Parròquia Sant Vicent Màrtir de Benimàmet

Homilía XXVIII del TO-B

¿Quién quiere ser millonario?

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VER:

Seguro que todos recordamos un concurso de televisión titulado: “¿Quién quiere ser millonario?”. El concursante, para conseguir el gran premio final (un millón de euros), debía ir respondiendo una serie de preguntas con dificultad creciente; en cada pregunta tenía cuatro opciones y debía elegir una de ellas. El concursante también iba acumulando una cantidad creciente de dinero. Como si fallaba en alguna pregunta perdía lo que había ganado, el concursante tenía la opción de “plantarse” y no seguir adelante, llevándose el dinero que había ganado hasta ese momento. En la historia del concurso han sido muy pocos los que se han arriesgado y llevado el premio final.

JUZGAR:

En este domingo, la Palabra de Dios también parece que nos lanza esta pregunta: “¿Quién quiere ser millonario?” Porque si hiciéramos una sencilla encuesta, ¿a quién no le gustaría ser rico, sobre todo en estos tiempos que corren? De hecho, en el Evangelio Jesús ha animado a ese joven que se le acerca a tener un tesoro en el cielo, es decir, a desear ser “rico”. Pero evidentemente, la Palabra de Dios nos está hablando de un tipo determinado de riqueza y de un modo determinado de ser ricos.

Porque según el diccionario, la palabra “rico” significa, en su primera acepción, adinerado, hacendado o acaudalado; y en su segunda acepción significa abundante, opulento. El dinero, ser rico, en sí no tiene por qué ser malo; pero de hecho, en la mayoría de los casos supone un impedimento para seguir con fidelidad al Señor, como nos ha mostrado el joven del Evangelio: ante la propuesta de Jesús, él frunció el ceño y se marchó pesaroso, porque era muy rico. Por eso Jesús ha afirmado con claridad: ¡Qué difícil les es entrar en el Reino de Dios a los que ponen su confianza en el dinero!

Por tanto, la Palabra de Dios nos está animando a desear ser ricos pero en el segundo sentido: debemos desear tener abundancia de las cosas de Dios. Así lo expresa la 1ª lectura hablando de la sabiduría: la preferí a los cetros y tronos y en su comparación tuve en nada la riqueza… el oro a su lado es un poco de arena, y junto a ella la plata vale lo que el barro.

Llegar a hacer nuestras estas palabras y desear ser ricos en las cosas de Dios supone romper con el pensamiento habitual en el ser humano de todos los tiempos. Un rompimiento que, salvo casos excepcionales, no se consigue de la noche a la mañana: es un camino, un proceso.

Como si fuera el concurso de televisión, en ese proceso hay un gran premio final: entrar en el Reino de Dios. Y como si fuéramos “concursantes”, para conseguir ese premio, tenemos que ir avanzando a través de pruebas con dificultad creciente. Jesús recordaba al joven los mandamientos: no matarás, no cometerás adulterio, no robarás, no darás falso testimonio, no estafarás, honra a tu padre y a tu madre. Para superar estas pruebas también tendremos que hacer opciones y elegir cómo actuar en cada ocasión para responder con mayor fidelidad al mandamiento del Señor. Y en ese recorrido iremos experimentando que va aumentando nuestro “saldo” en las cosas de Dios.

Pero en ese proceso llega un momento en el que debemos hacer la gran apuesta. Jesús también nos mira con cariño y nos dice: Una cosa te falta: anda, vende lo que tienes, dale el dinero a los pobres, así tendrás un tesoro en el cielo, y luego sígueme. Si queremos el gran premio final, no basta con “no hacer” el mal; tenemos que arriesgarnos y fiarnos de Jesús, seguirle con todo lo que eso implica. Y como le ocurrió al joven rico, también a nosotros nos resulta difícil arriesgarnos y abandonarnos en sus manos, dejando nuestras seguridades. Y es cierto que, como en el concurso, siempre tendremos la posibilidad de “plantarnos”, de conformarnos con lo obtenido, pero eso significará que no alcanzaremos el gran premio final: entrar en el Reino de Dios.

ACTUAR:

¿En qué soy “rico”? ¿Esa “riqueza” me ayuda a seguir a Jesús? ¿Cómo es mi “saldo” en las cosas de Dios, voy teniendo un tesoro en el cielo? ¿Estoy dispuesto a arriesgar para alcanzar el “gran premio final” del Reino de Dios, o prefiero “plantarme” aunque suponga quedarme estancado?

Dios quiere que seamos ricos, millonarios, en todo lo que a Él se refiere. Para ello, nos propone el seguimiento de su Hijo. No tengamos miedo de arriesgarnos, porque sólo Él es el camino que nos lleva directamente al gran premio final de Dios: entrar en su Reino y heredar la vida eterna.

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