero como decíamos al principio, el “aire de familia” no se aplica sólo a quienes están unidos por lazos de sangre y parentesco. Como Iglesia, somos la gran familia de los hijos de Dios y también debemos dar a nuestras comunidades parroquiales, asociaciones y Movimientos ese “aire de familia” que nos distingue de otros grupos humanos para dar un testimonio creíble de la presencia de Dios entre nosotros.