Parròquia Sant Vicent Màrtir de Benimàmet

Homilía del domingo XXVI

Obediencia

 Descagar homilia

VER:
Uno de los temas que más suele salir en conversaciones con niños y adolescentes es lo que les cuesta mucho obedecer a los padres. En el diálogo suelo invitarles a que reflexionen preguntándoles: ¿Tú crees que cuando te mandan algo quieren sobre todo fastidiarte? ¿Están pidiéndote algo malo para ti, o algo que es bueno para ti o para otros? Normalmente afirman que “saben” que no les quieren fastidiar, y que lo que les piden no es malo, pero… “cuesta mucho obedecer”. Y esto no ocurre sólo en la infancia o en la adolescencia: también a los adultos, con otras circunstancias, nos cuesta mucho “obedecer”, tanto a Dios como a personas o autoridades.
JUZGAR:
Obedecer es cumplir la voluntad de quien manda. Y quizá nos cuesta obedecer porque en principio lo interpretamos como una sumisión a algo o alguien que se nos impone a la fuerza. Pero la Palabra de Dios nos invita a reflexionar acerca de nuestra obediencia, a Dios, y por Él en la vida cotidiana.
Lo primero que se nos invita a tener en cuenta es que “quien manda” no tiene por qué ser un tirano, un opresor. En la oración colecta hemos dicho: Oh Dios, que manifiestas tu poder con el perdón y la misericordia. La obediencia a Dios no tiene que brotar de una obligación, ni mucho menos del miedo; la obediencia a Dios debe brotar como respuesta a lo que Dios nos ofrece: perdón, misericordia, amor. Esa reflexión es la que hizo el primer hijo de la parábola que hemos escuchado en el Evangelio. Ante la petición del padre (Hijo, ve hoy a trabajar a la viña), su primera reacción fue: «No quiero». Pero después se arrepintió y fue. Porque entendió que lo que el padre le pedía no era por fastidiarle ni para mal. Y este hijo, y no el otro, fue quien hizo lo que quería el padre.
Si somos conscientes de que nos cuesta obedecer a Dios, que no estamos respondiéndole como deberíamos, tanto con nuestras obras como con nuestros sentimientos, Dios siempre nos ofrece la posibilidad de reflexionar y arrepentirnos, porque como decía la 1ª lectura: cuando el malvado se convierte de la maldad que hizo… Si recapacita y se convierte de los delitos cometidos, ciertamente vivirá y no morirá. Como los niños y adolescentes, también debemos reflexionar: ¿Es que Dios quiere fastidiarme? ¿Lo que me pide es bueno para mí o para otros? Y como el primer hijo, arrepentirnos y obedecer.
Los padres se alegran cuando los hijos les obedecen. San Pablo, sintiéndose “padre” de los Filipenses, expresa lo que Dios Padre espera de ellos, de todos nosotros, como hijos suyos obedientes: dadme esta gran alegría: manteneos unánimes y concordes con un mismo amor y un mismo sentir. No obréis por envidia ni por ostentación, dejaos guiar por la humildad y considerad siempre superiores a los demás. No os encerréis en vuestros intereses, sino buscad todos el interés de los demás. Seguro que en nuestra vida cotidiana encontramos situaciones concretas en las que podremos obedecer a Dios de este modo.
Y San Pablo lo resume diciendo: Tened entre vosotros los sentimientos propios de una vida en Cristo Jesús. En Cristo tenemos el modelo de una obediencia total al Padre, hasta someterse incluso a la muerte y una muerte de cruz. Pero la de Jesús no es una obediencia impuesta, sino que es una obediencia aceptada por amor al Padre y a nosotros, porque sabía que lo que el Padre le pedía era por nuestra salvación.
ACTUAR:
¿Soy una persona obediente? ¿Cómo evalúo mi obediencia a Dios y a otras personas o autoridades? ¿Obedezco de corazón, o por obligación, imposición o miedo? ¿En qué me cuesta más obedecer a Dios? ¿Por qué? ¿Siento verdadero arrepentimiento? ¿Estoy dispuesto a obedecerle, como Cristo?
Conscientes de nuestras desobediencias, y para avanzar en nuestra obediencia a Dios según el modelo de Cristo, por amor y no por miedo o imposición, arrepintámonos como el primer hijo, haciendo nuestras las palabras del Salmo 24: Señor, enséñame tus caminos… Recuerda, Señor, que tu ternura y tu misericordia son eternas… acuérdate de mí con misericordia, por tu bondad, Señor.
Y como dice el Papa Francisco en Evangelii gaudium: Éste es el momento para decirle a Jesucristo: «Señor, me he dejado engañar, de mil maneras escapé de tu amor, pero aquí estoy otra vez para renovar mi alianza contigo. Te necesito. Rescátame de nuevo, Señor, acéptame una vez más entre tus brazos redentores». ¡Nos hace tanto bien volver a Él cuando nos hemos perdido! Insisto una vez más: Dios no se cansa nunca de perdonar, somos nosotros los que nos cansamos de acudir a su misericordia. Él nos permite levantar la cabeza y volver a empezar, con una ternura que nunca nos desilusiona y que siempre puede devolvernos la alegría. (3)

Los comentarios están cerrados.