Parròquia Sant Vicent Màrtir de Benimàmet

Homilía II de Adviento – C

Un antes y un después en nuestra vida

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Cuando empecé a preparar esta homilía, acababan de producirse los atentados del 13 de noviembre en Beirut y París. Todo el mundo estaba conmocionado por cómo se habían producido y por el balance de víctimas. Existía el temor de que pudieran producirse nuevos atentados, por lo que se recomendó a la población que permaneciese en sus casas. Dos días después fue cuando la gente empezó a salir; como decían, se trataba de intentar recuperar el ritmo de vida habitual, aunque era indudable que, como también se reconocía, esos atentados habían marcado un antes y un después en sus vidas.

JUZGAR:

La mayoría de los adultos hemos vivido, o estamos viviendo, situaciones que también han marcado o marcan un antes y un después, y si nos detenemos a pensar, muchas de esas situaciones han sido o son negativas. Seguramente también, durante un tiempo, esas situaciones nos han dejado postrados, nos han hecho sentir abatidos, y nos ha costado y cuesta recuperar el ritmo normal.

Por eso hoy cobra especial relevancia la Palabra que Dios nos ha dirigido en la 1ª lectura: Jerusalén, despójate de tu vestido de luto y aflicción… Ponte en pie, Jerusalén… porque Dios se acuerda de ti.

Es lógico y comprensible que ciertos acontecimientos y situaciones supongan un verdadero mazazo para nosotros, y nos dejen paralizados durante un tiempo, pero Dios sigue estando ahí, aunque a nosotros no nos lo parezca. Aunque nosotros le olvidemos, Él sí se acuerda de nosotros.

Y es cierto que esos acontecimientos y situaciones suponen un antes y un después en nuestra vida, pero de esa fragmentación que se ha producido en nuestra vida podemos extraer algo positivo, un nuevo impulso para seguir adelante. Por eso, Dios nos sigue insistiendo: Ponte en pie. Dios nos sigue llamando y enviando como discípulos y apóstoles, para que ofrezcamos su Palabra a tantos que se encuentran postrados y abatidos.

Así le ocurrió a Juan Bautista, como hemos escuchado en el Evangelio: en un momento concreto de la historia, perfectamente constatado, vino la Palabra de Dios sobre Juan, hijo de Zacarías, en el desierto. En un momento concreto de la historia general o personal, hoy mismo, también viene la Palabra de Dios sobre nosotros, en este desierto que a menudo parece que es nuestro mundo.

Esa Palabra supuso para Juan un antes y un después: Y recorrió toda la comarca del Jordán predicando un bautismo de conversión. La Palabra que Dios nos dirige, hoy y cada día, y precisamente en las circunstancias más dolorosas, también puede suponer para nosotros un antes y un después, porque es una llamada a la conversión, a transformar lo que ahora tenemos y vivimos en algo distinto.

Y esa conversión debe comenzar por nosotros mismos, por cada uno. Convertirse, para un cristiano, es un proceso que nunca termina, porque supone un cambio progresivo de nuestros pensamientos y criterios, de nuestros sentimientos y vivencias, de nuestros comportamientos y costumbres, de nuestro modo de pensar, de sentir, de actuar y de vivir, acercándolos a los de Cristo. Y esto no sólo en lo referente a lo individual e interior, sino también en nuestro modo de estar en la familia, trabajo, mundo sociopolítico… Y podemos convertirnos, porque como nos ha recordado san Pablo en la 2ª lectura: Ésta es nuestra confianza: que el que ha inaugurado entre vosotros una empresa buena, la llevará adelante. Cristo mismo nos ayuda en la conversión que Él ha inaugurado.

ACTUAR:

¿Qué acontecimientos y situaciones negativas han supuesto un antes y un después en mi vida? ¿Me costó volver a ponerme en pie, recuperar el ritmo de mi vida? ¿Qué papel jugó la Palabra de Dios en ese proceso? ¿Encontré algo positivo en esas situaciones, me ayudaron a crecer y a madurar? ¿En qué dimensiones de mi vida necesito reforzar mi proceso de conversión?

En la oración colecta hemos pedido: cuando salimos animosos al encuentro de tu Hijo, no permitas que lo impidan los afanes de este mundo. Que los acontecimientos de la historia general o personal no nos impidan seguir escuchando la Palabra de Dios. Ojalá que este Adviento, en este momento histórico concreto, suponga realmente un antes y un después en nuestra vida, un impulso a nuestra conversión, porque lo que la Iglesia y el mundo necesitan son cristianos convertidos, convencidos, maduros y transformados por la fe y, por ello, profundamente esperanzados.

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