Parròquia Sant Vicent Màrtir de Benimàmet

Homilia II de Adviento – B

Aquello que me prometiste…

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VER:
La semana pasada comenzamos el tiempo de Adviento, y estuvimos hablando de las promesas humanas y de la promesa de Dios. Decíamos que cuando las promesas humanas no se cumplen, surge el desengaño, la desconfianza, la desesperanza… Pero no sólo eso: cuando nos prometen algo y tardan en cumplirlo, también reaccionamos del mismo modo: “Aquello que me prometiste… ¿qué?” Y si siguen dándonos largas, perdemos la ilusión, nos enfadamos y dejamos de esperarlo, aunque no se hayan negado a hacerlo. Y esto también ocurre con la promesa de Dios: la semana pasada vimos que Él es fiel y cumple su promesa, pero nos puede parecer que tarda, que nos da largas. Después de 2.000 años, tenemos la impresión de haber avanzado muy poco, y el Adviento se convierte en una simple palabra, en un “tiempo litúrgico”, pero que poco más significa ni repercute en nuestra vida.
JUZGAR:
En este Domingo II de Adviento, la 2ª lectura nos ha recordado la promesa de Dios que escuchábamos en el Evangelio del domingo pasado: El día del Señor llegará como un ladrón. También Juan Bautista, en el Evangelio, nos ha recordado la promesa: Detrás de mí viene el que puede más que yo… Con diferentes palabras, este domingo nos recuerda la gran promesa de Dios con que inauguramos el Adviento: que Dios viene, una vez más, a nuestra vida, para que participemos de su misma Vida.
Pero como, para nosotros, “ha pasado tanto tiempo” y nada, para que no digamos a Dios: “Aquello que me prometiste, ¿qué?”, para que no se enfríe nuestra esperanza en su promesa, para que el Adviento no se convierta en una simple palabra, en un “tiempo litúrgico”, pero que poco más significa ni repercute en nuestra vida, la 2ª lectura también nos ha dicho: El Señor no tarda en cumplir su promesa, como creen algunos. Lo que ocurre es que tiene mucha paciencia con vosotros, porque no quiere que nadie perezca, sino que todos se conviertan. Por eso, en el Evangelio, Juan el Bautista predicaba para que se convirtieran y se bautizaran, para que se les perdonasen los pecados.
Esa impresión que podemos tener de que el Señor tarda en cumplir su promesa, en realidad es una muestra de su amor hacia nosotros, de su paciencia porque quiere que todos nos convirtamos. Por eso, la Palabra de Dios hoy nos invita a seguir confiando en la promesa del Señor y, por ello, a “abusar” de la paciencia de Dios para llevar a cabo lo que hemos escuchado en la 1ª lectura: En el desierto preparadle un camino al Señor. Y para preparar el camino al Señor, el primer paso es reconocer que estamos necesitados de su paciencia, de su misericordia y de su perdón, como nos recomendaba san Pedro en la 2ª lectura: mientras esperáis estos acontecimientos, procurad que Dios os encuentre en paz con Él.
ACTUAR:
¿En alguna ocasión he pensado que Dios tarda mucho en cumplir su promesa? ¿Siento que mi fe “se enfría” por esa supuesta tardanza? ¿Qué experiencia tengo de la paciencia de Dios para conmigo? ¿Cuánto hace que no he recibido el Sacramento de la Reconciliación? ¿Cómo estoy preparando el camino al Señor, qué actitudes, sentimientos, comportamientos, compromisos, etc. debo aumentar, disminuir, enderezar, igualar… en mi vida?
En la oración colecta hemos pedido: cuando salimos animosos al encuentro de tu Hijo, no permitas que lo impidan los afanes de este mundo. En este tiempo de espera y esperanza que es el Adviento no perdamos el ánimo, no dejemos que se nos enfríe la esperanza en la promesa de Dios, no le digamos: “Aquello que me prometiste, ¿qué? “Abusemos de su paciencia”, recibamos el Sacramento de la Reconciliación y preparemos su camino, porque en medio del desierto que es nuestro mundo y quizá nuestra propia vida, debemos vivir y dar testimonio de lo que hemos escuchado en la 2ª lectura: Nosotros, confiados en la promesa del Señor, esperamos un cielo nuevo y una tierra nueva en que habite la justicia.

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