Se acabó la representación
VER:
Cuando estrenaron la película “Avatar”, que se caracterizaba por un colorido y efectos especiales espectaculares, fue noticia que algunos espectadores sufrieron después síntomas depresivos, porque el mundo real no era tan bonito como el que aparecía en la película, sino mucho más gris y triste. En general, cuando asistimos a una sesión de cine o a una función de teatro, durante el tiempo que dura la representación, con su argumento, su vestuario y maquillaje, su iluminación… parece como que nos trasladamos a otro lugar y nos olvidamos de todo, pero cuando la representación termina, baja el telón y se encienden las luces, no queda más remedio que salir del cine o teatro y volver a lo que es nuestra vida cotidiana, nos guste o no.
JUZGAR:
Al final de la 2ª lectura de este domingo hemos escuchado una frase que parece hacer referencia también al mundo del espectáculo: la representación de este mundo se termina. Pero San Pablo no está hablando de una obra de teatro, se está refiriendo a esta vida, a lo que solemos llamar nuestra vida ordinaria, cotidiana. Para él, esta vida es como una representación que llega a su fin, y por eso indica también: el momento es apremiante. Es cierto que hay que volver a la vida real, pero la vida real es la que Cristo nos ofrece.
Las paradojas que utiliza san Pablo (que los que tienen mujer vivan como si no la tuvieran; los que lloran, como si no lloraran; los que están alegres, como si no lo estuvieran; los que compran, como si no poseyeran; los que negocian en el mundo, como si no disfrutaran de él) son un modo de indicar que debemos romper con lo que hasta ahora consideramos que es nuestra vida, pero que en realidad es como una representación teatral que más pronto o más tarde terminará, para poder acoger la verdadera vida que Cristo nos ofrece y no terminará nunca.
Por eso en el Evangelio el mismo Jesús nos advertía: Se ha cumplido el plazo. Pero no nos habla de poner un punto y final; Jesús nos ofrece algo que nunca hubiéramos esperado ni imaginado, que supera todo lo que podemos esperar o imaginar en este mundo: está cerca el Reino de Dios.
Por eso, nos invita a iniciar una nueva etapa y nos indica: Convertíos y creed en el Evangelio. Como hizo con Simón y Andrés, y con Santiago y Juan, Jesús pasa por nuestro día a día, a menudo gris y triste, rutinario, que no nos satisface, y también nos dice: Venid conmigo y os haré pescadores de hombres.
Para iniciar la nueva etapa de nuestra vida con Jesús, lo primero es “convertirse”, es decir, un cambio progresivo pero real y profundo, pasando de nuestras actitudes, esquemas, valores… a hacer nuestros las actitudes, esquemas y valores de Jesús y su Reino.
También debemos “creer en el Evangelio”, creer que lo que ofrece es realmente Buena Noticia, la única capaz de transformar de verdad nuestra realidad humana.
Y porque lo creemos, respondemos afirmativamente a Jesús cuando nos dice: Venid conmigo. “Ir con Él” implica adoptar la actitud del discípulo, que comparte tiempo y vida con el Maestro, que se deja formar por Él, que dialoga con Él, para aprender a cumplir su voluntad, a vivir el Evangelio.
Y entonces el discípulo pasa a ser “pescador de hombres”, es decir, apóstol, enviado por el Señor para llevar a otros la Buena Noticia e invitarles a la conversión y a seguir al Maestro.
ACTUAR:
¿Alguna vez he deseado “olvidarme de mi vida” al menos durante un tiempo? ¿Me cuesta aceptar el día a día? ¿Cómo me gustaría que fuera mi vida? ¿Creo que la vida que Cristo me ofrece responde a lo que en verdad necesito? ¿En qué me cuesta más “convertirme”? ¿El Evangelio es realmente para mí “Buena Noticia”, o una carga? ¿Sigo a Jesús, soy buen discípulo? ¿Qué apostolado realizo?
No faltan motivos para que a menudo la vida humana provoque depresión y haya deseos de escapar de esta realidad. Jesús ha entrado en nuestra realidad para acabar con esta representación, pero no nos ofrece un escapismo, sino entrar en su realidad, la vida verdadera a la que estamos llamados. Él nos llama, y sólo depende de nuestra decisión convertirnos, creer en Él, y ser discípulos y apóstoles suyos, para dejar atrás nuestra vida pobre y gris, y empezar a vivir ya como ciudadanos del Reino de Dios.