Obras
VER:
El responsable de uno de los actos conmemorativos del V Centenario del nacimiento de Santa Teresa de Jesús expresó su deseo de que, tras ese acto, “quedase alguna obra” como testimonio de lo que se había estado celebrando. Este responsable sabía que por muy intensa que sea la experiencia vivida, es muy humano que la intensidad de esa experiencia decaiga con el paso del tiempo, y por eso hace falta algo físico, tangible, que permita mantenerla viva. Ése es el motivo de que se erijan estatuas, se coloquen placas conmemorativas o se dediquen calles y plazas. La gran mayoría de las personas pasamos por este mundo sin dejar huella; incluso en la propia familia, el recuerdo afectivo no suele durar más allá de dos o tres generaciones, y el olvido va ganando terreno. Por eso, es un deseo también muy humano querer dejar alguna obra, “algo” que perdure más allá de nuestra vida y que mantenga vivo nuestro recuerdo a lo largo del tiempo.
JUZGAR:
La Palabra de Dios en este domingo nos invita precisamente a dejar “obras”, pero no simplemente en el sentido humano, sino obras de fe. Así lo hemos escuchado en la 2ª lectura: ¿De qué le sirve a uno decir que tiene fe, si no tiene obras?… La fe, si no tiene obras, está muerta por dentro. Si nos llamamos cristianos y queremos serlo de verdad, no debemos contentarnos con una fe intimista que apenas se percibe en lo exterior. Creer en Jesús, además de afirmar su existencia y de creer en su Palabra, es seguirle, y por eso la fe cristiana es algo dinámico, algo que puede ser percibido por los demás. De ahí la necesidad de dejar “obras de fe” como testimonio.
Y entre las muchas “obras” que podemos dejar como testimonio de fe, puesto que el 8 de diciembre iniciaremos el Jubileo Extraordinario de la Misericordia, vamos a tener muy presentes las “obras de misericordia”. Como indica el Catecismo en el nº 2447: son acciones caritativas mediante las cuales socorremos a nuestro prójimo en sus necesidades corporales y espirituales. Y el Papa Francisco, en la Convocatoria del Jubileo de la Misericordia, nº 15, señala: Es mi vivo deseo que el pueblo cristiano reflexione durante el Jubileo sobre las obras de misericordia corporales y espirituales. Será un modo para despertar nuestra conciencia, muchas veces aletargada ante el drama de la pobreza, y para entrar todavía más en el corazón del Evangelio, donde los pobres son los privilegiados de la misericordia divina. La predicación de Jesús nos presenta estas obras de misericordia para que podamos darnos cuenta si vivimos o no como discípulos suyos. Redescubramos las obras de misericordia corporales: dar de comer al hambriento, dar de beber al sediento, vestir al desnudo, acoger al forastero, asistir los enfermos, visitar a los presos, enterrar a los muertos. Y no olvidemos las obras de misericordia espirituales: dar consejo al que lo necesita, enseñar al que no sabe, corregir al que yerra, consolar al triste, perdonar las ofensas, soportar con paciencia las personas molestas, rogar a Dios por los vivos y por los difuntos.
Y como cualquier obra que merezca la pena, no es fácil y a veces cuesta mucho hacer las obras de misericordia, tanto en lo físico como en lo emocional. Jesús nos lo ha advertido en el Evangelio: El que quiera venirse conmigo, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga. Y en la 1ª lectura hemos escuchado los sufrimientos del Siervo de Yahvé: ofrecí la espalda a los que me golpeaban, la mejilla a los que mesaban mi barba. No oculté el rostro a insultos y salivazos. Pero no estamos solos en esta misión, Jesús está a nuestro lado, por eso también podemos decir como el Siervo: Mi Señor me ayuda. Merece la pena hacer las obras de misericordia para que podamos darnos cuenta si vivimos o no como discípulos suyos, porque Él nos ha prometido: el que pierda su vida por el Evangelio la salvará.
ACTUAR:
¿Estoy dejando alguna “obra” humana que dé testimonio perdurable de mi paso por este mundo? ¿Entiendo la necesidad de dejar “obras de fe”? ¿Tengo presentes en mi espiritualidad las obras de misericordia, tanto las corporales como las espirituales? ¿Cómo puedo aplicarlas a mi vida?
Como indica el Papa: La Iglesia siente la urgencia de anunciar la misericordia de Dios. Su vida es auténtica y creíble cuando con convicción hace de la misericordia su anuncio (25). Respondamos sin miedo a la llamada de dejar huella con “obras de misericordia” a nuestro paso, para que nuestro testimonio de fe resulte creíble, como decía el apóstol Santiago: yo, por las obras, te probaré mi fe.