Para no morir
VER:
Una persona me comentaba el suicidio de un hombre de su población, con dolor por lo triste que es que alguien llegue a tomar esa decisión, y la oscuridad total en que debió sentirse ese hombre para no ver ninguna otra salida, ningún atisbo de esperanza. Aunque haya condicionantes exteriores que puedan llevar a una persona a tomar esa determinación, suelen ser sobre todo factores existenciales los que influyen decisivamente en quien decide quitarse la vida, lo cual sigue siendo igualmente lamentable. La mayoría de las personas que sufren situaciones difíciles no toman el camino del suicidio, procuran seguir con su vida como pueden, aunque ésta no les ofrezca alicientes ni esperanza de futuro, y por eso acaban padeciendo una especie de “muerte en vida”.
JUZGAR:
En la 1ª lectura hemos escuchado que el profeta Elías toma la determinación de morir. Ser profeta de Dios le ha acarreado algunas buenas experiencias pero también muchos sufrimientos y enfrentamientos. Ahora se siente solo, con su vida amenazada y con una misión que le resulta insoportable, porque siente que le está aplastando su vida y que así no vale la pena vivir, y por eso exclama: Basta ya, Señor, quítame la vida. Esta experiencia de Elías nos hace pensar en cuántas veces hemos dicho estas palabras, cuántas veces nos hemos sentido tan solos, tan ahogados por los problemas, que hemos sentido que no podíamos más, que no aguantábamos más. Y las palabras consoladoras que pueden decirnos para animarnos no nos sirven porque seguimos sin ver salida, y hemos llegado a sentir y a afirmar que “así no merece la pena vivir”.
Pero, como ya dijimos el domingo pasado, Dios quiere que tengamos vida, y esta semana Jesús nos lo ha vuelto a decir en el Evangelio: Yo soy el pan de la vida… para que el hombre coma de él y no muera. Y éstas no son simples palabras consoladoras, Jesús no ofrece un simple ánimo desde la lejanía, sino que va mucho más allá: el pan que yo daré es mi carne, para la vida del mundo. Es Él mismo el que se pone a nuestro lado, el que se nos entrega en la Eucaristía, para que comamos de Él y no muramos.
Como dice el Papa Francisco en la convocatoria del Año de la Misericordia: Él no se limita a afirmar su amor, sino que lo hace visible y tangible. El amor, después de todo, nunca podrá ser una palabra abstracta. Por su misma naturaleza es vida concreta: intenciones, actitudes, comportamientos que se verifican en el vivir cotidiano (9). Por eso, sabiendo que hay muchos motivos para la postración, para “tirar la toalla”, incluso para desearse la muerte, el Señor sigue diciéndonos como el ángel dijo a Elías: Levántate, come, que el camino es superior a tus fuerzas. Y Él se queda en la Eucaristía como alimento.
Así podemos comprender mejor las palabras del Papa Francisco en Evangelii gaudium 3: Invito a cada cristiano, en cualquier lugar y situación en que se encuentre, a renovar ahora mismo su encuentro personal con Jesucristo o, al menos, a tomar la decisión de dejarse encontrar por Él, de intentarlo cada día sin descanso. No hay razón para que alguien piense que esta invitación no es para él, porque «nadie queda excluido de la alegría reportada por el Señor». Al que arriesga, el Señor no lo defrauda, y cuando alguien da un pequeño paso hacia Jesús, descubre que Él ya esperaba su llegada con los brazos abiertos. Unos brazos que abre en cada celebración de la Eucaristía. Por eso, para la comunidad cristiana y para cada uno de nosotros la Eucaristía tiene que recobrar este sentido de encuentro personal y esperanzador con el mismo Cristo, el Pan de la Vida.
Y como Elías, que con la fuerza de aquel alimento caminó… hasta el monte de Dios, también nosotros saldremos de nuestra postración y abatimiento y continuaremos el camino de nuestra vida, a pesar de las circunstancias adversas, porque ahora tenemos un Compañero, un Alimento y una Meta. Y para nuestro caminar, San Pablo en la 2ª lectura nos propone una escala creciente que debemos tener presente: primero, desterrad de vosotros la amargura, la ira, los enfados e insultos y toda la maldad; después, sed buenos, comprensivos, perdonándoos unos a otros como Dios os perdonó en Cristo; y por último, sed imitadores de Dios, como hijos queridos, y vivid en el amor como Cristo os amó y se entregó por nosotros.
ACTUAR:
¿He vivido o vivo la experiencia de Elías? ¿En qué ocasiones he dicho: “Basta ya, Señor”? ¿Qué o quién me ha hecho continuar adelante? ¿La Eucaristía es para mí verdadero pan de la vida? ¿En qué escalón de los propuestos por San Pablo me encuentro?
La triste realidad de tantas personas que viven pero sin esperanza de futuro, y la más triste realidad de quienes deciden terminar con su vida, nos debe mover a ser personas eucarísticas, que muestren con su vida que Cristo es el Pan de la Vida, porque como dijo Juan Pablo II en Ecclesia de Eucharistia 62: En el humilde signo del pan y el vino, transformados en su cuerpo y en su sangre, Cristo camina con nosotros como nuestra fuerza y nuestro viático y nos convierte en testigos de esperanza para todos.