Parròquia Sant Vicent Màrtir de Benimàmet

Homilia IV de Adviento – B

No depende de nosotros

 Descargar homilia

VER:
A los cristianos, en un momento u otro de nuestra vida, nos asalta la duda, que puede resumirse así: ¿Y si todo esto fuese mentira? A veces esta duda se debe a alguna crisis personal, a alguna situación difícil que estamos atravesando nosotros o alguien de nuestro entorno. Pero otras veces la duda nos viene aunque no nos sintamos en crisis, aunque no hayamos descuidado la oración, la Eucaristía, la formación, aunque estemos implicados en tareas pastorales, aunque no haya ocurrido ninguna circunstancia difícil. ¿Y si todo esto no es más que el mayor engaño que haya conocido la humanidad? ¿Podemos esperar que se cumpla la promesa de Dios? Y nos parece imposible.
JUZGAR:
La semana pasada decíamos que somos testigos de la promesa, que Dios cuenta con nosotros para que su promesa se siga cumpliendo. Y quizá las dudas que a veces nos asaltan se deban a que, desde la conciencia de que Dios cuenta con nosotros, y con la mejor voluntad, hacemos las cosas como si el cumplimiento de esa promesa dependiera de nosotros, de nuestras capacidades, de nuestro esfuerzo. Es lo que le ocurrió al rey David, que cuando se estableció en su palacio y el Señor le dio la paz con todos los enemigos, honestamente creyó que tenía la responsabilidad de edificar el templo de Dios: yo estoy viviendo en casa de cedro, mientras el arca del Señor vive en una tienda.
Pero Dios le saca de ese error: ¿Eres tú quien me va a construir una casa para que habite en ella? Y le hace caer en la cuenta de que, aunque ha sido elegido por Dios como un instrumento suyo, aunque Dios cuenta con él, es de Dios de quien depende llevar adelante el plan de salvación: Yo estaré contigo… te haré famoso… Daré un puesto a Israel… te daré una dinastía. En definitiva: la promesa es cosa de Dios.
También nosotros, desde nuestra perspectiva, con la mejor voluntad pensamos que somos los responsables de que hoy la promesa de Dios se cumpla, y como también somos conscientes de nuestras limitaciones y dificultades para lograrlo, nos asaltan las dudas y pensamos que es imposible, que no puede ser verdad.
Por eso, en este Domingo IV de Adviento nos volvemos a María como modelo de fe, porque ante el sorprendente anuncio del ángel (Concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo… Será grande, se llamará hijo del Altísimo… su reino no tendrá fin), aunque es algo humanamente increíble no duda de que se cumplirá: ¿Cómo será eso? Con esta pregunta no expresa una duda; María sabe que eso que el Ángel le ha prometido “será”, aunque ella no sepa “cómo”.
Por eso, la respuesta que el Ángel da a María es la que debemos recordar cuando nos asalten las dudas: El Espíritu Santo vendrá sobre ti… porque para Dios no hay nada imposible. Aunque Dios cuenta con nosotros como contó con María, el cumplimiento de su promesa no depende de nosotros, es cosa suya, y lo llevará a cabo por medio de su Espíritu Santo. A nosotros nos corresponde, siguiendo el ejemplo de María, responderle: hágase en mí según tu palabra, todas las veces que sea necesario, creyendo que lo que Dios nos ha prometido “será”, aunque no sepamos “cómo”.
ACTUAR:
¿Alguna vez me ha asaltado la duda y he pensado que “y si todo esto fuese mentira”, que es un engaño? ¿Cómo resolví la duda? ¿Llego a creer, con la mejor voluntad, que el cumplimiento de la promesa de Dios depende de mi esfuerzo, de mi empeño? ¿Creo de verdad que para Dios no hay nada imposible? ¿Cuándo fue la última vez que dije a Dios: hágase en mí según tu palabra?
Nos disponemos a celebrar la Navidad. Más allá de la parafernalia consumista con que la hemos rodeado, el sentido y contenido de la Navidad es el que san Pablo nos ha recordado en la 2ª lectura. revelación del misterio mantenido en secreto durante siglos eternos y manifestado ahora en la Sagrada Escritura, dado a conocer por decreto del Dios eterno. En definitiva, la Navidad no es “nuestra”, no depende de nosotros: es de Dios, y como diremos en la oración sobre las ofrendas: El mismo Espíritu que cubrió con su sombra y fecundó con su poder las entrañas de María, la Virgen Madre, santifique estos dones… En la Eucaristía, Cristo, por obra del Espíritu, se hace realmente presente. Por eso aunque nos parezca imposible, podemos vivir y celebrar la Navidad, porque aunque no sepamos “cómo será eso”, en la Eucaristía tenemos el anticipo del cumplimiento en plenitud de la promesa de Dios.

 

Los comentarios están cerrados.