Para salir de la esclavitud
VER:
Los descubrimientos de la ciencia y los grandes avances tecnológicos han ido generando una mentalidad que creía que no había nada imposible para el ser humano. Pero la crisis económica y de valores, unida a otros factores, ha hecho que se pierda esa confianza en grandes proyectos, horizontes o metas. El desengaño sufrido por muchas personas, sobre todo jóvenes, que han visto cómo sus proyectos vitales fracasaban, sin posibilidad de hacer nada para evitarlo, ha provocado que se dejen de lado los grandes ideales y que se busque sobre todo “tener salud y cubiertas las necesidades vitales”. Ya no se hacen planes de futuro a largo plazo porque no se quieren responsabilidades y tampoco se confía en poder cumplirlos, y nos conformamos con pequeñas metas. Puesto que no cabe esperar grandes promesas, se vive el “aquí y ahora”, sin más.
JUZGAR:
Es la reacción que, como hemos escuchado en la 1ª lectura, tuvieron los israelitas. Dios les había propuesto un gran horizonte, la liberación de la esclavitud y la vuelta a la tierra prometida, pero ante las dificultades sufridas en el desierto, a pesar de haber visto cómo había actuado Dios en su favor, exclaman: ¡Ojalá hubiéramos muerto en Egipto, cuando nos sentábamos junto a la olla de carne y comíamos pan hasta hartarnos! Añoran los tiempos de esclavitud, porque entonces tenían cubiertas las necesidades vitales, y están dispuestos a renunciar al proyecto liberador que Dios les ofrece.
Y esta tentación sigue dándose hoy en día: si, unas veces por necesidad y otras por comodidad, se está dispuesto a renunciar a los propios proyectos por tener cubiertas las necesidades vitales, no digamos respecto a los proyectos de Dios. Parecen algo ilusorio frente a la dureza de la realidad.
Pero Jesús sigue haciéndonos una fuerte llamada: Trabajad, no por el alimento que perece sino por el alimento que perdura, el que os dará el Hijo del hombre. Jesús nos sigue llamando a salir de la esclavitud de las pequeñas metas, de la estrechez de lo inmediato, y nos ofrece un horizonte infinito.
Y ante esta llamada nosotros, conscientes de cómo es la realidad, también preguntamos: ¿Qué obras tenemos que hacer para trabajar en lo que Dios quiere? Y la respuesta de Jesús sigue siendo la misma: que creáis en el que él ha enviado. El primer paso que debemos dar para salir de la esclavitud de las pequeñas metas y abrirnos al horizonte de Dios es creer en Jesús, y creer en su Palabra.
Y de nuevo nos surge la misma pregunta: ¿Y qué signo vemos que haces tú, para que creamos en ti? Porque no somos personas crédulas, y la experiencia del desengaño existencial nos hace desconfiar. Y de nuevo la respuesta de Jesús es la misma: Yo soy el pan de vida. La Eucaristía es el gran signo que Jesús hace para que creamos en Él. Podemos ver la Eucaristía como un simple recuerdo, como un rito o una ceremonia que cumplimos pero que no nos afecta, o podemos acercarnos confiando en la Palabra de Jesús, que nos aseguró: Esto es mi Cuerpo… ésta es mi Sangre… El signo para que creamos en Él es su presencia real en la Eucaristía, y si la vivimos así, como un encuentro real con Cristo, descubriremos que es verdadero pan de vida para nosotros, sacándonos de la estrechez y la esclavitud de lo inmediato, de las pequeñas metas, y abriéndonos al horizonte de Dios.
La Eucaristía, por ser la presencia real de Cristo Resucitado, introduce lo eterno e infinito en nuestro mundo, en nuestra historia. Es, como dice un teólogo, “gustar la eternidad en el tiempo”.
ACTUAR:
¿Soy una persona desengañada o esperanzada? ¿Me conformo con pequeñas metas, con cubrir las necesidades, o mantengo todo un proyecto de vida? ¿Tengo presente la meta de eternidad que Cristo nos ofrece? ¿Estoy dispuesto a arriesgarme para alcanzarla? ¿Cómo vivo la Eucaristía?
Decía san Pablo en la 2ª lectura: no andéis ya, como es el caso de los gentiles, que andan en la vaciedad de sus criterios. No nos conformemos con una vida de esclavitud, de pequeñas metas, y en realidad vacía, como si no hubiéramos conocido a Cristo. Como sigue diciendo san Pablo, Cristo os ha enseñado a abandonar el anterior modo de vivir… a renovaros en la mente y en el espíritu. La Eucaristía es el momento privilegiado en el que Cristo mismo nos enseña, asegurándonos que el que viene a mí no pasará hambre, y el que cree en mí no pasará nunca sed. Creamos en Cristo y seamos personas eucarísticas, que ante la insatisfacción, el desengaño y la falta de horizontes, no nos resignamos sino que, creyendo en su Palabra, decimos con fe: Señor, danos siempre de ese pan para tener vida, ahora y en la eternidad.