Día de la Acción Católica y el Apostolado Seglar
VER:
En uno de los Equipos de Vida de Acción Católica General surgió la pregunta sobre el nombre de la fiesta que hoy estamos celebrando: “Pentecostés”, porque después de muchos años todavía no sabían su origen. El pueblo judío celebraba la llamada “fiesta de las semanas”, que tenía lugar siete semanas después de la fiesta de la primera gavilla, que era ofrecida al Señor. Siete semanas son cincuenta días, y “Pentecostés” proviene del griego y significa “quincuagésimo”, de ahí que la fiesta de las semanas pasase a llamarse “Pentecostés”.
JUZGAR:
En el marco de esta fiesta judía, el libro de los Hechos de los Apóstoles sitúa la efusión del Espíritu Santo sobre la primitiva comunidad, como hemos escuchado en la 1ª lectura: Al llegar el día de Pentecostés, estaban todos reunidos en el mismo lugar… Se llenaron todos de Espíritu Santo.
Hoy celebramos Pentecostés porque se cumplen cincuenta días después del Domingo de Resurrección. Y del mismo modo que el primer Pentecostés supuso el comienzo de la actividad misionera de la Iglesia, la fiesta de hoy debe ser, para quienes hoy somos y formamos la Iglesia, un impulso para continuar esa misma misión en este tiempo de nueva evangelización. Por eso hoy se celebra también el Día de la Acción Católica y del Apostolado Seglar.
La Conferencia Episcopal Española ha preparado, como todos los años, un material de reflexión con motivo de esta fiesta, en el que se indica: Todos somos destinatarios del mensaje de salvación de Jesucristo. Evangelizar es tarea y responsabilidad de todo el Pueblo de Dios, cada uno según su propio ministerio y carisma. Sabemos que el encuentro definitivo entre Dios y cada una de las personas es algo que no nos corresponde a nosotros establecer. Pero eso no elude nuestra responsabilidad de sembrar para que se den las condiciones más favorables para que el encuentro con el Señor sea verdaderamente transformador y para que, desde la libertad que Dios nos ha regalado, cada una de las personas pueda dar un “sí” para que Dios sea el centro de nuestras vidas.
Del mismo modo que los primeros discípulos empezaron a hablar… cada uno en la lengua que el Espíritu le sugería, nosotros hoy también estamos llamados por el Señor a dar testimonio de su resurrección, utilizando cada uno el “lenguaje” (palabras, obras, instrumentos…) que el Espíritu nos sugiera, y ahí es donde cobra sentido toda la riqueza de la Acción Católica y del Apostolado Seglar, porque en el seno de la iglesia existen diversas vocaciones, carismas, ministerios, condiciones de vida y responsabilidades que se complementan. Gracias a esta diversidad y complementariedad, cada fiel laico está en disposición de ofrecer su propia aportación a la misión evangelizadora.
Una misión que es un mensaje de esperanza, porque no se puede vivir en su integridad la vida cristiana sin esperanza, sin la Esperanza que es el Señor para toda la humanidad. Los cristianos debemos irradiar esperanza en lo que hacemos, en lo que pensamos y en lo que decimos. En tiempos recios como los que estamos viviendo, es necesaria una voz y una señal de esperanza.
Los cristianos sabemos que no hay mejor esperanza para la humanidad que Jesucristo, que es la Esperanza. Pero a veces no somos la mejor tarjeta de presentación. Muchas veces los cristianos mostramos una imagen negativa, de derrota. Debemos ser capaces de comunicar con más frecuencia y con mayor naturalidad lo bueno que hace la fe en nuestras vidas, a pesar de que vivimos las mismas contrariedades y dificultades que cualquier otra persona.
Para ser capaces de realizar esta misión, necesitamos abrirnos al Espíritu, hoy y cada día, porque Pentecostés manifiesta para nosotros no la fuerza del hombre, sino la de Dios. Pentecostés nos mueve a vivir en profundidad nuestra vida cristiana y a abrir las puertas y salir a anunciar a todos que sólo en Cristo muerto y resucitado hay verdadera salvación. Pentecostés es el ánimo para recorrer caminos llevando una esperanza nueva a todos los rincones del nuestro mundo.
ACTUAR:
Esto es necesario concretarlo en la vida cotidiana, cuidando la oración individual y comunitaria, la vivencia de los Sacramentos, en especial la Eucaristía, la cercanía con la vida de la parroquia, la formación. Sobre todo, manifestaremos la presencia del Espíritu del Resucitado si somos capaces de ayudarnos unos a otros, en las necesidades materiales, espirituales y vitales. Así es como hoy, en medios del corazón del mundo, el Espíritu Santo, por medio de la Acción Católica y del Apostolado Seglar, seguirá realizando aquellas mismas maravillas que obró en los comienzos de la predicación evangélica.