Parròquia Sant Vicent Màrtir de Benimàmet

Homilía XX del TO-B

No sé cómo, pero funciona

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Una conocida marca de yogures y derivados lácteos lanzó hace años un producto cuya principal función es la de fortalecer las defensas y el sistema inmunitario. Pronto salieron imitaciones de otras marcas, pero según la publicidad, los efectos del original eran mucho mejores gracias a, según decían, un componente exclusivo de dicha marca. El nombre de este componente suena un poco raro, y en uno de los anuncios publicitarios, después de explicar las propiedades y características de dicho componente, uno de los actores terminaba diciendo: “No sé cómo, pero funciona”.

JUZGAR:

El fragmento del Evangelio que hoy hemos escuchado empieza con los dos últimos versículos con los que terminaba el Evangelio el domingo pasado: Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo: el que come de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne, para la vida del mundo. No es de extrañar que estas palabras de Jesús sonaran no sólo raras, sino escandalosas para sus oyentes, y que exclamasen: ¿Cómo puede éste darnos a comer su carne? Una pregunta que hoy muchos, al pensar en la Eucaristía, se formulan también: ¿Cómo puede ser eso el Cuerpo y la Sangre de Cristo?

Pero Jesús no da una explicación detallada, no hace un análisis de laboratorio para que descubramos cómo es posible que nos dé a comer su carne y a beber su sangre. Jesús, como si de un anuncio publicitario se tratase, lo que hace es indicarnos los efectos de comer su carne, unos efectos que merece la pena detenerse a reflexionar: Si no coméis la carne del Hijo del hombre y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día. Mi carne es verdadera comida, y mi sangre es verdadera bebida.

Pero Jesús no es un simple “anunciante” que quiere “colocarnos” un producto: nosotros tenemos razones para creer en Él y en su Palabra. Como llevamos escuchando varios domingos, Jesús quiere que tengamos vida, su misma vida, quiere que nuestro “sistema inmunitario” esté fortalecido para no sucumbir ante las dificultades. Y para eso, no nos da un alimento con un componente “mágico”, sin que Él mismo es el componente exclusivo que lo hará posible: El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en Él. Por eso el que me come vivirá por mí.

El Papa Benedicto XVI en Sacramentum caritatis 70 dice: El Señor Jesús, que por nosotros se ha hecho alimento de verdad y de amor, hablando del don de su vida nos asegura que «quien coma de este pan vivirá para siempre» (Jn 6, 51). Pero esta «vida eterna» se inicia en nosotros ya en este tiempo por el cambio que el don eucarístico realiza en nosotros: «El que me come vivirá por mí» (Jn 6, 57). Estas palabras de Jesús nos permiten comprender cómo el misterio «creído» y «celebrado» contiene en sí un dinamismo que hace de él principio de vida nueva en nosotros y forma de la existencia cristiana. Comulgando el Cuerpo y la Sangre de Jesucristo se nos hace partícipes de la vida divina de un modo cada vez más adulto y consciente.

Y como decía el actor del anuncio, también nosotros afirmamos: “No sabemos cómo, pero funciona”. La fe en la presencia real de Cristo en la Eucaristía, en que Él es el “componente exclusivo” bajo la apariencia del pan y el vino, hace que al recibirle se inicie en nosotros un dinamismo interior que se nota en el exterior. Porque como sigue diciendo Benedicto XVI: No es el alimento eucarístico el que se transforma en nosotros, sino que somos nosotros los que gracias a él acabamos por ser cambiados misteriosamente. Cristo nos alimenta uniéndonos a él; «nos atrae hacia sí». La Celebración eucarística aparece aquí con toda su fuerza como fuente y culmen de la existencia eclesial. Por eso la Eucaristía es muchísimo más que una ceremonia o el cumplimiento de un precepto, porque la comunión sacramental nos incorpora a Cristo de tal modo que nos transforma en Él, igual que nosotros transformamos en carne y sangre los alimentos que tomamos.

ACTUAR:

¿Me he preguntado alguna vez cómo es posible que Cristo nos dé su carne y su sangre? ¿Participo en la Eucaristía consciente de que de este modo Él habita en mí y yo en Él? ¿Puedo afirmar “no sé cómo, pero funciona”? ¿Qué efectos produce en mí recibir el Cuerpo y la Sangre de Cristo?

Debemos participar en la Eucaristía no por cumplimiento ni de un modo rutinario, sino porque tenemos la necesidad de recibir la verdadera comida y bebida y seguir creciendo en la vida que Jesús nos comunica ya ahora y vivir para siempre, porque “no sabemos cómo pero funciona”.

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