Parròquia Sant Vicent Màrtir de Benimàmet

Homilia domingo 2 TO-B

Contagiados de Dios

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VER:
Hace unos meses fue noticia el primer caso de contagio en España del virus del ébola, y el revuelo que se organizó: aislamiento total de la persona contagiada, cuarentena para las personas que habían estado en contacto con ella, desinfección de su vivienda y otros lugares en los que había estado previamente… Se procuran tomar todas las precauciones posibles, se siguen protocolos de actuación, porque tenemos miedo al contagio, y aislamos a la persona que creemos contagiosa.
JUZGAR:
Según el diccionario, el contagio es la transmisión, por contacto inmediato o mediato, de una enfermedad específica Y una persona contagiosa es la que pensamos que nos puede transmitir esa enfermedad. Pero estas palabras también pueden utilizarse en un sentido positivo, ya que también decimos que algunas personas nos contagian cosas buenas (su alegría, su risa…). De hecho, el Papa Francisco, Cáritas… han hablado repetidamente de que la fe se transmite como por contagio, y que en ese sentido tenemos que ser “contagiadores” (no contagiosos). Y este segundo domingo del tiempo ordinario, tras la fiesta del Bautismo del Señor, nos muestra diferentes ejemplos de contagio, y de contagiadores, en sentido positivo y evangélico.
Por una parte, nos está hablando del “contagio de Dios”. En la 1ª lectura hemos escuchado cómo Samuel, que estaba acostado en el templo del Señor, donde estaba el arca de Dios, escucha la llamada de Dios y queda “contagiado” de Él: Habla, que tu siervo te escucha. Samuel crecía y el Señor estaba con él.
Y en el Evangelio, dos discípulos de Juan siguieron a Jesús… fueron, vieron dónde vivía y se quedaron con él. También quedaron “contagiados”.
Pero no sólo quedan “contagiados”, sino que a su vez, se convierten en “contagiadores” de Dios. En el caso de Samuel, hemos escuchado que desde ese momento ninguna de sus palabras dejó de cumplirse. Y en el Evangelio, Andrés, hermano de Simón Pedro, era uno de los dos que oyeron a Juan y siguieron a Jesús; encuentra primero a su hermano Simón y le dice: «Hemos encontrado al Mesías.» Y lo llevó a Jesús.
Contagiarse de Dios les hizo convertirse en contagiadores, y lo mismo debe ocurrir con nosotros. Desde nuestro Bautismo estamos “contagiados de Dios”, como nos ha recordado la 2ª lectura: ¿O es que no sabéis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo? Él habita en vosotros porque lo habéis recibido de Dios. Y por eso, también debemos ser “contagiadores” en nuestros ambientes de familia, amigos, ocio, trabajo, vecindad… y llevar a la gente a Jesús. Cada uno descubriremos cómo hacerlo, y como dice el Papa Francisco en Evangelii gaudium 33: Invito a todos a ser audaces y creativos en esta tarea.
ACTUAR:
¿Soy consciente de que estoy contagiado de Dios desde mi Bautismo? ¿Cómo afecta esto a mi vida cotidiana, qué “precauciones” debo tener, qué debo evitar, qué debo “desinfectar”? ¿Soy “contagiador”, llevo a otros a Jesús?
Hoy son muchos los “virus mortales” que amenazan nuestro cuerpo, y muchos más los que amenazan nuestro espíritu. Para hacerles frente, en primer lugar recordemos que ya estamos “contagiados de Dios”, que su Espíritu habita en nosotros desde nuestro Bautismo, diciéndole nuevamente como Samuel: Habla, Señor, que tu siervo escucha, o como hemos repetido en el Salmo: Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad.
Y en segundo lugar, seamos “contagiadores” de Dios: vivamos nuestra fe y nuestro compromiso de tal modo que, ya sea de palabra o de obra, nuestro estilo de vida muestre que hemos encontrado al Mesías. Como decía el Papa Pablo VI en Evangelii nuntiandi 21: Supongamos un cristiano o un grupo de cristianos que, dentro de la comunidad humana donde viven, manifiestan su capacidad de comprensión y de aceptación, su comunión de vida y de destino con los demás, su solidaridad en los esfuerzos de todos en cuanto existe de noble y bueno. Supongamos además que irradian de manera sencilla y espontánea su fe en los valores que van más allá de los valores corrientes, y su esperanza en algo que no se ve ni osarían soñar. A través de este testimonio sin palabras, estos cristianos hacen plantearse, a quienes contemplan su vida, interrogantes irresistibles: ¿Por qué son así? ¿Por qué viven de esa manera? ¿Qué es o quién es el que los inspira? ¿Por qué están con nosotros?
Y cuando nos pregunten, seamos audaces, respondámosles: Venid y lo veréis. Y llevémoslos a Jesús.

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