Madre de Misericordia
VER:
Hay algunas fiestas religiosas que, al celebrarse todos los años, llegamos a “acostumbrarnos” a ellas, y las vivimos más o menos conscientemente de forma rutinaria, como “lo de todos los años”, y no esperamos que nos aporten nada nuevo. Y con la fiesta que hoy celebramos, la Inmaculada Concepción de la Virgen María, puede ocurrirnos esto.
JUZGAR:
Sin embargo, aunque siempre debemos procurar vivir nuestra fe desde la novedad, como si fuera la primera vez que la celebramos, este año la celebración de esta solemnidad reviste un carácter especial, porque el Papa Francisco, al convocar el Jubileo Extraordinario de la Misericordia mediante la bula Misericordiae vultus, señaló (3): El Año Santo se abrirá el 8 de diciembre de 2015, solemnidad de la Inmaculada Concepción. Esta fiesta litúrgica indica el modo de obrar de Dios desde los albores de nuestra historia.
Y explica la razón de iniciar hoy el Año Santo de la Misericordia comentando la Palabra de Dios que acabamos de escuchar. Primero se refiere tanto el relato de la 1ª lectura, como el fragmento de la carta a los Efesios en la 2ª lectura: Después del pecado de Adán y Eva, Dios no quiso dejar la humanidad en soledad y a merced del mal. Por esto pensó y quiso a María santa e inmaculada en el amor (cfr Ef 1, 4), para que fuese la Madre del Redentor del hombre. Ante la gravedad del pecado, Dios responde con la plenitud del perdón. La misericordia siempre será más grande que cualquier pecado y nadie podrá poner un límite al amor de Dios que perdona.
Un amor sin límites que se manifiesta en Jesús, como el Papa destaca al comienzo de la bula (1): Jesucristo es el rostro de la misericordia del Padre. En la «plenitud del tiempo» (Gal 4, 4), cuando todo estaba dispuesto según su plan de salvación, Él envió a su Hijo nacido de la Virgen María para revelarnos de manera definitiva su amor. En el Evangelio hemos escuchado la Anunciación del Ángel a María, y el Papa continúa señalando (24): El pensamiento se dirige ahora a la Madre de la Misericordia. Ninguno como María ha conocido la profundidad el misterio de Dios hecho hombre. Todo en su vida fue plasmado por la presencia de la misericordia hecha carne. La Madre del Crucificado Resucitado entró en el santuario de la misericordia divina porque participó íntimamente en el misterio de su amor. Elegida para ser la Madre del Hijo de Dios, María estuvo preparada desde siempre para ser Arca de la Alianza entre Dios y los hombres. Custodió en su corazón la divina misericordia en perfecta sintonía con su Hijo Jesús.
Ésta es la novedad que la fiesta de hoy nos invita a celebrar: que María fue preservada de toda mancha de pecado original para que fuese digna madre del Hijo de Dios, y por eso es llamada Madre de la Misericordia, porque Jesús es la encarnación de la misericordia del Padre.
Pero María es también modelo para nosotros, que estamos llamados a encarnar en nuestra vida a Cristo, como ella hizo. Como decía San Pablo en la 2ª lectura: A esto estábamos destinados… Y el Papa pide al respecto (12): En nuestro tiempo, en el que la Iglesia está comprometida en la nueva evangelización, el tema de la misericordia exige ser propuesto una vez más con nuevo entusiasmo y con una renovada acción pastoral. Es determinante para la Iglesia y para la credibilidad de su anuncio que ella viva y testimonie en primera persona la misericordia. Por tanto, donde la Iglesia esté presente, allí debe ser evidente la misericordia del Padre. En nuestras parroquias, en las comunidades, en las asociaciones y movimientos, en fin, dondequiera que haya cristianos, cualquiera debería poder encontrar un oasis de misericordia. Y “la Iglesia” somos nosotros.
ACTUAR:
¿Qué significa para mí celebrar la Inmaculada Concepción de la Virgen María? ¿Y comenzar el Año Santo de la Misericordia? ¿Me siento llamado a encarnar y hacer vida esa misericordia, como María?
Que la fiesta de hoy no nos suene a “lo de todos los años”. Siendo una fiesta de la Virgen María, siempre nos va a aportar algo nuevo, pero este año con mayor motivo. Como indica el Papa, hoy se inicia un Año Santo extraordinario, entonces, para vivir en la vida de cada día la misericordia que desde siempre el Padre dispensa hacia nosotros. En este Jubileo dejémonos sorprender por Dios. Él nunca se cansa de destrabar la puerta de su corazón para repetir que nos ama y quiere compartir con nosotros su vida. Que María Inmaculada, la Madre de la Misericordia, nos ayude a vivirlo así.