Parròquia Sant Vicent Màrtir de Benimàmet

Homilia del domingo XXVII

Como un Mercado Central

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VER:
Visitar un Mercado Central suele ser una experiencia muy gratificante, no sólo por la arquitectura que suele tener el edificio, sino por el espectáculo que ofrecen los diferentes puestos de venta, mostrando de una manera atrayente una gran variedad de productos del campo, de la ganadería, del mar… Resulta difícil no encontrar lo que uno desee, casi en cualquier época del año; incluso podemos descubrir productos que desconocíamos y que sólo allí vamos a encontrar. Por eso, además de gratificante, visitar un Mercado Central es una ocasión, como creyentes, para dar gracias a Dios por esos “frutos de la tierra y del trabajo de los hombres”.
JUZGAR:
Hoy la Palabra de Dios también nos habla de “frutos”, utilizando tanto la 1ª lectura como el Evangelio el ejemplo de una viña. Y en ambos casos, a pesar de todos los esfuerzos y medios por parte del dueño de la viña, no obtiene el fruto deseado.
La Palabra de Dios nos invita a reflexionar si estamos dando el fruto que Dios espera de nosotros; nos invita a ser más conscientes de cuántos medios materiales, humanos, espirituales… ha puesto Dios en nuestra vida para que demos fruto, para que demos “los frutos de Dios”.
Pero la Palabra de Dios de este domingo añade un matiz: a veces caemos en el error de creer que “los frutos de Dios” son de unas pocas variedades, y si no son como creemos, pensamos que “no son de Dios”. Por eso nos recordaba san Pablo en la 2ª lectura: todo lo que es verdadero, noble, justo, puro, amable, laudable, todo lo que es virtud o mérito tenedlo en cuenta. “La viña del Señor”, su Reino, se asemeja a un gran “Mercado Central” en el que podemos encontrar muchas variedades de “productos”, muchas variedades de “frutos” de diferente procedencia, aspecto… pero que cumplen esas características que ha dicho San Pablo y por tanto todos son “frutos de Dios”.
La Palabra de Dios nos hace una llamada a valorar todo lo que podemos identificar como “frutos de Dios” aunque no lleven el “sello” específicamente cristiano. Debemos aprender a aceptar y respetar que haya otras “variedades de frutos” que no son los que estamos acostumbrados, que incluso quizá no nos gusten, pero que forman parte del Plan de Dios y Él quiere ofrecerlos en el “Mercado Central” que es su Reino porque seguro que a alguien le podrán aprovechar.
Y además, si aprendemos a aceptar y respetar las distintas variedades de frutos, la paz de Dios, que sobrepasa todo juicio, custodiará vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús, como también hemos escuchado en la 2ª lectura, porque como nos recuerda el Papa Francisco en Evangelii gaudium: Tenemos que recordar siempre que somos peregrinos, y peregrinamos juntos. Para eso hay que confiar el corazón al compañero de camino sin recelos, sin desconfianzas, y mirar ante todo lo que buscamos: la paz en el rostro del único Dios (244). Y la paz es un fruto que todo ser humano desea, pero que brota del encuentro, del diálogo, del consenso, en definitiva, de diferentes tipos de frutos que, unidos, nos llevan a Jesucristo, que es la Paz en persona.
ACTUAR:
¿Soy consciente de cuántos medios materiales, humanos, espirituales… ha puesto y pone Dios a mi disposición? ¿Los aprovecho? ¿Doy el fruto que Dios espera de mí? ¿Sé distinguir “frutos de Dios” aunque no sea en ambientes específicamente cristianos? ¿Los tengo en cuenta y los valoro?
Para que podamos dar buenos frutos, como el propietario de la viña del Evangelio, el Padre también nos ha enviado a su Hijo, y nos lo envía cada vez que celebramos la Eucaristía. Vivamos la Eucaristía para que podamos dar los frutos que Dios espera de nosotros, como la paz, que entre todos los hombres y mujeres de la tierra tenemos que conseguir; dejémonos guiar por Él para aprender a distinguir los frutos de Dios a nuestro alrededor, y a tenerlos en cuenta, para que entre todos hagamos posible que el “Mercado Central” de Dios esté repleto de frutos de toda variedad, para que cualquier persona, en cualquier momento de su vida, pueda encontrar allí el alimento que necesita para poder vivir como verdadero hijo de Dios.

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