Parròquia Sant Vicent Màrtir de Benimàmet

Homilía Jesucristo Rey del Universo – B

Y su Reino no tenderá fin

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Como decíamos el domingo pasado, no estamos en una época de cambio, sino en un cambio de época. Y esto afecta a todas las dimensiones de nuestra vida: a la social, a la familiar, a la económico-laboral, a la política, y por supuesto, también a la religiosa. Los cambios se suceden de manera vertiginosa, parece que todos los esquemas que sustentaban nuestra vida se derrumban, instituciones sociales y políticas que creíamos inamovibles se cuestionan y tambalean, todo parece precario… provocando en nosotros una sensación de desconcierto, de zozobra, de inseguridad. Y anhelamos poder encontrar una estabilidad, algo que no tenga ese tinte de precariedad, de incertidumbre, algo que perdure para poder sentirnos seguros.

JUZGAR:

En este último domingo del año litúrgico, celebramos la Solemnidad de Jesucristo, Rey del Universo. Cuando sentimos que los esquemas e instituciones que sustentan nuestra vida se tambalean, hoy Jesús nos recuerda, como dijo a Pilato: soy rey. Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo. Y Como hemos escuchado en la 2ª lectura: Aquél que nos amó, nos ha librado de nuestros pecados por su sangre, nos ha convertido en un reino. Cristo es nuestro rey y somos ciudadanos de su reino. El Catecismo de la Iglesia Católica Esta es nuestra fe, esta es la fe de la Iglesia nos lo indica: Jesús, por su exaltación, es Señor de vivos y muertos. A Él, como a «Rey de reyes y Señor de señores» le está sometido todo. El mundo nuevo y la humanidad nueva han empezado de una vez para siempre con la resurrección y exaltación de Jesús.

Y además, como hemos escuchado en la 1ª lectura, y afirmamos en el Credo: Su reino no tendrá fin. En medio de todas las vicisitudes e incertidumbres que demasiadas veces llenan nuestra vida, hoy nos reafirmamos en que sí que hay algo seguro, algo que permanecerá: el Reino de Dios, un Reino que, como Jesús ha dicho en el Evangelio: no es de este mundo.

¿En qué consistirá ese Reino que no tendrá fin? Nos dice el Catecismo: El Nuevo Testamento llama vida eterna al vivir, siempre y plenamente, en la intimidad y cercanía de Dios. Incluye la participación en la felicidad propia de Dios y también el disfrute, con todos los bienaventurados, de la paz y alegría sin fin que procura la visión de Dios. La vida eterna es la culminación de nuestra actual vida de gracia en Jesucristo y en el Espíritu Santo, que empieza ya aquí en la tierra como una semilla.

Precisamente porque nuestra realidad es la que hemos descrito antes, necesitamos interiorizar que Cristo es nuestro Rey, con todo lo que eso significa, para mantener la esperanza y sabernos seguros en medio de este cambio de época, porque como también nos advierte el Catecismo: Sin embargo, el Reinado de Dios y de Cristo todavía es atacado por los poderes del mal. Nada ni nadie puede detener el señorío de Jesucristo aunque éste no brille todavía del todo entre las luchas y congojas de este mundo. La Iglesia quiere que vivamos vigilantes, a la espera del Señor que, ciertamente, ha de venir y quiere que nos decidamos a vivir desde Él y para Él.

Por eso, aunque es cierto que deseamos ardientemente estar siempre con Él. Sin embargo, la espera del Reino futuro no tiene porqué amortiguar nuestra dedicación a perfeccionar el mundo en que vivimos. Todo lo contrario, debe avivarla porque cuando el Señor Resucitado lleve a plenitud el Reino de Dios, encontraremos que ninguno de nuestros esfuerzos por promover la dignidad, fraternidad y libertad humanas habrán sido inútiles. Jesucristo, Rey del Universo, sostiene esa esperanza.

ACTUAR:

¿Me siento desconcertado y como a la deriva debido a las circunstancias sociales, políticas…? ¿Anhelo seguridad y estabilidad? ¿Qué me aporta que Jesucristo sea Rey del Universo? ¿Qué repercusiones tiene en mi vida? ¿Me anima a impulsar mi compromiso evangelizador?

Contemplemos a Jesucristo, Rey del Universo, para mantener nuestra esperanza en medio de las vicisitudes del mundo hasta que lleguemos a su Reino, que no tendrá fin. Como indica el Catecismo: Nuestra esperanza no se funda en el progreso de las ciencias y los conocimientos del hombre, que puede ser muy positivo. La esperanza cristiana sobrepasa cualquier posibilidad humana y, mientras vivimos, sufre el combate de tentaciones y pruebas continuas. Nuestra esperanza sólo descansa en Dios, quien, por Jesucristo, en el Espíritu Santo, nos ha manifestado y comunicado definitivamente su amor, ha cumplido sus promesas y nos ha salvado.

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