Parròquia Sant Vicent Màrtir de Benimàmet

Homilia III de Adviento – B

Testigos de la promesa

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VER:
Una persona comentaba: “Parece que los cristianos siempre tengamos que estar justificándonos. Cuando dices que participas habitualmente en la Eucaristía, o que colaboras en la parroquia, o que estás en un Equipo de Vida, la mayoría de la gente hace algún comentario o gesto de extrañeza. Otros incluso reaccionan de forma despectiva, haciendo algún comentario irónico respecto a la Iglesia, y te ves obligado o a callar o a dar explicaciones de por qué lo haces”. En nuestra sociedad suele aceptarse que se participe esporádicamente en alguna ceremonia religiosa, como un acto social más, pero no suele entenderse que alguien viva su fe de un modo comprometido, y que dé testimonio de ella. ¿Cómo nos atrevemos a hablar y actuar en nombre de Dios? ¿Quiénes nos creemos que somos para hablar, ahora en Adviento, de promesas de Dios, o de esperar su venida?
JUZGAR:
En este Domingo III de Adviento de nuevo Juan el Bautista, a pesar del cuestionamiento a que le someten (¿Tú quién eres? ¿Qué dices de ti mismo? ¿por qué bautizas?), no se arredra y, como él tiene claro que venía como testigo, para dar testimonio de la luz, les recuerda con toda claridad la promesa de Dios a quienes le preguntan, como también escuchamos la semana pasada, pero añade un matiz: si la semana pasada afirmaba: Detrás de mí viene el que puede más que yo, esta semana afirma: en medio de vosotros hay uno que no conocéis, el que viene detrás de mí… El que cumple la promesa de Dios, Jesucristo, ya está en medio de nosotros, pero no le conocemos.
Y ahí entra nuestra tarea, nuestro “atrevimiento” a los ojos de una gran parte de nuestra sociedad, nuestro hablar y actuar en nombre de Dios. Pero como Juan el Bautista, también nosotros debemos tener claro, y dejar claro, que venimos como testigos, para dar testimonio de la luz; debemos tener claro y dejar claro que nosotros no somos la luz, sino testigos de la luz, de la promesa.
Debemos tener claro, y dejar claro, que nuestro compromiso como miembros de la Iglesia tiene un único objetivo: dar a conocer a Aquél que está ya en medio de nosotros, pero a quien a menudo no reconocemos, porque después de 2.000 años, aún no le conocemos lo suficiente.
Este Domingo III de Adviento nos recuerda que aunque nos cuestionen, aunque parezca que siempre tenemos que estar justificándonos, debemos hacer como Juan el Bautista y ser la voz que grita en el desierto: Allanad el camino del Señor, porque Dios cuenta con nosotros, con nuestro compromiso, para seguir cumpliendo su promesa, y también nos envía para dar la buena noticia a los que sufren, para vendar los corazones desgarrados, para proclamar la amnistía a los cautivos… Y para hacerlo, debemos asumir como programa de vida lo que hemos escuchado en la 2ª lectura: Estad siempre alegres. Sed constantes en orar. En toda ocasión tened la Acción de Gracias. No apaguéis el espíritu, no despreciéis el don de profecía; sino examinadlo todo, quedándoos con lo bueno. Guardaos de toda forma de maldad.
ACTUAR:
¿Siento que tengo que estar justificándome por ser cristiano, por participar habitualmente en la Eucaristía, por colaborar en la parroquia, por declararme cristiano en entidades civiles? ¿Cómo reacciono? ¿Sé dar razones de por qué lo hago? ¿Me siento llamado y enviado por el Señor a dar testimonio de la luz? ¿Tengo claro y dejo claro que no soy la luz, sino testigo de la luz, testigo de la promesa? ¿Sé reconocer a Cristo, presente en medio de nosotros? ¿Dónde y a quiénes puedo dar la Buena Noticia?
Estamos a punto de celebrar la Navidad, y es fácil que el ambiente externo haga que nos despistemos y olvidemos la promesa de Dios, y lo que significa y a lo que nos compromete. Por eso la 2ª lectura nos ha recordado: El que os ha llamado es fiel y cumplirá sus promesas.
Aunque nos cuestionen, aunque nos parezca que constantemente tenemos que estar justificándonos, sintámonos llamados y enviados por Dios para ser testigos de su promesa, para que hoy se siga cumpliendo su promesa, para dar a conocer a Aquél que ya está en medio de nosotros, para que todos los que sufren puedan encontrar la Buena Noticia del Dios hecho hombre que nace para nuestra salvación.

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