¿Qué quieres que haga por ti?
VER:
El responsable de una asociación laical fue a entrevistarse con su obispo diocesano, que hacía poco tiempo había llegado a la diócesis. El responsable había preparado minuciosamente un informe para dar al obispo todos los datos que éste le pidiese, había pensado en lo que probablemente le preguntaría y tenía preparada la respuesta… Y cuando comenzó la entrevista, la primera pregunta que el obispo le hizo fue: “¿Qué pedís a vuestro obispo?” Me comentaba el responsable que en un primer momento se quedó sin poder decir nada, porque no se esperaba que “todo un obispo” le hiciera esa pregunta. Más bien creía lo contrario: que el obispo le iba a decir lo que esperaba de ellos. Y tuvo que dejar el esquema que se había preparado y expresarse con sus propias palabras y desde su experiencia personal. Algo que, como reconoció después, agradeció mucho porque la entrevista resultó mucho más cercana y fluida, y por tanto mucho más satisfactoria.
JUZGAR:
Probablemente el ciego Bartimeo también se quedaría extrañado al presentarse ante Jesús y escuchar que éste le preguntaba: ¿Qué quieres que haga por ti? Probablemente Bartimeo, sentado al borde del camino como muchas personas que pedían limosna, repetía una frase “típica y tópica”, destinada a llamar la atención de los que pasaban para obtener la limosna: ten compasión de mí.
Pero esta vez sabe que es Jesús quien pasa, y por eso se dirige personalmente a Él, dándole además un título mesiánico: Hijo de David, ten compasión de mí. Bartimeo sabe que ése que pasa no es cualquiera; ha oído hablar de Él y de alguna manera reconoce que Dios actúa en Él. Por eso, cuando la gente le dice: Ánimo, levántate, que te llama, seguramente Bartimeo esperaría que Jesús hiciese algún signo, que le tocase o que dijera alguna oración, o bien que le indicara lo que él debía hacer para salir de su situación.
Pero se encuentra con la sorpresa de que Jesús no hace nada, sino que le cuestiona: ¿Qué quieres que haga por ti? Y Bartimeo responde entonces de corazón con lo que es su mayor anhelo: Maestro, que pueda ver. Pero aún esperaba a Bartimeo otra sorpresa mayor: Jesús sigue sin hacer nada, pero le dice: Anda, tu fe te ha curado. Y al momento recobró la vista. Bartimeo no creyó en Jesús porque éste le curó, sino al contrario: fue curado porque previamente creyó en Jesús, al llamarle Hijo de David.
Hoy también nosotros debemos sentirnos cuestionados por el Señor: hemos venido a participar en la Eucaristía, a “entrevistarnos” con Jesús, nada menos que el Hijo de Dios; esperamos escuchar su Palabra y también recibir algo de Él, traemos preparada nuestra “lista de peticiones”, quizá incluso decimos las mismas palabras de Bartimeo: ten compasión de mí; deseamos que nos indique el camino…
Pero Él, como hizo con Bartimeo, nos cuestiona a cada uno: ¿Qué quieres que haga por ti?
Y esta pregunta nos sorprende y nos saca de nuestros esquemas: quizá también esperamos que Dios “haga algo” ante tantas situaciones de necesidad, ante los grandes males del mundo. Pero hoy, ahora, “todo un Dios” me dice: ¿Qué quieres que haga por ti?, y esto pide de nosotros, de cada uno, ante todo una profunda humildad y gratitud porque “todo un Dios” se pone a nuestra escucha, casi podríamos decir “a nuestra disposición”; y después, una total sinceridad y fe por nuestra parte.
ACTUAR:
¿Qué respondo a la pregunta de Jesús? ¿Qué deseo que Dios haga por mí? ¿Qué anhelo profundamente en mi vida? ¿Con qué palabras lo voy a expresar? ¿Creo de verdad que me lo puede conceder? ¿Cómo espero que lo haga? ¿Seguiría creyendo en Él aunque no me lo concediese?
Bartimeo, una vez fue curado por Jesús, lo seguía por el camino. La cercanía de Jesús, el Hijo de Dios, y su disposición hacia nosotros porque sólo quiere nuestro mayor bien, la conciencia de que nos cura de nuestras cegueras, ha de motivarnos a seguirle con mayor fidelidad. Él se hace nuestro compañero de camino para, en cada etapa, volvernos a preguntar: ¿Qué quieres que haga por ti? Más allá de nuestras necesidades y peticiones, que nuestro mayor anhelo sea vivir por la fe en Él, y ser sus testigos para que tantos que se encuentran al borde del camino descubran que también Él les hace la misma pregunta, para que creyendo en Él encuentren la salvación.